Varios, Apuntes filosóficos, Revistas publicadas, ReflexionesOctober 8, 2009 9:35 pm

Tenía ganas de escribir este texto desde que la conocí, hace ya algunos años. Su historia me pareció tan aterradora, su muerte tan injusta y truculenta. Y sin embargo pienso, que de una forma trágica, revela mucho, quizás demasiado, sobre la naturaleza humana…
Que te maten por tus ideas es a la vez una medalla y una tacha. En realidad, creo que es más bien una tacha, una mancha indeleble para aquellos que son capaces de asesinar a los que no piensan como ellos. Aquellos, cobardes que amparados en la masa son capaces de cometer los peores crímenes, esos, que con los puños aplastan las gargantas y someten las voluntades por la furia y por el miedo.
Como he dicho, hacía tiempo que quería escribir este texto, y sin embargo, hubiese permanecido quizá para siempre, en el limbo de los textos nunca escritos, sin cierta conversación de bar hace ya algunos meses. Estaba en un pub irlandés tomando unas pintas con un buen amigo. En el descanso un algún partido de fútbol cualquiera, en la pantalla gigante que presidía el salón, pasaron un anuncio de la película Ágora de Amenábar, que por entonces obviamente, no se había estrenado aún. Hice un comentario al respecto, y para mi sorpresa me dí cuenta, de que nunca había oído hablar de Hypatia. Claro, lo que pasa, es que pensándolo bien, el raro era yo, pero no por mucho tiempo, estoy decidido a que al menos todos los que lean este texto sepan algo de ella.
Hypatia de Alejandría fue una mujer que nació entorno al 370 después de Cristo y a sus cuarenta y tantos años, en el 415 de nuestra era, cuando iba camino del Museo, donde enseñaba matemáticas y astronomía, su carruaje fue asaltado por los grupos de choque del obispo de su ciudad, San Cirilo (canonizado por sus desvelos en “convertir” a los infames paganos de Alejandría). La arrastraron al interior del Cesareo, la entonces catedral de la ciudad, donde fue desnudada y desollada con conchas/tejas. Luego, la descuartizaron y pasearon por las calles de la ciudad de Alejandro el sangriento botín. Finalmente sus restos fueron públicamente quemados junto con sus libros, en un lugar conocido como el Cinareo. ¿Horrible, no es cierto? Si me tacháis de parcialidad, no tenéis más rebuscar en las fuentes, esta historia nos ha llegado a través de historiadores cristianos. Algunos, como el conocido por si imparcialidad, Sócrates Escolástico, no saben muy bien como justificar el hecho, otros como el obispo copto Juan de Nikiû lo bendicen plenamente.
Lo cierto es que, ya en su tiempo, aquellos sucesos repugnantes, provocaron oleadas de indignación por todo el Imperio. El emperador envió a un procurador para que instruyera una investigación y purgara responsabilidades, pero el asunto se solucionó como lamentablemente suelen solucionarse aún hoy en día las cosas entre mediterráneos, con un buen soborno, demoras infinitas y un archivado del caso sin que nadie cargue con la responsabilidad.
¿Y que crimen había motivado tan terrible castigo? Está muy claro, ser un símbolo. En su época no era habitual que una mujer se consagrara a la sabiduría y mucho menos que diera clases a hombres. Como tal era un imán que atraía a gentes de todo el mundo romano al Serapeum de Alejandría, era un fuelle que insuflaba aire a la agónica filosofía estrangulada por el cristianismo en el poder. Por lo demás en la antigüedad tardía las mujeres de clase alta gozaron de cierta independencia, algo que chocaba con la nueva concepción del mundo, que pretendía remachar aún más a la mujer “donde le correspondía”. La asesinaron simplemente, porque se negaba a plegarse, porque era capaz de derrotar, de triturar, en cualquier enfrentamiento dialéctico, a esos pastores palurdos que predicaban le fe ciega y la cortedad de miras. Así ha sido siempre, cuando no pueden despedazar tus argumentos, se ven obligados a despedazarte físicamente.
A Hypatia la mataron por no rendirse, aún cuando esta hubiese sido la solución más fácil. La mataron por ser inteligente en un mundo gobernado por los simples. La mataron por ser mujer y querer decidir por sí misma, en un tiempo en que la mujer era considerada como un ser sucio e impuro, cuya existencia tenía por único objetivo el servicio y la reproducción.
Tras su muerte la ciudad que fundara Alejandro y que Tolomeo Soter convirtiera en un foco cultural, no recuperaría su brillo hasta bien entrada la era islámica. Su muerte cerró la tapa al ataúd de la cultura antigua y clavo el primer clavo, para hundirla en las tinieblas durante muchos siglos…

