¿Brindas por mi muerte
Con el valiente aguardiente
De la derrota?
Pues brinda por ello,
Querido hijo de puta,
Aunque permite, que yo,
Vaya a por otra copa.
Por: El Exiliado del Mitreo
¿Brindas por mi muerte
Con el valiente aguardiente
De la derrota?
Pues brinda por ello,
Querido hijo de puta,
Aunque permite, que yo,
Vaya a por otra copa.
Por: El Exiliado del Mitreo
A los lémures y demás insomnes.
Vivo de Madrugada,
Cuando la línea delgada
Entre el sueño y la vigilia se torna difusa,
Y cuando como por ciencia infusa,
Las embrolladas madejas de la mente
Parecen ordenarse de repente.
Es la hora del ferviente
Buscador del soplo de la musa,
En el beso ardiente
De los licores de alma oclusa.
¡Cri-cri! Cantan los grillos
Mientras la ciudad duerme,
¡Cri-cri! Resuenan sus monocordes estribillos
Por las calles de la ciudad inerme.
¡No! La ciudad no descansa de veras
Mientras yo permanezca en vela,
Mientras mantenga abierta la cancela
De mis ojos, sobre los que se acumulan las ojeras.
Sé tú, Luna,
El callado testigo
De mi errática fortuna.
Ensuélveme en ese abrigo
De destellos de plata pura
Que dan un alma a la superficie dura
Del hormigón y el asfalto.
Luna, déjame vivir falto
De descanso, pero no de sueños,
Permite que vean la gloria todos mis empeños.
Y cuando llega Aurora,
Esa de rosados dedos
Que cantaron los antiguos aedos,
Comprendo que ha llegado la hora
De dormir.
Despunta ya el alba,
Inundando el cielo de reflejos malva.
¡Qué hermoso es el día
Tras una noche en blanco!
Por: El Exiliado del Mitreo

La verdad es que ya no recuerdo qué fue aquello que dijiste que me hinchó tanto las pelotas. Tal vez fuese una tontería o tal vez fuese algo que callaste, por hacerme eso que te gustaba tanto de recordármelo después, al menor error, con segundos y minutos, horas y días y una sonrisa de estúpida satisfacción. Hace años que no pienso en ti, pero me gustaba acordarme de lo que dijiste (o no dijiste), tal vez para saber cómo eras realmente, para reírme a gusto a tu costa o para levantar la copa con gesto nostálgico en señal de por aquellos tiempos, que no volverán. Y me jode haberme olvidado porque ya no podré contar aquellas anécdotas con las que el personal me daba la razón o porque tal vez ya solo me queden tus buenos recuerdos, cosa que tampoco es justa. Espero que, si algún día lees esto, que lo dudo, lo imprimas
y con un imán lo pegues
a tu nevera
y que se te corte la leche
y te la bebas
y por fin sepas
a qué coño sabe
lo que dices
y lo que callas.
Le Bon Vivant

Si aún hoy es duro ser mujer en países como España, en lugares como Afganistán, nacer mujer es una autentica maldición. En “El librero de Kabul”, aprendí de Âsne Seierstad, que contrariamente a lo que se piensa, el burka no es una prenda tradicional afgana, si no que fue ideado a principios del siglo XX por un rey, para ocultar a las 200 mujeres de su harén de las miradas de deseo, de aquellos hombres que pudiesen adentrarse en sus dominios privados. Esto es algo que no deja de ser más que una obvia prueba, de que no siempre se innova para mejor.
Dicen que el objetivo de las sociedades es hacer feliz a los individuos que las conforman. Si es así, entonces la sociedad afgana hace mucho que extravió el camino, al menos, en lo que concierne a la mitad de sus individuos. Y sin embargo, pese a todo, la mujer afgana no renuncia a su libertad, y la expresa por las dos formas que puede, no reñida la segunda con la primera, pero esta primera reñida con cualquier otra. La primera, ya lo habréis imaginado, es el suicidio. Tomar tu propia vida, el acto de suprema libertad. No hay nada más magnífico que decidir sobre tu propia muerte. Es el grito último de rebelión de estas rosas nacidas en un erial, marchitadas nada más abrirse por el abrasador sol de una opresiva sociedad patriarcal, anclada en el más feroz tribalismo medieval. A la mierda el padre, los hermanos y el marido, e incluso la madre, que permite que hagan a su hija lo que antes hicieron con ella.
“Tengo en la mano una flor que se marchita,
no sé a quién dársela en esta tierra extraña.”
A través de versos como estos vive la segunda forma. Los Landys son composiciones cortas, de solo dos versos de nueve y trece sílabas, pero de marcada musicalidad interna. Son como un relámpago en las tinieblas que inflama el aire con violencia, para al instante desaparecer sin dejar el menor rastro de su fugaz vida, solo la impresión perturbadora de que algo ha ocurrido.
“Dios, úneme a él aunque sea un solo instante,
como un fugaz relámpago en los oscuros brazos de las nubes.”
Son como arrebatos de furia, voces de rabia, de revuelta hacia la vida que les hacen vivir. Cantados durante la fatigosa caminata al pozo, durante la soledad de las jornadas de trabajo de esclavas interminables y por supuesto durante las celebraciones en que las mujeres departen, cantan y bailan, separadas de sus amos.
