Varios, Relatos, ReflexionesApril 29, 2008 10:29 pm

“Traidor”, pensó la muchacha bajando del coche. En su casa se cambió los zapatos por unas babuchas con hilos de oro, y se abrió el pecho para limpiar su corazón. Lo hizo suavemente, con un paño humedecido, sacando una por una todas las finas agujas de plata que lo oprimían. Luego colocó otra vez todo en su sitio. Era una operación rutinaria que repetía unas dos veces al día. Le llamó por teléfono. “Tú no tienes la culpa, Oscar”, le dijo, pero él tampoco se disculpó. Al colgar sonrió con tristeza un momentito, mirando a la ventana, donde detrás de su reflejo se veían lejanas las estrellas. No, él no tenía la culpa, pero él corazón a ella nunca se lo hubiera permitido. Volviéndolo a sacar lo estuvo observando un rato entre sus manos de artista. Le gustaba su corazón, y siempre le hacía caso. Latía cada vez más fuerte entre sus dedos empapados. Le gustaba, por sus paredes lisas y duras, por su peso y sus generalmente acompasados latidos. Volvió a pensar en Oscar, y otra vez le disculpó, pero pensando: “traidor”, y su corazón volvía a cubrirse de arenilla y raspones. Esta vez lo metió debajo del grifo y miró como el agua tibia llegaba a cubrirlo. “Ahora eres un pez”, le dijo y sin dejar de mirarlo se durmió profundamente en un sofá. Al despertar fue a buscarlo. El pez nadaba en círculos tranquilamente por la pila, creando ondas que reflejaban la cristalina luz de la mañana. La muchacha silbó entre dientes: “¿Dónde estás?” Él pez siguió su baile diciendo traidor, mientras ella lo miraba hipnóticamente. Durante un rato trató de capturarlo sin mucho empeño con la mano. Al no conseguirlo le ordenó: “¡Corazón!” Pero nadaba. Entonces, con un gesto rápido y los dientes apretados quitó el tapón del fregadero vaciándolo, y lo dejó agonizar. Con mano experta sacó las tripas y se comió a bocados el resto, ignorando las últimas contorsiones, y el dolor que le causaban las espinas al partirse en el paladar. Luego bajó al coche: iría a casa de Oscar. Sus ojos castaños le devolvieron la mirada en el retrovisor. Vio como el sol se reflejaba en su flequillo negro. Dibujó una sonrisa y clavó las uñas en el volante, mirando con determinación. Ya llegaba. “Traidor”. Entonces lanzó un grito que le sorprendió a ella misma. No pudo seguir conduciendo. Las espinas, sin corazón en el que clavarse se le hundían en la carne y él dolor que causaban le recorría todo el cuerpo. Contorsionándose y gritando en el asiento delantero, sintió como la sangre le llegaba a la boca y le enturbiaba la mirada mientras pensaba cada vez con más fuerza: “traidor”. Y las palabras que le guardaba ya nunca llegaron a su destino.

bichitis

Relatos, Humor, Revistas publicadasApril 8, 2008 10:11 pm

Uf… nueve pisos… ¿Dolerá? Aunque no sea una forma original de morir, graciosa lo es un tanto: sólo habrá que ver las caras que pondrán los transeúntes al ver mis restos esparcidos entre el suelo y la ventana del coche que está aparcado en frente. Todo muy “gore”, como una peli del grandísimo Tarantino.

Ya estoy familiarizado con esto, no os preocupéis. Aprendí lo que sería cuando quise comprobar si Micifú tenía siete vidas. Sí, fui yo, un gato no se puede pegar las patas con pegamento el solito. Al cabo de unos días, el patio apestaba, llegaron las ratas y se tomaron la revancha. Malditas, seguro que llevan ahí desde que la abuela vivía de joven en esta casa. Tendrán montadas hasta sus propias mafias. “Dame eze trozo de quezo.” “¡No, lo he condeguido dó!” “¿Quierez zeguir con protezión? ¿No valoraz tu vida?”

