
Si aún hoy es duro ser mujer en países como España, en lugares como Afganistán, nacer mujer es una autentica maldición. En “El librero de Kabul”, aprendí de Âsne Seierstad, que contrariamente a lo que se piensa, el burka no es una prenda tradicional afgana, si no que fue ideado a principios del siglo XX por un rey, para ocultar a las 200 mujeres de su harén de las miradas de deseo, de aquellos hombres que pudiesen adentrarse en sus dominios privados. Esto es algo que no deja de ser más que una obvia prueba, de que no siempre se innova para mejor.
Dicen que el objetivo de las sociedades es hacer feliz a los individuos que las conforman. Si es así, entonces la sociedad afgana hace mucho que extravió el camino, al menos, en lo que concierne a la mitad de sus individuos. Y sin embargo, pese a todo, la mujer afgana no renuncia a su libertad, y la expresa por las dos formas que puede, no reñida la segunda con la primera, pero esta primera reñida con cualquier otra. La primera, ya lo habréis imaginado, es el suicidio. Tomar tu propia vida, el acto de suprema libertad. No hay nada más magnífico que decidir sobre tu propia muerte. Es el grito último de rebelión de estas rosas nacidas en un erial, marchitadas nada más abrirse por el abrasador sol de una opresiva sociedad patriarcal, anclada en el más feroz tribalismo medieval. A la mierda el padre, los hermanos y el marido, e incluso la madre, que permite que hagan a su hija lo que antes hicieron con ella.
“Tengo en la mano una flor que se marchita,
no sé a quién dársela en esta tierra extraña.”
A través de versos como estos vive la segunda forma. Los Landys son composiciones cortas, de solo dos versos de nueve y trece sílabas, pero de marcada musicalidad interna. Son como un relámpago en las tinieblas que inflama el aire con violencia, para al instante desaparecer sin dejar el menor rastro de su fugaz vida, solo la impresión perturbadora de que algo ha ocurrido.
“Dios, úneme a él aunque sea un solo instante,
como un fugaz relámpago en los oscuros brazos de las nubes.”
Son como arrebatos de furia, voces de rabia, de revuelta hacia la vida que les hacen vivir. Cantados durante la fatigosa caminata al pozo, durante la soledad de las jornadas de trabajo de esclavas interminables y por supuesto durante las celebraciones en que las mujeres departen, cantan y bailan, separadas de sus amos.
Pues sus amos son, porque para algo las han comprado, y a ellas les resultan cuanto menos indiferentes, si no peor…
“¡Oh, Dios mío! Me envías de nuevo la noche oscura,
y de nuevo tiemblo de la cabeza a los pies, pues debo entrar en el lecho que odio.”
Improvisados por poetisas anónimas, pasan de boca en boca, de generación en generación de siervas, pulidos por el paso del tiempo, hablando de amor, de honor y de muerte
“En secreto ardo, en secreto lloro,
soy la mujer pastún que no puede desvelar su amor.”
De amor… El amor está vedado en la sociedad pastún y normalmente se salda con el asesinato cruel de los amantes,
“Dame la mano, amor mío, y partamos a los campos
para amarnos o caer juntos bajo las cuchilladas.”
O al menos, de uno de ellos (Adivinad cual).
“¡Amo! ¡amo!, no lo oculto. No lo niego,
aunque por ello me arranquen con el cuchillo todos mis lunares”
Por eso ella, que es la que más riego corre, lo zahiere, lo impulsa a tomar riesgos, se burla de su cobardía, hace uso implacable del control que ejerce sobre su amante, porque aquí quien manda es ella…
“Si buscas el calor de mis brazos, debes arriesgar la vida,
pero si estimas tu cabeza, abraza el polvo en vez del amor.”
En una sociedad eminentemente tribal como la pastún, que ha vivido los últimos treinta años en una guerra constante, ellas entran al juego pueril de los hombres, escogiendo sus amantes entre los valientes,
“Vuelve acribillado por las balas de un tenebroso fusil, amor,
yo coseré tus heridas y te daré mi boca.”
Los landys finjan un instante de emoción efímero como un suspiro, intensos como una puñalada, invitan a abrazar la vida,
“Tómame primero entre tus brazos y estréchame,
solamente después podrás anudarte a mis muslos de terciopelo.”
a desposarse con el momento,
“¡Que el almuédano lance su llamada a la oración del alba,
no me levantaré mientras no quiera mi amante!”
Sorprendiéndonos por su sensualidad, a veces imaginativamente sugerida,
“Anoche estaba junto a mi amante, ¡Oh velada de amor que nunca volverá!
Como un cascabel, con todas mis joyas, estuve tintineando es sus brazos hasta bien entrada la noche.”
Otras veces, expresada de forma mucho más explicita.
“Con gusto te daría mi boca,
pero, ¿Por qué mover mi cántaro? Ya estoy toda mojada.”
Este es el canto de las mujeres afganas, que con el cuerpo molido permanecen en pie, de las que me era imposible no hablar, pues son la prueba que hasta en una celda oscura germina la humanidad.
“Pon tu boca en la mía,
pero déjame la lengua libre para que hable de amor.”
De amor, y libertad…
Por: El Exiliado del Mitreo