Por: El Exiliado del Mitreo

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Varios, Revistas publicadas, PoemasJune 4, 2009 8:14 am

A los lémures y demás insomnes.

Vivo de Madrugada,
Cuando la línea delgada
Entre el sueño y la vigilia se torna difusa,
Y cuando como por ciencia infusa,
Las embrolladas madejas de la mente
Parecen ordenarse de repente.
Es la hora del ferviente
Buscador del soplo de la musa,
En el beso ardiente
De los licores de alma oclusa.

¡Cri-cri! Cantan los grillos
Mientras la ciudad duerme,
¡Cri-cri! Resuenan sus monocordes estribillos
Por las calles de la ciudad inerme.
¡No! La ciudad no descansa de veras
Mientras yo permanezca en vela,
Mientras mantenga abierta la cancela
De mis ojos, sobre los que se acumulan las ojeras.

Sé tú, Luna,
El callado testigo
De mi errática fortuna.
Ensuélveme en ese abrigo
De destellos de plata pura
Que dan un alma a la superficie dura
Del hormigón y el asfalto.
Luna, déjame vivir falto
De descanso, pero no de sueños,
Permite que vean la gloria todos mis empeños.

Y cuando llega Aurora,
Esa de rosados dedos
Que cantaron los antiguos aedos,
Comprendo que ha llegado la hora
De dormir.
Despunta ya el alba,
Inundando el cielo de reflejos malva.
¡Qué hermoso es el día
Tras una noche en blanco!

Por: El Exiliado del Mitreo

Varios, Relatos, Revistas publicadasJune 2, 2009 7:55 am


Hacía un frío que pelaba aquella mañana de principios de noviembre. Anatoli Ivanovich estaba un tanto aterido pese a las capas de ropa y al tímido sol, que se colaba por las agujeradas paredes del taller donde había instalado su puesto de francotirador. El invierno se había abatido sobre la estepa tan de repente, como meses antes lo habían hecho los Junkers alemanes con sus entrañas repletas de muerte. Llovió fuego y acero en aquellos días, el nombre de Stalingrado se hizo sinónimo de Infierno.
Antes del alba, Anatoli había tomado el desayuno, un té caliente con una buena rebanada de pan y un trozo de cecina. Era importante desayunar bien, porque posiblemente tendría que aguantar muchas horas con eso.
No había salido aún el sol, cuando encontró el lugar idóneo para colocarse; el segundo piso de un taller de la fabrica “Octubre Rojo”, en tierra de nadie, asomándose a las líneas enemigas.
Sacó el fusil de su funda, era toda una maravilla de la técnica industrial soviética. Mientras lo limpiaba, se cercioró de que todos los mecanismos corrían a la perfección. Ajustó la mira telescópica, extendió la manta doblada de la que servía para aislar un poco su cuerpo de la frialdad del suelo y se dispuso para la larga espera.
Desde su posición, podía intuir, desdibujándose en la penumbra que antecede al alba, al centinela alemán por el puntito brillante del cigarrillo que estaba fumando.
El aumento de la luminosidad se veía acompañado por el creciente bullicio en las líneas fascistas. Al poco tiempo todo el regimiento estaba en marcha.
Entre los escombros, podía entrever a un soldado con los ojos aún pegados por el sueño, rascándose la cabeza mientras freía unas salchichas, otro un poco más allá se afeitaba, con un espejo de mano que había encajado entre el fusil y el casco, y muchos otros aquí y allá, realizaban sus tareas cotidianas y aprestándose para otra dura jornada en la ciudad en ruinas.
Aunque parezca un oficio muy sofisticado, son pocas las pautas a seguir para ser un buen francotirador; el primer principio es encontrar una posición de disparo idónea y camuflarla adecuadamente para resultar indetectable. Resulta de sentido común, el suponer que el segundo principio es no precipitarse, tener una paciencia infinita y esperar tu momento. Todo francotirador sabe que va a poder efectuar un disparo, y con suerte, otro de gracia, antes de que su posición sea descubierta y se desate el infierno. Tolia es bien consciente de la función de su oficio, por eso es fundamental observar y seleccionar con cuidado el objetivo que más pueda mellar la moral de los alemanes.
Esta vez no tuvo que esperar mucho. No serían más de las ocho de la mañana, cuando un oficial se acercó a pasar revista a las tropas. No sabría concretar si se trataba de un mayor o un coronel, pero lo que más te había llamado la atención era la cruz de caballero que llevaba al cuello. Repartía apretones de manos y sonrisas entre los soldados de primera línea, a la vez que aprovechaba para reconocer de cerca el terreno a través del cual tendrían que avanzar sus hombres a media mañana. Anatoli se tomó su tiempo, esperó a que el rubicundo alemán se sintiese cómodo, a que estuviese seguro de que no había nadie observándole. Entonces, respiró hondo, apuntó al águila que decoraba la gorra de pico del oficial y apretó el gatillo. Le vio caer hacia atrás con una grotesca contorsión y la cabeza empapada en sangre. A toda prisa recogió sus cosas y salió corriendo como alma que lleva el diablo. Si el primer principio es buscarse un buen sitio y el segundo ser paciente, sin duda el principio cero es asegurarse de disponer una vía de escape.
Descendió los escalones del primer piso a la carrera y solo se detuvo cuando se consideró lo suficientemente alejado, y esto no fue antes de haber atravesado un par de talleres desiertos, trastabillando a veces con las solitarias herramientas, huérfanas de las encallecidas manos de los obreros. Apoyado contra un muro, se lió parsimoniosamente un cigarrillo bien merecido, mientras con una sonrisa escuchaba los disparos de fusilería que debían de estar azotando la posición que acababa de abandonar. Hubo luego un par de ráfagas de ametralladora y por ultimo, el ruido ronco de una granada de mortero, que hizo vibrar levemente la pared. Sacudiéndose el polvo de los anchos pantalones alemanes que se había puesto sobre los suyos, se deslizó hacia un banco de madera que había por allí cerca. El primer comisario con el que se topase le haría quitárselos, pensó mientras prendía el tabaco reseco, pero de momento estaría un poco más caliente.
Con los ojos entrecerrados observaba como el humo se elevaba y desvanecía en volutas infinitas. Así, su mente se elevó también hasta los oscuros parajes boscosos de la Selva Negra. De Friburg era originario el Mayor Franz Müller, y mira tú en que paraje estepario y desolado había venido a morir. Como añoraba él también los parajes boscosos de los Urales donde se había criado. Que sentiría el pequeño Karl Franz, cuando se internase a cazar en los bosques umbríos, como su padre ausente le había enseñado. Pobre chico, es duro perder a un padre tan joven. Debe tener unos diez años, la edad de su Dmitri. ¡Oh! Mitia como deseaba volver a verlo y también a Katya. Sentir su calor y el aroma de su pelo al amanecer. Estaba convencido de que el mayor y él hubiesen podido entre risas haber compartido cuentos de cazadores durante horas, frente a unas jarras de cerveza turbia o unos vasos de buen Vodka ucraniano.
Estampó el cigarrillo contra el suelo y lo aplastó rápidamente con la bota. ¡Al infierno con él! Es mejor no pensar en ello. Un fascista menos mancillando el sagrado suelo de la madre Rusia. Sacó la bayoneta que colgaba del cinturón. Una muesca más en la culata de mi rifle de francotirador.

