La responsabilidad de los futuros ingenieros para luchar contra el cambio climático no es nada despreciable…
En estos tiempos de anuncios de catástrofes futuras, en las que apenas creemos, pues vemos todavía remotas, debemos realizar un ejercicio de reflexión sobre nuestra responsabilidad. Es verdad que algunos están hartos de oír hablar del efecto invernadero, del cambio climático y de la destrucción del planeta. Sin embargo, también es verdad que se trata de un tema que no debe acabar en el baúl de los recuerdos y por tanto siempre se ha de tener presente. