Varios, Relatos, Revistas publicadasJune 2, 2009 7:55 am


Hacía un frío que pelaba aquella mañana de principios de noviembre. Anatoli Ivanovich estaba un tanto aterido pese a las capas de ropa y al tímido sol, que se colaba por las agujeradas paredes del taller donde había instalado su puesto de francotirador. El invierno se había abatido sobre la estepa tan de repente, como meses antes lo habían hecho los Junkers alemanes con sus entrañas repletas de muerte. Llovió fuego y acero en aquellos días, el nombre de Stalingrado se hizo sinónimo de Infierno.
Antes del alba, Anatoli había tomado el desayuno, un té caliente con una buena rebanada de pan y un trozo de cecina. Era importante desayunar bien, porque posiblemente tendría que aguantar muchas horas con eso.
No había salido aún el sol, cuando encontró el lugar idóneo para colocarse; el segundo piso de un taller de la fabrica “Octubre Rojo”, en tierra de nadie, asomándose a las líneas enemigas.
Sacó el fusil de su funda, era toda una maravilla de la técnica industrial soviética. Mientras lo limpiaba, se cercioró de que todos los mecanismos corrían a la perfección. Ajustó la mira telescópica, extendió la manta doblada de la que servía para aislar un poco su cuerpo de la frialdad del suelo y se dispuso para la larga espera.
Desde su posición, podía intuir, desdibujándose en la penumbra que antecede al alba, al centinela alemán por el puntito brillante del cigarrillo que estaba fumando.
El aumento de la luminosidad se veía acompañado por el creciente bullicio en las líneas fascistas. Al poco tiempo todo el regimiento estaba en marcha.
Entre los escombros, podía entrever a un soldado con los ojos aún pegados por el sueño, rascándose la cabeza mientras freía unas salchichas, otro un poco más allá se afeitaba, con un espejo de mano que había encajado entre el fusil y el casco, y muchos otros aquí y allá, realizaban sus tareas cotidianas y aprestándose para otra dura jornada en la ciudad en ruinas.
Aunque parezca un oficio muy sofisticado, son pocas las pautas a seguir para ser un buen francotirador; el primer principio es encontrar una posición de disparo idónea y camuflarla adecuadamente para resultar indetectable. Resulta de sentido común, el suponer que el segundo principio es no precipitarse, tener una paciencia infinita y esperar tu momento. Todo francotirador sabe que va a poder efectuar un disparo, y con suerte, otro de gracia, antes de que su posición sea descubierta y se desate el infierno. Tolia es bien consciente de la función de su oficio, por eso es fundamental observar y seleccionar con cuidado el objetivo que más pueda mellar la moral de los alemanes.
Esta vez no tuvo que esperar mucho. No serían más de las ocho de la mañana, cuando un oficial se acercó a pasar revista a las tropas. No sabría concretar si se trataba de un mayor o un coronel, pero lo que más te había llamado la atención era la cruz de caballero que llevaba al cuello. Repartía apretones de manos y sonrisas entre los soldados de primera línea, a la vez que aprovechaba para reconocer de cerca el terreno a través del cual tendrían que avanzar sus hombres a media mañana. Anatoli se tomó su tiempo, esperó a que el rubicundo alemán se sintiese cómodo, a que estuviese seguro de que no había nadie observándole. Entonces, respiró hondo, apuntó al águila que decoraba la gorra de pico del oficial y apretó el gatillo. Le vio caer hacia atrás con una grotesca contorsión y la cabeza empapada en sangre. A toda prisa recogió sus cosas y salió corriendo como alma que lleva el diablo. Si el primer principio es buscarse un buen sitio y el segundo ser paciente, sin duda el principio cero es asegurarse de disponer una vía de escape.
Descendió los escalones del primer piso a la carrera y solo se detuvo cuando se consideró lo suficientemente alejado, y esto no fue antes de haber atravesado un par de talleres desiertos, trastabillando a veces con las solitarias herramientas, huérfanas de las encallecidas manos de los obreros. Apoyado contra un muro, se lió parsimoniosamente un cigarrillo bien merecido, mientras con una sonrisa escuchaba los disparos de fusilería que debían de estar azotando la posición que acababa de abandonar. Hubo luego un par de ráfagas de ametralladora y por ultimo, el ruido ronco de una granada de mortero, que hizo vibrar levemente la pared. Sacudiéndose el polvo de los anchos pantalones alemanes que se había puesto sobre los suyos, se deslizó hacia un banco de madera que había por allí cerca. El primer comisario con el que se topase le haría quitárselos, pensó mientras prendía el tabaco reseco, pero de momento estaría un poco más caliente.
Con los ojos entrecerrados observaba como el humo se elevaba y desvanecía en volutas infinitas. Así, su mente se elevó también hasta los oscuros parajes boscosos de la Selva Negra. De Friburg era originario el Mayor Franz Müller, y mira tú en que paraje estepario y desolado había venido a morir. Como añoraba él también los parajes boscosos de los Urales donde se había criado. Que sentiría el pequeño Karl Franz, cuando se internase a cazar en los bosques umbríos, como su padre ausente le había enseñado. Pobre chico, es duro perder a un padre tan joven. Debe tener unos diez años, la edad de su Dmitri. ¡Oh! Mitia como deseaba volver a verlo y también a Katya. Sentir su calor y el aroma de su pelo al amanecer. Estaba convencido de que el mayor y él hubiesen podido entre risas haber compartido cuentos de cazadores durante horas, frente a unas jarras de cerveza turbia o unos vasos de buen Vodka ucraniano.
Estampó el cigarrillo contra el suelo y lo aplastó rápidamente con la bota. ¡Al infierno con él! Es mejor no pensar en ello. Un fascista menos mancillando el sagrado suelo de la madre Rusia. Sacó la bayoneta que colgaba del cinturón. Una muesca más en la culata de mi rifle de francotirador.

