Tenía ganas de escribir este texto desde que la conocí, hace ya algunos años. Su historia me pareció tan aterradora, su muerte tan injusta y truculenta. Y sin embargo pienso, que de una forma trágica, revela mucho, quizás demasiado, sobre la naturaleza humana…
Que te maten por tus ideas es a la vez una medalla y una tacha. En realidad, creo que es más bien una tacha, una mancha indeleble para aquellos que son capaces de asesinar a los que no piensan como ellos. Aquellos, cobardes que amparados en la masa son capaces de cometer los peores crímenes, esos, que con los puños aplastan las gargantas y someten las voluntades por la furia y por el miedo.
Como he dicho, hacía tiempo que quería escribir este texto, y sin embargo, hubiese permanecido quizá para siempre, en el limbo de los textos nunca escritos, sin cierta conversación de bar hace ya algunos meses. Estaba en un pub irlandés tomando unas pintas con un buen amigo. En el descanso un algún partido de fútbol cualquiera, en la pantalla gigante que presidía el salón, pasaron un anuncio de la película Ágora de Amenábar, que por entonces obviamente, no se había estrenado aún. Hice un comentario al respecto, y para mi sorpresa me dí cuenta, de que nunca había oído hablar de Hypatia. Claro, lo que pasa, es que pensándolo bien, el raro era yo, pero no por mucho tiempo, estoy decidido a que al menos todos los que lean este texto sepan algo de ella.
Hypatia de Alejandría fue una mujer que nació entorno al 370 después de Cristo y a sus cuarenta y tantos años, en el 415 de nuestra era, cuando iba camino del Museo, donde enseñaba matemáticas y astronomía, su carruaje fue asaltado por los grupos de choque del obispo de su ciudad, San Cirilo (canonizado por sus desvelos en “convertir” a los infames paganos de Alejandría). La arrastraron al interior del Cesareo, la entonces catedral de la ciudad, donde fue desnudada y desollada con conchas/tejas. Luego, la descuartizaron y pasearon por las calles de la ciudad de Alejandro el sangriento botín. Finalmente sus restos fueron públicamente quemados junto con sus libros, en un lugar conocido como el Cinareo. ¿Horrible, no es cierto? Si me tacháis de parcialidad, no tenéis más rebuscar en las fuentes, esta historia nos ha llegado a través de historiadores cristianos. Algunos, como el conocido por si imparcialidad, Sócrates Escolástico, no saben muy bien como justificar el hecho, otros como el obispo copto Juan de Nikiû lo bendicen plenamente.
Lo cierto es que, ya en su tiempo, aquellos sucesos repugnantes, provocaron oleadas de indignación por todo el Imperio. El emperador envió a un procurador para que instruyera una investigación y purgara responsabilidades, pero el asunto se solucionó como lamentablemente suelen solucionarse aún hoy en día las cosas entre mediterráneos, con un buen soborno, demoras infinitas y un archivado del caso sin que nadie cargue con la responsabilidad.
¿Y que crimen había motivado tan terrible castigo? Está muy claro, ser un símbolo. En su época no era habitual que una mujer se consagrara a la sabiduría y mucho menos que diera clases a hombres. Como tal era un imán que atraía a gentes de todo el mundo romano al Serapeum de Alejandría, era un fuelle que insuflaba aire a la agónica filosofía estrangulada por el cristianismo en el poder. Por lo demás en la antigüedad tardía las mujeres de clase alta gozaron de cierta independencia, algo que chocaba con la nueva concepción del mundo, que pretendía remachar aún más a la mujer “donde le correspondía”. La asesinaron simplemente, porque se negaba a plegarse, porque era capaz de derrotar, de triturar, en cualquier enfrentamiento dialéctico, a esos pastores palurdos que predicaban le fe ciega y la cortedad de miras. Así ha sido siempre, cuando no pueden despedazar tus argumentos, se ven obligados a despedazarte físicamente.
A Hypatia la mataron por no rendirse, aún cuando esta hubiese sido la solución más fácil. La mataron por ser inteligente en un mundo gobernado por los simples. La mataron por ser mujer y querer decidir por sí misma, en un tiempo en que la mujer era considerada como un ser sucio e impuro, cuya existencia tenía por único objetivo el servicio y la reproducción.
Tras su muerte la ciudad que fundara Alejandro y que Tolomeo Soter convirtiera en un foco cultural, no recuperaría su brillo hasta bien entrada la era islámica. Su muerte cerró la tapa al ataúd de la cultura antigua y clavo el primer clavo, para hundirla en las tinieblas durante muchos siglos…
Por: El Exiliado del Mitreo




