La moto, la bruja y las croquetas
Iba yo en mi moto y, de repente, ya no iba en ella. Os lo juro, por mucho que os pueda parecer que la ingravidez es algo acojonante, a mí el hecho de volar durante medio minuto en dirección a la única mierda de perro de toda la calle me pareció de todo menos memorable. El caso es que gracias al susodicho zurullo, que habría plantado algún chucho con una cagalera digna de un caballo, mi cara no acabó con quemaduras de tercer grado, aunque sí con cierta cantidad de material en descomposición.
El caso es que, tras el aterrizaje, la chica que generó mi momentánea habilidad voladora vino a auxiliarme… Pero en vez de eso llegó, me vió la cara y se giró a vomitar un desayuno compuesto de Special K y zumo de papaya. Tras 5 largos minutos de excreción bucal, su deshidratación era tan elevada que fui yo el que la tuvo que acompañar al hospital… O eso hubiera hecho si mis piernas no hubieran decidido declararse en huelga indefinida y mi cabeza hubiera decidido respaldarlas en todas sus reivindicaciones. El caso es que, al final, acabamos en casa de una viejecilla sorprendentemente arrugada, manifiestamente loca e increiblemente guarra que tuvo a bien en recogernos. Mi primera reacción al verla (recordad que mi cabeza aún estaba lanzando piedras en alguna barricada) fue la de decir: ¡Es una bruja! ¡Es una bruja! Lo que provocó que mi accidentada acompañante levantara la cabeza y nos mostrara una vez más por qué, en mi recuerdo, aquella tarde de verano tenía tintes “halloweenescos”. Medio minuto más tarde, yo estaba persiguiendo a “la bruja” con el objetivo de ver si pesaba más o menos que un ganso (ref. Los Caballeros de la Mesa Cuadrada), mientras “la endemoniada” hacía gala de una inusitada valentía, al levantarse en estado de trance y tratar de ayudarme a capturar a la furcia de satanás que nos había atrapado. Tras un forcejeo marcado por dos hitos de carácter histórico: “El mordisco de los 100 años” y “La patada de Potsdam”, por fin nos hicimos con el control de la situación… Al menos yo me hice con él, porque mi acompañante, en su más que lamentable estado, decidió que el ser arrugado y maloliente que había en el suelo debía ser erradicado de la faz de la Tierra, y a ese menester se dedicó cuando mi conciencia decidió, una vez más, que el 4º punto del convenio entre yo (como ente) y mis piernas era totalmente inaceptable, volviendo al paro general. Cuando recobré la consciencia, ya estaba yo sentado en esa cama hospitalaria (que, por cierto, vaya sábanas más suaves que tenía) y me tocaba contarle esta misma historia al médico, a la enfermera y al chimpancé que tenía de compa de habitación (que, por cierto, vaya mal aliento que tenía).
Ahora me tienen a la espera de juicio, porque la chica con problemas gastrointestinales, por lo visto, terminó haciendo croquetas con la bruja (y no me refiero en su compañía, si no literalmente) y me acusan de ser co-responsable de semejante tropelía culinaria… Por favor, ¡si ni siquiera me gustan las croquetas!
Fdo: El hombre más asqueroso del mundo.