Por: El Exiliado del Mitreo

Varios, Relatos, Revistas publicadasMay 31, 2009 7:58 pm

A Gago,

Hace años que se prohibió escribir sobre el amor, la sensualidad, allá en una época en la que sucumbió a la rendición, la más fuerte de todas, cuando la edad te dice basta, tu cuerpo no puede más, tu corazón no aguantará. En vez de servir como analgésico, la pluma le recordaba experiencias pasadas, las avivaba, abría heridas resecas al sol pero purulentas, heridas que nunca cerraron. Eran otros años, en los que se regalaban mechones de pelo y fulares perfumados a cambio de cartas también perfumadas, leídas y releídas veinte veces. Uno podía tener percances con criadas en los establos de las casas o visitar el Olimpo una vez por semana pero el cortejo de los parques con una muchacha asida al brazo era uno de los mayores placeres para el corazón. Era un sentimental, lo sabía y no se avergonzaba de aparecer años después a la puerta de la iglesia para observar a las mozas o, según la edad, a las mujeres solteras y a las viudas. Viejo verde, le decían. Asqueroso. Menos mal que no sabían que había vuelto a escribir poesías pues quedaban guardadas en el escritorio bajo llave y como siempre, discreto en esos temas, solo se enteraba la interesada que recibía cartas, ya no tan perfumadas pues esas cosas pasan de moda. Se sentía joven de nuevo, sentía que había frenado el tiempo gracias a esas palabras, que no marchitan como las flores, solo hace falta que sean sinceras y las suyas siempre lo fueron así también sus miradas, abrazos y besos más castos, a todas las edades, incluso los últimos, cuando le iban avisando cuidado viejo, ten cuidado, pero él prefirió insistir hasta el final dejando a una viuda enviudando por segunda vez mientras él se iba junto con sus palabras secretas, encerradas bajo llave.