Tranquilos, el mundo está lleno de muertes diarias, no sólo de bichos inmundos (ejem… de animalitos respetables), sino también de humanos. En ciertos países mueren por decenas y apenas tienen cincuenta segundos reservados en los telediarios. Yo no quiero gloria, no quiero que se sepa que me he espachurrado contra el suelo, ni que sirvo de abono para las plantas del cementerio, no quiero esquela, ni funerales guays, ni nada de eso. Dejadme en la morgue, que dicen que es un sitio muy fresquito.

Carlos, no te frotes las manos, mi bici ya la he vendido (no haberme roto el mega-yoyó cuando estaba tan de moda) y las revistas Private se las he dado un amiguete salidillo. Eso sí, te deseo suerte, enano, y deja el pabellón de la familia bien alto en los concursos de eructos –ya sabes el truco.

Papá y Mamá, gracias por todo. No os preguntéis por qué, simplemente he elegido la pastilla roja. Creo que debéis estar orgullosos porque vuestro hijo haya sido lo suficientemente listo como para no tomar cianuro o matarratas para morir: eso si que debe de joder. Los barbitúricos no me los vendían y lo de cortarse las venas… ya sabéis que la sangre me da “yuyu”.

Bueno, pasadlo bien en Gandía este verano aunque ya va siendo hora de variar un poquito.
Adiós a todos.

P.D: Se me olvidaba: recordadle al tío que se cambie de equipo, que el suyo no va a ganar nunca la liga.

farero

Varios, Relatos, ETSII, Agenda, Revistas publicadasDecember 18, 2007 10:29 am

Queridos lectores de awa, queremos comunicaros que la revista/periódico/folletín convoca un concurso de relatos cortos para las próximas Navidades. Podéis escribir sobre lo que queráis pero el límite es 3/4 de cara de documento de word (tamaño 11, fuente Times New Roman). Pensad que cuanto más corto, más fácil será que quepa en la revista (que no somos la Times). El relato deberá estar firmado con un pseudónimo, con un seudónimo o con vuestra identidad de la CIA o la KGB, cualquiera nos vale. En el mismo sobre o mail que el relato, deberán aparecer vuestros datos personales para saber a quien se puede adjudicar un fantástico premio. Para que quede más claro, tenéis a continuación las bases del concurso:
- Tema: Libre
- Extensión: Máximo 3/4 de cara (hasta el 18 en la regla del word). Times New Romans 11. Una línea para el título. Interlineado simple.
- Plazo: Hasta la última uva del 2007.
- Premio: A los tres primeros, muy probablemente unos librillos.

Varios, Relatos, Revistas publicadas 10:23 am

No sabía cómo, pero ahí estaba el libro, sobre el banco, nadie lo cogía, parecía esperar a que él se aproximase y su curiosidad le impulsase a abrirlo, y se percatase de que le era familiar, que ese libro ya había sido escrito antes o que todavía no había sido escrito pero aguardaba en un despacho a que su autor se decidiese a terminar sus últimas páginas, unas páginas que decidirían el futuro de la humanidad, el futuro de la familia del autor o su propio futuro como profesional, deshecho, como el libro abandonado en el banco del parque, mojado por la lluvia, llorando tinta por la necedad de los humanos, testigo mudo de la historia, testigo de la decrepitud del autor que se acerca a contemplarlo sobre el banco, frustrado e impotente por no poder salvar de la muerte a su amigo, al que le dio la vida.