Pues sus amos son, porque para algo las han comprado, y a ellas les resultan cuanto menos indiferentes, si no peor…
“¡Oh, Dios mío! Me envías de nuevo la noche oscura,
y de nuevo tiemblo de la cabeza a los pies, pues debo entrar en el lecho que odio.”
Improvisados por poetisas anónimas, pasan de boca en boca, de generación en generación de siervas, pulidos por el paso del tiempo, hablando de amor, de honor y de muerte
“En secreto ardo, en secreto lloro,
soy la mujer pastún que no puede desvelar su amor.”
De amor… El amor está vedado en la sociedad pastún y normalmente se salda con el asesinato cruel de los amantes,
“Dame la mano, amor mío, y partamos a los campos
para amarnos o caer juntos bajo las cuchilladas.”
O al menos, de uno de ellos (Adivinad cual).
“¡Amo! ¡amo!, no lo oculto. No lo niego,
aunque por ello me arranquen con el cuchillo todos mis lunares”
Por eso ella, que es la que más riego corre, lo zahiere, lo impulsa a tomar riesgos, se burla de su cobardía, hace uso implacable del control que ejerce sobre su amante, porque aquí quien manda es ella…
“Si buscas el calor de mis brazos, debes arriesgar la vida,
pero si estimas tu cabeza, abraza el polvo en vez del amor.”
En una sociedad eminentemente tribal como la pastún, que ha vivido los últimos treinta años en una guerra constante, ellas entran al juego pueril de los hombres, escogiendo sus amantes entre los valientes,
“Vuelve acribillado por las balas de un tenebroso fusil, amor,
yo coseré tus heridas y te daré mi boca.”
Los landys finjan un instante de emoción efímero como un suspiro, intensos como una puñalada, invitan a abrazar la vida,
“Tómame primero entre tus brazos y estréchame,
solamente después podrás anudarte a mis muslos de terciopelo.”
a desposarse con el momento,
“¡Que el almuédano lance su llamada a la oración del alba,
no me levantaré mientras no quiera mi amante!”
Sorprendiéndonos por su sensualidad, a veces imaginativamente sugerida,
“Anoche estaba junto a mi amante, ¡Oh velada de amor que nunca volverá!
Como un cascabel, con todas mis joyas, estuve tintineando es sus brazos hasta bien entrada la noche.”
Otras veces, expresada de forma mucho más explicita.
“Con gusto te daría mi boca,
pero, ¿Por qué mover mi cántaro? Ya estoy toda mojada.”
Este es el canto de las mujeres afganas, que con el cuerpo molido permanecen en pie, de las que me era imposible no hablar, pues son la prueba que hasta en una celda oscura germina la humanidad.
“Pon tu boca en la mía,
pero déjame la lengua libre para que hable de amor.”
De amor, y libertad…
Por: El Exiliado del Mitreo
Para Maxús
Las ligeras cortinas sedosas
mecidas por la brisa marina,
impúdicas, se agitan, y ociosas
a la agónica luz ambarina
de mil atardeceres iguales.
El sombrío diván de estriado
cuero, acoge sueños inmortales,
sin tiempo, fin, ni significado.
Los ojos, velados por la niebla,
sin ver miran, como estupefactos,
en los muros, los gloriosos actos,
de héroes envueltos por la tiniebla
del tiempo y del olvido absoluto.
No habrá más lágrimas, no más luto,
tan solo un atardecer eterno,
de eternos sueños opalescentes,
libre de las penas del infierno
y también de las tediosas fuentes
del cielo, demasiado límpidas
para el que ha vagado por perdidas
sendas, hoyadas por esos pocos,
quizá suficientemente locos,
para cerrar los ojos y soñar.
Plegaria:
Pido a los dioses que de este sueño
Del loto nunca vuelva a despertar,
Y mi mente vague así sin dueño
Por toda la eternidad.
Por: El Exiliado del Mitreo
(De un mendigo que a veces me cruzo camino de la escuela)
Con tu voz ronca de apocalíptico
Profeta, tu rencor al mundo ladras,
Negras tus barbas como tus palabras.
Di porqué, brutal estilita loco,
Ruges desde el banco donde has dormido:
“¡Me cago en mi sol, me cago en mi suerte!”
Bebe el vino amargo como la muerte,
Amarga el vino como lo vivido.
Sacia con él la sed de tu garganta
Destructiva. Ni mires, a ese necio
Ciudadano que tu cólera espanta.
Solamente busca huir de este modo,
Pues para él, eres un sutil anuncio:
“No olvides que no somos más que lodo”
por “El Exiliado del Mitreo”
Homenaje a Carlos Salem y libre adaptación de uno de sus poemas, Dale un cabezazo. Con todo mi amor para todos aquellos seres cabeceables con los que me he topado durante estos cuatro años.
Al que sube trepando en cabezas ajenas
Al que revisa las actas y recuerda tus penas
A ese mamón que nunca te deja las tareas…
Dale un cabezazo
Al que te saluda preguntándote cómo se resuelve un problema
Al que te alquila sus apuntes a precio de oro
Al que te anuncia el suspenso con una sonrisa en los morros…
Dale un cabezazo
Al que reserva cinco sitios para sus tres amigos
Al que rechaza una cerveza por ver si salió fluidos
Al que se pasa todo el puto día imprimiendo…
Dale un cabezazo
Al que te calcula el futuro en decimales
Al que le encantan las ecuaciones diferenciales
Al que te toca los huevos sin fines sexuales…
Dale un cabezazo
odíaC_le, Ígneo