FlorentinoAriza

Relatos, Publicaciones, Revistas publicadasMarch 9, 2009 10:05 pm

Se encontraba sentado en el despacho, contemplando el ir y venir de las bolas de acero colgadas. El ruido del choque siempre le había resultado placentero pero ahora no. Sin embargo, no podía detenerlas pues tenía la impresión de que el tiempo se pararía en ese momento de desasosiego. Una extraña palpitación se apoderó de su interior. No podía dejar de pensar: en todo y en nada, como si hubiese un muro en su cerebro que detuviese el procesamiento de los pensamientos recién creados. Sus ojos no paraban de mirar a ninguna parte.

Descuelga el teléfono, marca número y espera tono. Responde una voz; no es él. Cuelga. Le dijo que a las doce le llamaría y no lo ha hecho. Ya es la una; algo ha debido de salir mal. Ahora le rastrearán, darán con él y todo se irá a la mierda. ¿Y si la anterior voz era la suya? Ahora que lo piensa, tampoco ha tardado mucho en colgar. ¿Entonces por qué no le ha llamado? A lo mejor no ha completado la misión y no le ha dado tiempo a volver. Vuelve a descolgar y a llamar al mismo teléfono. Una voz más familiar le responde “calle Buenavista 8, 3ºC, dentro de media hora” sin darle tiempo a replicar.

Dejó el teléfono descolgado para evitar que sonase en su ausencia y se fue a pie del piso franco para evitar los controles del tranvía o del autobús. Escondió el revólver en el pantalón y la pastilla de cianuro en el bolsillo de la chaqueta, como siempre. El camino se le hacía infernal y no paraba de sudar a la vez que le daba la impresión de que no avanzaba y de que no llegaría nunca. Estuvo barajando la posibilidad de que fuese una emboscada pero tenía que saber si su compañero estaba vivo, muerto o capturado.

Sube las escaleras poco a poco intentando captar cualquier sonido. 3ºC: la puerta está entreabierta, la empuja y lo ve en el suelo, boca abajo. Mira a todas partes. No hay nadie más. El cuerpo yace sin sangre alrededor y empuña un revólver, con el cañón abierto, sin balas. Pálido, se acerca a él, se arrodilla, coge aire y solo se atreve a introducir la mano en el bolsillo, vacío, de su chaqueta. Encima de la mesa, un teléfono descolgado, unas bolas de acero.

farero

Relatos, Publicaciones, Revistas publicadas 10:04 pm

Una playa larga, como una alfombra, a la derecha el mar que rompe suavemente, las dunas a la izquierda y a diez metros de la orilla, un piano de cola que suena sin necesidad de pianista: es lo que Lucía recuerda de aquel momento. La melodía del piano es tan agradable que estremece las cuerdas de su corazón y provoca en su cabeza un tintineo de ensueño.

Ahora siente la arena húmeda bajo sus pies y la brisa en sus cabellos. Sonríe y corre debido a un impulso inexplicable. Está desnuda. Un punto negro en el horizonte va tomando forma de piano de cola. En cuanto llega a él, se tropieza con algo en el suelo. Es el pianista pues lleva pajarita, pero solamente una pajarita. No tengas miedo Lucía, el piano toca solo, mientras, yo descanso. En efecto, sonaba aquella melodía que surgía del piano en forma de bellos pájaros, hacia el cielo, hacia las nubes. Descansa, Lucía.

Lucía despierta entre sábanas y arena con el canto de las aves. Mientras, el pianista esconde la pajarita en sus calzoncillos. Despierta, Lucía, despierta.

farero

Varios, Relatos, Revistas publicadasMarch 6, 2009 10:06 am

Una fría tormenta de nieve asolaba el último reducto de hombres valientes.

Solos, aislados, cansados, cogelados. Muchos de ellos heridos por largas luchas a espada, golpes o flechas, y otros tantos a los que les faltaba solo la última estocada en su debilitada alma para sucumbir ante lo que tenían delante, para minarla definitavemente.

Ríos de lágrimas cubrían el suelo de la cabaña de “los valientes”. Poco más de veinte hombres que cada día luchaban para evitar tener que arrodillarse ante el poder del terrible ejército que asolaba su pueblo.

Cada noche, los fieros y temibles soldados soltaban su furia y su dolor en pequeñas gotas cristalinas que provenían de las almas más puras que jamás había visto, y digo visto porque podía verla a través de sus ojos, tenían ese brillo, el brillo…

Cada vez que la luna asomaba, entre la oscuridad más absoluta, volvían a su terrible refugio donde lloraban a los perdidos, y a la extraviada libertad, lloraban a sus sueños rotos y a sus ansias de escapar, a su miedo a cambiar el rumbo y a su miedo a no querer cambiarlo, porque en el fondo, querían estar allí. Miradas inquietas paseaban entre mantas a la espera de los rayos de Sol, que traían de nuevo la guerra a su pueblo.

La suerte estaba echada, lucharían hasta perecer, hasta el último aliento. Porque era lo que habían elegido o al menos era lo que les había tocado. Muchos se arrepentían ahora de querer seguir luchando, pero no se rendirían por sí mismos, no, eso sí que no…

Y quizá parezca cobarde, pero enfrentarse a la más dura prueba, a los guerreros más despiadados hasta vencer o morir luchando, no debe parecerlo. Simplemente dejaban que otros eligieran por ellos, porque su sueño no lo truncarían por sí mismos, alguién debería hacerlo por ellos, si no se levatarían una vez tras otra hasta que la caída fuese definitiva.

Guerra y llantos, triste rutina de valientes guerreros.

La esperanza brillante en el horizonte era lo único que quedaba.

Simarro

Varios, Relatos, Revistas publicadasFebruary 25, 2009 2:52 pm

Xotlan no sabría decir en aquel momento si las piernas le temblaban por la emoción o por lo fría que estaba la roca labrada que tenía a su espalda. Pero, de lo que no cabía duda alguna, es de que él había sido el ganador indiscutible aquella mañana. De entre todos los jóvenes de la ciudad, él había sido el primero en capturar un ave sagrada, un quetzal. Su mente bullía como un caldero de chocolatl hirviendo, con las imágenes de aquel glorioso día.

Con destreza se había ceñido su maxtlat y había anudado las correas de las sandalias, para que su carrera fuera veloz como el aleteo de un frenético pochtli. Al clarear, cuando el sacerdote y sus acólitos dieron la salida, él corrió como los demás a adentrarse en la selva.

Había brincado por entre las lianas y los troncos caídos, esquivando las ramas bajas y las criaturas venenosas, poniendo en fuga a tapires y a jaguares con su alborozo.

Entonces, oyó la llamada, y majestuoso lo vio pasar, por entre las copas de los árboles, engalanado con sus plumas esmeralda y rubí, tapando tan solo un instante el sol que se infiltraba por entre el follaje.

Con toda su habilidad había trepado al árbol y con mucho sigilo y paciencia infinita había capturado al animal, poniendo especial cuidado en no dañar su delicado plumaje.

Como le temblaban las manos cuando el sacerdote le concedió el honor de arrancar él mismo las largas plumas de la cola del Quetzal, para adornar con ellas la corona del soberano.

Como le había llenado de orgullo, de júbilo, de éxtasis, la bebida sagrada. Un mundo divino se había derramado en su cabeza a la par que vaciaba la el cuenco de jade que el tlamatini, el sacerdote, le había tendido. Xotlan no dejaba de pensar en lo grande que había sido este día y en su cabeza no dejaba de rememorar todas las escenas de la cacería sagrada. Las imágenes se dilataban y deformaban cada vez más, los dioses se le aparecían y se integraban en su ensueño, y él estaba encantado de que los dioses se hubiesen fijado en él y le hubiesen otorgado su favor.

Un acólito le ayudó a tumbarse sobre la gran mesa de piedra labrada. Se había estremecido por el contacto de su piel desnuda la roca fría. Con los ojillos entrecerrados y riéndose por el efecto del peyolt, había observado, curioso y divertido, como el sacerdote sacrificador había hendido su pecho con un cuchillo de obsidiana. Aún se reía cuando el sacerdote extrajo de su pecho el corazón palpitante para levantarlo hacia el cielo. Tenía una amplia sonrisa dibujada en su rostro cuando los sacerdotes destripadores de Xipe Topec, el dios del renacimiento, vaciaron su cuerpo para que el soberano pudiera envolverse con él.

Moctezuma II, emperador de los mexicas, con la piel aún caliente del sacrificado, con la sangre que corría a ríos por su cuerpo, aún estaba inquieto. Los sueños horribles, sueños que no cesaban de repetírsele noche tras noche, y que prácticamente ya no le dejaban dormir. Sueños sobre el advenimiento de Quetzalcoatl y sobre la destrucción de su pueblo. Sin duda muchas cosas iban a cambiar en Tenochtitlan.

Por: El Exiliado del Mitreo

Varios, Relatos, Revistas publicadas, ReflexionesDecember 22, 2008 9:42 am

El día no se presentaba demasiado lúcido ni tampoco demasiado oscuro. Era el color gris triste el que predominaba en el cielo, como un reflejo de su alma, el más insulso de los colores, el rechazado por todos, el intermedio, ni blanco ni negro, así empezaba su día, sin buenos augurios.

El frío recorría su cuerpo mientras iba camino de un lugar perdido y alejado del sitio dónde él realmente quería estar. Las gotas de lluvia que habían atravesado su ropa helaban su pecho, sus manos estaban congeladas y sus ojos tristes. Su hablar era cansino, resignado ya, se dejaba llevar por el flujo del tiempo, solo hasta que un nuevo amanecer le trajese nuevas sensaciones y arrastrase los colores tristes.

El negro noche se llevó consigo el gris nublado dejando como únicas luces del camino las farolas de la carretera con dirección a cualquier lugar. Miraba por la ventana y veía las gotas caer, y las farolas pasar, una tras de otra. Entonces la miró, y una chispa saltó en su aturdida mente al verla actuar. Y fue en ese instante, en ese preciso instante cuando se dió cuenta de todo lo que tenía delante, cuando cientos de emociones que parecía que se habían atascado entraron y recorrieron su cuerpo entero, y entonces decidió guardarlas, para poder plasmarlas en papel:

“Mientras la escudriñaba podía intuir lo que ocurría en su interior, podía saber que mentía. Aunque en su cara aparecía una sonrisa, no era más que un mal logrado disfraz de su vacío interior, podía sentirlo, podía notarlo en cada gesto, en cada sonrisa rota que no podía transmitir, que no podía ni intentar imitar lo que un día llegó a ser. Ya no tenía esa alegría pura, etérea, brotando por los cuatro costados, sus ojos mostraban una gran ilusión venida a menos, dopada, insulsa, perdida…

Una tristeza encarcelada y condenada a nunca mostrarse, un sentir que no hacía más que confirmar mis sospechas de que su llama se apagaba. Y lo peor de todo es que no era culpa suya, sino de ese mundo de mentiras que la rodeaba, de toda la falsedad, de la alegría sintética creada a su alrededor, de la falta de un cariño de verdad que nadie le ofrecía…

Aveces me recordaba a uno de esos puntos brillantes del cielo, de esos cuerpos en llamas que transmiten su fuerza y su luz a millones de kilometros de distancia, que nos regalan su calor a sabiendas de que un día, sin ningun remedio posible, estallarán en medio de la nada, del vacío, y solo dejarán un hueco, un agujero que aboserverá todo lo que le den, un agujero de tristeza, de soledad…

Hubo un tiempo, que alejado queda ya, en el que creí que yo había sido llamado para ser el primer hombre en conquistar una estrella, que mi alegría mis ganas y mi cariño la curarían, que mis manos y sus manos encajarían a la perfección como un puzzle de veinte piezas. Creí que sería el héroe que apagaría su corazón en llamas y le devolvería la sonrisa, la risa, la luz a sus ojos, las ganas, la fuerza…”

Ahora ya no creo, quizá el tiempo me ha enseñado a no hacerlo o quizá me ha engañado y vivo inmerso en su mentira.