Azîm

Relatos, Revistas publicadasNovember 27, 2007 8:54 pm

Echando la cabeza para atrás pensó a quién tendría que darle las gracias por lo que acababa de ocurrir. No sabía muy bien cómo había sido, pero ahí estaba, respirando profundamente y con una sonrisa increíble en la boca. Siempre se había considerado un buen tipo. Tal vez el de arriba le debiese algunos favores. Ella salió de debajo de las sábanas y se incorporó como diciendo qué, cabrón, he estado increíble, lo sé. Él sólo pudo confirmárselo torpemente levantando las manos en señal de no sé cómo coño lo has hecho, pero ha sido genial. Ambos se besaron. Después él tocó una de sus tetas en comprobación de que aquello no había sido un sueño; la amiga se movió arriba y abajo, como un flan. Se besaron de nuevo y se tumbaron: él boca arriba, ella de lado; uno para pensar en cómo intentar transcribir lo que había pasado y la otra realmente para dormir.

No sé muy bien cómo empezar. Tal vez escribir que me han hecho la mejor mamada de mi vida, así, sin más, suene un poco duro. Además, eso no tiene clase, es vulgar. Podría centrarme en describir lo que vi, lo de inclinar mi cuello por debajo de la sábana, a oscuras, y sólo oir mi respiración y el sonido de su boca lamiéndome. Cursi. Eso sería casi peor que lo de que me han hecho la mejor mamada de mi vida; al menos lo otro no tiene clase y es vulgar, que vende mucho. Mierda.

“Echando la cabeza para atrás pensó a quién tendría que darle las gracias por lo que acababa de ocurrir”.

Sí, es bastante buena idea.

“Tal vez dios no fuese sordo al fin y al cabo”.

No, no funciona. Mejor algo más impersonal: “Siempre se había considerado un buen tipo. Tal vez el de arriba le debiese algunos favores”. Sí, mejor. A partir de aquí, el resto es coser y cantar.

Pensó en lo bien que se estaba en algunos momentos, sin preocupaciones de ningún tipo y sin deberle nada a nadie; estar en paz, que se diría. Que no se joda este momento, por favor, que no suene el teléfono, que no me tire un pedo, que no me ponga a hacer chistes malos para romper el hielo, que no quiero romperlo, que quiero que todo se quede así, por favor. Entonces cerró los ojos y dejó de escuchar el ruido de los coches, las voces de la calle dejaron de molestarle; tal vez el de arriba realmente le debiese algo más importante y hoy le estuviera regalando el premio gordo en forma de deseos. Medio dormido, lo último en lo que pensó fue en la cara de ella, mirándole también. Otro beso y a dormir, sin coches y sin voces. Al despertar no escuchó nada, pero era de día: no todo había permanecido igual que hace unas horas. Maldijo en forma de tos. Abrió los ojos y allí estaba, tal y como la había soñado la noche anterior, mirándole directamente y con una sonrisa. Él levanto la mano y le tocó una teta. Se movió arriba y abajo, como un flan. Le encantó la idea de volver a estar despierto.

Naked Anacoreta

Relatos, Revistas publicadasNovember 18, 2007 5:51 pm

“¿Diga? ¿Sí? ¿Quién es usted? No, no le quiero escuchar…” Sólo le pido unos segundos y me querrá oír. Si es usted curiosa, no colgará el teléfono preguntándose el resto del día qué le habría querido decir esa voz anónima que le cautivaba tanto. Todos me dicen que tengo una voz familiar porque a todos les habría gustado tenerme como hijo, hermano, padre o tío pero obviamente usted me lo negará, me dirá que no quiere saber nada más de mí. “Pero…” Sí, eso es, pero yo sigo hablando y usted mientras piensa si no podría ser de verdad un pariente suyo o un amigo olvidado. Haga memoria, piense… “No… ¿No serás?” Sí, vamos, dígalo… Soy yo ¿o es que no me reconoces? “Hijo…” Sí. “¿Dónde has estado todo este tiempo? Te hemos buscado y…” Estoy bien Mamá, de eso no te preocupes. “Pero… mi Albertito…” He viajado mucho y al final he encontrado mi sitio donde menos lo esperaba. “¿Cuándo volverás?” No creo que lo haga, mamá. Hacía tiempo que quería llamarte pero me faltaba valor, ya he dado este paso al menos. Sólo quiero que sepas que estoy bien, que te quiero y que en los próximos días recibirás algo especial. Adiós mamá y cuídate.
Juan tomó una foto de un bebé y detrás escribió: “tu nieto”. La metió en el sobre con la dirección que aparecía en el listín telefónico, lo cerró y le puso el sello. Bien, ya he acabado con Muñoz, ahora a por … Navarro… 91358…

Papeete

Varios, RelatosNovember 7, 2007 11:44 pm

A veces voy en el tren por las mañanas, aun de noche, cuando hace frío y el aliento se vuelve humo y resplandece al salir de la boca. Estoy agotada, no sólo por el descanso interrumpido, sino por el sueño que busca un final al margen de la lógica de la consciencia. Cuando el tren para en la estación iluminado por dentro, como una pecera en donde los peces se apoyan en las ventanillas o leen con los ojos entrecerrados, subo y busco un asiento cómodo, lejos de la gente para no desconcentrarme de mis pensamientos. El calor del tren relaja los músculos facilitando el sueño y el ronroneo y bamboleo se encargan de adormecerme durante el viaje. Poco a poco cierro los ojos, mientras lo que estaba soñando vuelve a mi mente siguiendo caminos imposibles. De repente me siento irracionalmente asustada. Sin darme cuenta he dejado el mundo real, adentrándome en otro que no conozco y me desconcierta. Dentro de mí sé que el tren ya nunca va a detenerse y yo estoy atrapada en él. Además veo que está lleno de peces que no saben que están en una pecera de donde no pueden salir. Con los ojos cerrados miro a todas partes, tratando de imaginar donde estoy, pero no estoy, sólo existe un tren que me lleva a no sé donde y al que no puedo controlar. Pese a que en ese momento estoy aterrorizada, presa de un ataque de histeria que disimulo quedándome totalmente quieta, lo que más me asusta viene tras un segundo de relajación y aceptación, cuando me doy cuenta de que en realidad deseo que eso sea así. Deseo pasarme el resto de la eternidad calentita dentro del tren, durmiendo y soñando, al margen de estudios y despertadores. Y aunque suspiro aliviada cuando oigo los pitiditos de las puertas en la siguiente parada, me duele volver a la realidad, sobretodo cuando me arranco del asiento para bajarme en el último segundo en mi parada. Lo peor es que sé que al día siguiente me pasará lo mismo y al siguiente, y al siguiente, para siempre.

bichitis

Relatos, ETSIIOctober 24, 2007 11:19 am

Cada curso parece especial, no dudes que éste también lo es. Tú lo sabes.
Puede que sea tu primer año y estés un poco perdido, puede que sea el último y lo estés demasiado. Puede que por fin hayas conseguido adaptar el ritmo de la escuela al tuyo propio. Puede que la escuela ya no te mueva, tú la muevas a ella.
Pero espero que no sea todo, habría que hacerlo todavía más especial. ¿Quién soy yo para darte consejos? Nadie, sólo un compañero que hoy es consciente de que los veinte años no los volveremos a tener nunca y hay que aprovecharlos para arriesgar, vivir, amar, aprender… Si pasamos demasiadas horas en la escuela deberíamos conseguir que fueran especiales. Invita a la morena de segunda fila a un café, pídele al de atrás que juegue contigo al fútbol, sonríe a algún desconocido que esté tan aburrido como tú en clase, sal al pasillo en los descansos y baila unos minutos, cuenta ese chiste malo, siéntate en la piscina aunque te congeles, tómate una cerveza después de clase..
Y coge un boli. Escribe tus ideas, pensamientos, críticas, historias, relatos, sueños… Lo que pasa por tu cabeza, que pasa ahora y que nunca será igual. Mándalo a nuestro correo, que aquí te lo publicaremos. O pásate por nuestro cuarto y empieza a formar parte de awa. Ya lo sé, estás muy liado y no tienes tiempo. Pero, ¿qué me vas a decir a mí? Estuve sentado a tu izquierda en resis y coincidimos en la revisión de calor. Sé lo que es la escuela y sé que es compatible con la revista.
Sólo pretendo compartir contigo awa, a mí me hace más especial el curso y me gustaría que a ti también.
Tenemos un blog. Aunque no ha tenido mucha vida últimamente, queremos que eso cambie. Antes que en ningún banco podrás leer nuestros contenidos. Con tus comentarios puedes ayudarnos a conseguir una revista mejor.
Ya no te molesto más. Espero que hagas lo que hagas el curso 2007-2008 sea especial para ti.
Me marcho, me espera una rubia en la cafetería.
Ya nos vemos.