Por: El Exiliado del Mitreo

Varios, Relatos, Revistas publicadasMay 31, 2009 7:58 pm

A Gago,

Hace años que se prohibió escribir sobre el amor, la sensualidad, allá en una época en la que sucumbió a la rendición, la más fuerte de todas, cuando la edad te dice basta, tu cuerpo no puede más, tu corazón no aguantará. En vez de servir como analgésico, la pluma le recordaba experiencias pasadas, las avivaba, abría heridas resecas al sol pero purulentas, heridas que nunca cerraron. Eran otros años, en los que se regalaban mechones de pelo y fulares perfumados a cambio de cartas también perfumadas, leídas y releídas veinte veces. Uno podía tener percances con criadas en los establos de las casas o visitar el Olimpo una vez por semana pero el cortejo de los parques con una muchacha asida al brazo era uno de los mayores placeres para el corazón. Era un sentimental, lo sabía y no se avergonzaba de aparecer años después a la puerta de la iglesia para observar a las mozas o, según la edad, a las mujeres solteras y a las viudas. Viejo verde, le decían. Asqueroso. Menos mal que no sabían que había vuelto a escribir poesías pues quedaban guardadas en el escritorio bajo llave y como siempre, discreto en esos temas, solo se enteraba la interesada que recibía cartas, ya no tan perfumadas pues esas cosas pasan de moda. Se sentía joven de nuevo, sentía que había frenado el tiempo gracias a esas palabras, que no marchitan como las flores, solo hace falta que sean sinceras y las suyas siempre lo fueron así también sus miradas, abrazos y besos más castos, a todas las edades, incluso los últimos, cuando le iban avisando cuidado viejo, ten cuidado, pero él prefirió insistir hasta el final dejando a una viuda enviudando por segunda vez mientras él se iba junto con sus palabras secretas, encerradas bajo llave.

FlorentinoAriza

Varios, Publicaciones, Revistas publicadas, ReflexionesApril 16, 2009 2:31 pm

George Orwell se equivocó… de fecha. Pensó que en 1984 viviríamos en un mundo privado de libertades en el que los individuos dejarían de ser individuos, pues ni siquiera se les permitiría pensar, pasando a ser piezas de la maquinaria de un estado totalitario. El Gran Hermano lo vería todo, hasta la intimidad de sus sueños.

El temor a un futuro en el que la libertad no sea más que una palabra en desuso ha sido un tema recurrente a lo largo de las últimas décadas. La idea de que ese futuro puede no andar muy lejos va cobrando peso con el paso de los años. Ya no existe una URSS que, con grandes medios tecnológicos, se dedique sin excusa a vigilar a sus habitantes. Hoy día los países más poderosos son “democracias” y sus ciudadanos viven tranquilos pensando en que las medidas que toman sus gobernantes (“elegidos”) son por su propio bien.

Durante muchos años simplemente se nos dejó vivir, a veces obligados a trabajar para alguien y otras con mayor libertad. En algún periodo esto ni siquiera fue posible para algunos, que fueron exterminados por ser A o B. No obstante, pese a lo sangrienta que es la Historia, hace no mucho que se dio un respiro a sí misma y conseguimos un paquete de libertades a las que nos hemos estado aferrando desde entonces. Una de ellas, precisamente la del voto libre, ha estado sirviendo últimamente para que las demás se vean mermadas. Nosotros les elegimos y ellos eligen por nosotros; nos “protegen”.

Nos tenemos que identificar, nos cachean, no nos dejan llevar o consumir ciertas sustancias peligrosas para nuestra salud, leen nuestros mails, nos vigilan con cámaras, nos observan, nos observan, nos observan… Sé que esto puede parecer paranoico pero es una realidad y la vivimos a diario.

Creo que no podemos dejar que nos controlen tanto.
En primer lugar por una cuestión de dignidad: no debemos tolerar que se sospeche continuamente de nosotros. ¿No sería desagradable que un amigo (como se considera al Estado) te pidiese todos los días mirar en tus bolsillos para ver si le has robado algo? No podemos dejar que se nos trate de este modo y que se nos intente proteger de un mal omnipresente, que no dejará de existir por muchos medios disuasorios que se inventen, siempre ignorados por aquellos que realmente deseen cometer crímenes. La causa de la mayoría de éstos no se encuentra en la falta de seguridad sino en una falta de educación y la ausencia de preocupación por aquellos individuos más proclives a cometerlos.
En segundo lugar, no es descabellado pensar en que los medios que le cedemos al poder para vigilarnos y controlarnos se pueden volver contra todos nosotros. Estamos hablando de armas de doble filo con las que personas honestas pueden actuar honradamente y con las que seres sin escrúpulos son capaces de intentar dominarnos aún más y conservar su poder.