Quizá entonces quise creer demasiado y ahora me doy cuenta de que nada era lo que parecía.

O a lo mejor es que los años pasan y los sueños de niño al fin y al cabo se quedan solo en eso, en sueños…

Simarro

Relatos, Humor, Publicaciones, Revistas publicadasDecember 16, 2008 5:00 pm

Iba yo en mi moto y, de repente, ya no iba en ella. Os lo juro, por mucho que os pueda parecer que la ingravidez es algo acojonante, a mí el hecho de volar durante medio minuto en dirección a la única mierda de perro de toda la calle me pareció de todo menos memorable. El caso es que gracias al susodicho zurullo, que habría plantado algún chucho con una cagalera digna de un caballo, mi cara no acabó con quemaduras de tercer grado, aunque sí con cierta cantidad de material en descomposición.

El caso es que, tras el aterrizaje, la chica que generó mi momentánea habilidad voladora vino a auxiliarme… Pero en vez de eso llegó, me vió la cara y se giró a vomitar un desayuno compuesto de Special K y zumo de papaya. Tras 5 largos minutos de excreción bucal, su deshidratación era tan elevada que fui yo el que la tuvo que acompañar al hospital… O eso hubiera hecho si mis piernas no hubieran decidido declararse en huelga indefinida y mi cabeza hubiera decidido respaldarlas en todas sus reivindicaciones. El caso es que, al final, acabamos en casa de una viejecilla sorprendentemente arrugada, manifiestamente loca e increiblemente guarra que tuvo a bien en recogernos. Mi primera reacción al verla (recordad que mi cabeza aún estaba lanzando piedras en alguna barricada) fue la de decir: ¡Es una bruja! ¡Es una bruja! Lo que provocó que mi accidentada acompañante levantara la cabeza y nos mostrara una vez más por qué, en mi recuerdo, aquella tarde de verano tenía tintes “halloweenescos”. Medio minuto más tarde, yo estaba persiguiendo a “la bruja” con el objetivo de ver si pesaba más o menos que un ganso (ref. Los Caballeros de la Mesa Cuadrada), mientras “la endemoniada” hacía gala de una inusitada valentía, al levantarse en estado de trance y tratar de ayudarme a capturar a la furcia de satanás que nos había atrapado. Tras un forcejeo marcado por dos hitos de carácter histórico: “El mordisco de los 100 años” y “La patada de Potsdam”, por fin nos hicimos con el control de la situación… Al menos yo me hice con él, porque mi acompañante, en su más que lamentable estado, decidió que el ser arrugado y maloliente que había en el suelo debía ser erradicado de la faz de la Tierra, y a ese menester se dedicó cuando mi conciencia decidió, una vez más, que el 4º punto del convenio entre yo (como ente) y mis piernas era totalmente inaceptable, volviendo al paro general. Cuando recobré la consciencia, ya estaba yo sentado en esa cama hospitalaria (que, por cierto, vaya sábanas más suaves que tenía) y me tocaba contarle esta misma historia al médico, a la enfermera y al chimpancé que tenía de compa de habitación (que, por cierto, vaya mal aliento que tenía).

Ahora me tienen a la espera de juicio, porque la chica con problemas gastrointestinales, por lo visto, terminó haciendo croquetas con la bruja (y no me refiero en su compañía, si no literalmente) y me acusan de ser co-responsable de semejante tropelía culinaria… Por favor, ¡si ni siquiera me gustan las croquetas!

Fdo: El hombre más asqueroso del mundo.