Vértigo

RelatosJuly 9, 2007 2:09 pm

Cierro los ojos y te veo. Los abro y te vuelvo a ver. Miro al infinito y no te encuentro. Estás aquí pero no estás allí. Si estuvieras allí, querría que estuvieras aquí. Me confundo y te confundo. Me necesitas cuando no te necesito. Te necesito cuando no me necesitas. Miro al infinito…
El círculo se cierra y no sé si estoy dentro o fuera. Y no sé dónde estás tú. Avanzo y retrocedo. Siempre estoy en el mismo punto. Es fácil encontrarme. Sólo hay que querer.
Cierro los ojos y ya no te veo. Los abro y sigo sin verte. Miro al infinito y tampoco te encuentro. Te has marchado. Estoy dentro del círculo y tú estás fuera. Avanzo y retrocedo, pero no consigo salir. Avanzas y retrocedes, pero no consigues entrar. No quiero encontrarte, no quieres encontrarme.
Miro al infinito y no te busco. No te necesito, no me necesitas. Me siento en el suelo y construyo un mundo sin ti. Pienso, desvarío, reflexiono y sonrío. Me gusta el punto en el que estoy. Me levanto y observo a mi alrededor. Grito y nadie me escucha. Susurro y me entiendes.
Miro al infinito y me cruzo con tu mirada. Abro y cierro los ojos y te siento. Desaparece el círculo y encontramos nuestro infinito común.

Certidumbre

Relatos, Revistas publicadasMay 10, 2007 7:51 am

Dicen que soy ciego. No porque no pueda ver, de visión no puedo quejarme; incluso podría considerarme guapo. Me llaman ciego porque nunca he estado en la cama con una mujer, hasta el final, claro. Chicas suelo conocer todas las noches, forma parte del juego de ser atractivo. Con una copa o dos y promesas de placer sin límites suben a casa, se sientan y, tras cinco minutos de conversación inútil, su secreto se abre ante mí como diciendo ¿a qué coño esperas? ¡Cómetelo, cabronazo! Entonces me pongo tenso, excitado, y pienso en si por fin veré las lucecitas que me quiten la ceguera mientras grito un gran jooooder aspirando el aroma de su cuello. Después me pongo algo menos tenso y algo menos excitado, y pienso en si me dolerá más el meterla o el que no pueda hacerlo, si seré una bestia incontrolable como todos esos actores o más bien un triste aprendiz que no aguante ni cuatro o cinco embestidas. Me vengo abajo, siempre, sin remedio y, con excusas de esto no me había pasado nunca, la chica se marcha a por un taxi, insatisfecha. Ya está bien, me digo, ¿quién cojones necesita a las mujeres? Yo no, me basto y me sobro cuando descubro mi soledad; entonces siempre termino, satisfecho. Ahora sonrío, radiante. Imaginaos lo que ha estado haciéndome la otra mano mientras se escribían estas notas, porque yo acabo de salpicar todo el folio.

Extracto de Confesiones de una polla anónima.