¿Merece la pena renunciar a nuestras libertades para que nos protejan? ¿Merece la pena arriesgarnos a que un individuo nos haga daño o a que se nos haga daño a todos? Yo no quiero armar a aquellos que les concedemos el poder, por buenos propósitos que tengan, pues se pueden volver opresores y la protección transformarse en agresión. Hoy día lo estamos experimentando con trabas a nuestra libertad pero ¿cuál será el siguiente paso? Yo prefiero no saberlo, prefiero que la literatura siga siendo literatura y que no pase del papel a la realidad.

farero

Relatos, Publicaciones, Revistas publicadasMarch 9, 2009 10:05 pm

Se encontraba sentado en el despacho, contemplando el ir y venir de las bolas de acero colgadas. El ruido del choque siempre le había resultado placentero pero ahora no. Sin embargo, no podía detenerlas pues tenía la impresión de que el tiempo se pararía en ese momento de desasosiego. Una extraña palpitación se apoderó de su interior. No podía dejar de pensar: en todo y en nada, como si hubiese un muro en su cerebro que detuviese el procesamiento de los pensamientos recién creados. Sus ojos no paraban de mirar a ninguna parte.

Descuelga el teléfono, marca número y espera tono. Responde una voz; no es él. Cuelga. Le dijo que a las doce le llamaría y no lo ha hecho. Ya es la una; algo ha debido de salir mal. Ahora le rastrearán, darán con él y todo se irá a la mierda. ¿Y si la anterior voz era la suya? Ahora que lo piensa, tampoco ha tardado mucho en colgar. ¿Entonces por qué no le ha llamado? A lo mejor no ha completado la misión y no le ha dado tiempo a volver. Vuelve a descolgar y a llamar al mismo teléfono. Una voz más familiar le responde “calle Buenavista 8, 3ºC, dentro de media hora” sin darle tiempo a replicar.

Dejó el teléfono descolgado para evitar que sonase en su ausencia y se fue a pie del piso franco para evitar los controles del tranvía o del autobús. Escondió el revólver en el pantalón y la pastilla de cianuro en el bolsillo de la chaqueta, como siempre. El camino se le hacía infernal y no paraba de sudar a la vez que le daba la impresión de que no avanzaba y de que no llegaría nunca. Estuvo barajando la posibilidad de que fuese una emboscada pero tenía que saber si su compañero estaba vivo, muerto o capturado.

Sube las escaleras poco a poco intentando captar cualquier sonido. 3ºC: la puerta está entreabierta, la empuja y lo ve en el suelo, boca abajo. Mira a todas partes. No hay nadie más. El cuerpo yace sin sangre alrededor y empuña un revólver, con el cañón abierto, sin balas. Pálido, se acerca a él, se arrodilla, coge aire y solo se atreve a introducir la mano en el bolsillo, vacío, de su chaqueta. Encima de la mesa, un teléfono descolgado, unas bolas de acero.

farero

Relatos, Publicaciones, Revistas publicadas 10:04 pm

Una playa larga, como una alfombra, a la derecha el mar que rompe suavemente, las dunas a la izquierda y a diez metros de la orilla, un piano de cola que suena sin necesidad de pianista: es lo que Lucía recuerda de aquel momento. La melodía del piano es tan agradable que estremece las cuerdas de su corazón y provoca en su cabeza un tintineo de ensueño.

Ahora siente la arena húmeda bajo sus pies y la brisa en sus cabellos. Sonríe y corre debido a un impulso inexplicable. Está desnuda. Un punto negro en el horizonte va tomando forma de piano de cola. En cuanto llega a él, se tropieza con algo en el suelo. Es el pianista pues lleva pajarita, pero solamente una pajarita. No tengas miedo Lucía, el piano toca solo, mientras, yo descanso. En efecto, sonaba aquella melodía que surgía del piano en forma de bellos pájaros, hacia el cielo, hacia las nubes. Descansa, Lucía.

Lucía despierta entre sábanas y arena con el canto de las aves. Mientras, el pianista esconde la pajarita en sus calzoncillos. Despierta, Lucía, despierta.

farero

Varios, Relatos, Revistas publicadasMarch 6, 2009 10:06 am

Una fría tormenta de nieve asolaba el último reducto de hombres valientes.

Solos, aislados, cansados, cogelados. Muchos de ellos heridos por largas luchas a espada, golpes o flechas, y otros tantos a los que les faltaba solo la última estocada en su debilitada alma para sucumbir ante lo que tenían delante, para minarla definitavemente.

Ríos de lágrimas cubrían el suelo de la cabaña de “los valientes”. Poco más de veinte hombres que cada día luchaban para evitar tener que arrodillarse ante el poder del terrible ejército que asolaba su pueblo.

Cada noche, los fieros y temibles soldados soltaban su furia y su dolor en pequeñas gotas cristalinas que provenían de las almas más puras que jamás había visto, y digo visto porque podía verla a través de sus ojos, tenían ese brillo, el brillo…

Cada vez que la luna asomaba, entre la oscuridad más absoluta, volvían a su terrible refugio donde lloraban a los perdidos, y a la extraviada libertad, lloraban a sus sueños rotos y a sus ansias de escapar, a su miedo a cambiar el rumbo y a su miedo a no querer cambiarlo, porque en el fondo, querían estar allí. Miradas inquietas paseaban entre mantas a la espera de los rayos de Sol, que traían de nuevo la guerra a su pueblo.

La suerte estaba echada, lucharían hasta perecer, hasta el último aliento. Porque era lo que habían elegido o al menos era lo que les había tocado. Muchos se arrepentían ahora de querer seguir luchando, pero no se rendirían por sí mismos, no, eso sí que no…

Y quizá parezca cobarde, pero enfrentarse a la más dura prueba, a los guerreros más despiadados hasta vencer o morir luchando, no debe parecerlo. Simplemente dejaban que otros eligieran por ellos, porque su sueño no lo truncarían por sí mismos, alguién debería hacerlo por ellos, si no se levatarían una vez tras otra hasta que la caída fuese definitiva.

Guerra y llantos, triste rutina de valientes guerreros.

La esperanza brillante en el horizonte era lo único que quedaba.

Simarro

Varios, Apuntes filosóficos, Revistas publicadasMarch 3, 2009 9:02 am

Cansado un día, el Artesano supremo, de la absoluta soledad de su eterna existencia, marchó disipando las brumas del tiempo hasta su mesa, donde el barro rosado esperaba el tacto de sus divinas manos.
Con la absoluta parsimonia de quien dispone de eones para hacer su trabajo, se puso a modelar la arcilla primigenia a su imagen y semejanza.
Transcurridas mil vidas en un suspiro, el divino Creador quedó satisfecho de su obra. Entonces, con delicadeza, tomó en sus manos las estatuillas modeladas con premura, dispuesto a insuflarles el soplo de la vida.
Pero cuando ya había llenado sus pulmones de aire para ello, el Señor, en su infinita sapiencia, pensó que debía meditar con más calma las implicaciones de sus actos. Dejó las figuras sobre su escritorio y se puso a caminar meditabundo por los salones del espacio infinito.
Distraídamente, frotó sus manos para quitarse la arcilla reseca que tenía adherida en ellas. Inmerso por completo en sus meditaciones, no se dio cuenta siquiera de que después había esparcido las virutas de sus manos con un soplido, y estas habían vivido.
Así nació la humanidad. El Señor siguió su camino sin reparar en ello.

Por: El Exiliado del Mitreo

Varios, ETSII, Revistas publicadas, ReflexionesFebruary 27, 2009 12:47 pm

¿Qué hace una capilla en medio de una Escuela de Ingenieros Industriales? ¿Cómo puede, en pleno siglo XXI haber un lugar para el culto a Dios? ¿Qué pasa con el principio de igualdad religiosa que defiende la Constitución? ¿Y los Musulmanes? ¿Y los Judíos? ¿Por qué solo los Católicos tienen su lugar de oración?