Varios, Relatos, Revistas publicadas, PoemasDecember 12, 2008 2:43 pm

Para Maxús

Las ligeras cortinas sedosas
mecidas por la brisa marina,
impúdicas, se agitan, y ociosas
a la agónica luz ambarina
de mil atardeceres iguales.
El sombrío diván de estriado
cuero, acoge sueños inmortales,
sin tiempo, fin, ni significado.
Los ojos, velados por la niebla,
sin ver miran, como estupefactos,
en los muros, los gloriosos actos,
de héroes envueltos por la tiniebla
del tiempo y del olvido absoluto.
No habrá más lágrimas, no más luto,
tan solo un atardecer eterno,
de eternos sueños opalescentes,
libre de las penas del infierno
y también de las tediosas fuentes
del cielo, demasiado límpidas
para el que ha vagado por perdidas
sendas, hoyadas por esos pocos,
quizá suficientemente locos,
para cerrar los ojos y soñar.

Plegaria:
Pido a los dioses que de este sueño
Del loto nunca vuelva a despertar,
Y mi mente vague así sin dueño
Por toda la eternidad.

Por: El Exiliado del Mitreo

Varios, Relatos, ReflexionesApril 29, 2008 10:29 pm

“Traidor”, pensó la muchacha bajando del coche. En su casa se cambió los zapatos por unas babuchas con hilos de oro, y se abrió el pecho para limpiar su corazón. Lo hizo suavemente, con un paño humedecido, sacando una por una todas las finas agujas de plata que lo oprimían. Luego colocó otra vez todo en su sitio. Era una operación rutinaria que repetía unas dos veces al día. Le llamó por teléfono. “Tú no tienes la culpa, Oscar”, le dijo, pero él tampoco se disculpó. Al colgar sonrió con tristeza un momentito, mirando a la ventana, donde detrás de su reflejo se veían lejanas las estrellas. No, él no tenía la culpa, pero él corazón a ella nunca se lo hubiera permitido. Volviéndolo a sacar lo estuvo observando un rato entre sus manos de artista. Le gustaba su corazón, y siempre le hacía caso. Latía cada vez más fuerte entre sus dedos empapados. Le gustaba, por sus paredes lisas y duras, por su peso y sus generalmente acompasados latidos. Volvió a pensar en Oscar, y otra vez le disculpó, pero pensando: “traidor”, y su corazón volvía a cubrirse de arenilla y raspones. Esta vez lo metió debajo del grifo y miró como el agua tibia llegaba a cubrirlo. “Ahora eres un pez”, le dijo y sin dejar de mirarlo se durmió profundamente en un sofá. Al despertar fue a buscarlo. El pez nadaba en círculos tranquilamente por la pila, creando ondas que reflejaban la cristalina luz de la mañana. La muchacha silbó entre dientes: “¿Dónde estás?” Él pez siguió su baile diciendo traidor, mientras ella lo miraba hipnóticamente. Durante un rato trató de capturarlo sin mucho empeño con la mano. Al no conseguirlo le ordenó: “¡Corazón!” Pero nadaba. Entonces, con un gesto rápido y los dientes apretados quitó el tapón del fregadero vaciándolo, y lo dejó agonizar. Con mano experta sacó las tripas y se comió a bocados el resto, ignorando las últimas contorsiones, y el dolor que le causaban las espinas al partirse en el paladar. Luego bajó al coche: iría a casa de Oscar. Sus ojos castaños le devolvieron la mirada en el retrovisor. Vio como el sol se reflejaba en su flequillo negro. Dibujó una sonrisa y clavó las uñas en el volante, mirando con determinación. Ya llegaba. “Traidor”. Entonces lanzó un grito que le sorprendió a ella misma. No pudo seguir conduciendo. Las espinas, sin corazón en el que clavarse se le hundían en la carne y él dolor que causaban le recorría todo el cuerpo. Contorsionándose y gritando en el asiento delantero, sintió como la sangre le llegaba a la boca y le enturbiaba la mirada mientras pensaba cada vez con más fuerza: “traidor”. Y las palabras que le guardaba ya nunca llegaron a su destino.

bichitis