Miren señores, siento mucho que haya gente que no aguante que algunas personas, todavía, en “pleno siglo XXI” sigan creyendo en Dios, y que el ir a Misa, tener un lugar para rezar y para el recogimiento lees suponga una ayuda en su vida cotidiana, pero como, a pesar de lo que muchos dicen, esto es parte del principio de libertad religiosa. Me parece muy bien que haya distintas asociaciones, ya que todas aportan su granito de arena en la cultura de esta Escuela, pero si pensáis que el Club de Rol, el Club de Cine, la Asociación Cultural o la Asociación Deportiva son importantes (que en mi opinión SÍ lo son) no tenéis derecho a decir que la Capilla no aporta nada a la Escuela, porque sí lo hace. Quizás para algunos de ustedes no, porque no son creyentes o porque no frecuentan la Capilla, pero para otras personas si que sirve de apoyo y de ayuda, igual que para algunos alumnos tener un sitio para jugar a las Magic o ver películas de buen cine, cosa que entiendo perfectamente.

No entiendo esa lucha de los no creyentes para erradicar cualquier símbolo de religiosidad dentro de la Escuela y de la sociedad, ya que va contra la tolerancia de la que muchos son firmes defensores y contra la Constitución: SÍ, señoras y señores, alumnos y alumnas, no es anticonstitucional que exista una Capilla que lleva los mismos años que la misma Escuela, y si no me creen por favor acudan a cualquier base de datos o a la misma red de redes y lean innumerables sentencias del Tribunal Constitucional sobre casos de libertad religiosa. Estudien un poco de materias que no sean únicamente técnicas, infórmense, y después, solo después, opinen sobre la constitucionalidad de la Capilla, porque luego clamamos contra el cielo si algún abogado se digna a opinar sobre cuestiones técnicas, ya que no son Excelentísimos Alumnos de Nuestra Escuela. Igual que un abogado no opina sobre la teoría de la relatividad sin haberse informado, y nos causa risa que la niegue solo por no entenderla, nosotros no podemos opinar sobre materias jurídicas sin saber nada excepto demagogia para estúpidos y borregos. La existencia de una Capilla no solo no va en contra de la libertad religiosa, sino que la favorece, pues los Católicos tienen la oportunidad de practicar su fe, y es obligación del Estado facilitar eso a los ciudadanos, y la Escuela es un Organismo Público que tiene esas mismas obligaciones, por lo que quitar la Capilla actuaría contra la libertad religiosa.

¿Qué a muchos no les gusta? No tienen porque ir a: todavía no he visto a ningún “fanático” obligar a nadie a ir a Misa en la Capilla, ni arrastrarle por los pelos contra su voluntad. ¿Qué no hay espacio en la Escuela? Señoras y señores, no me hagan reír, por favor… ¿Cuánto espacio inutilizado hay en la Escuela, en mil departamentos llenos de aparatos que hace siglos que nadie enciende ni utiliza, en el frontón, y en otros muchos sitios?

Queda la pregunta y el interrogante de qué pasa con el resto de confesiones: pues bien, aquí está mi propuesta, que los distintos creyentes de cualquier otra religión hagan una Asociación en la Escuela (como la que han hecho algunos alumnos Católicos) y entonces soliciten un espacio en la zona de la capilla para su confesión. En Periodismo ya hay algo así, y los que frecuentan la Capilla (o como lo llamen en esa universidad) no recuerdan haber visto ni un solo día a un Musulmán rezando hacia la Meca en la zona para ello habilitada, pero me parece muy bien que si hay alguien que lo solicite, que estoy seguro de que en la Capilla estarán encantados de ofrecérselo, porque al fin y al cabo rezar no viene mal nunca, y da igual que reces a Alá, a Yahvé o a Jesús.

Igual me he extendido demasiado, pero quiero concluir diciendo que no podéis menospreciar a alguien porque sea creyente, ya que, aunque no os lo parezca, para ellos, para nosotros, tiene mucho sentido, y nosotros no criticamos a nadie porque no crean en Dios… Así que por favor menos propuestas de recoger firmas para cerrar la Capilla y más firmas para que se aprueben unos buenos planes de estudios, que eso si que son necesarios. Si os queréis involucrar en la Escuela que no sea porque os de rabia el que haya gente que “en pleno siglo XXI” crea en Dios.

EMEGE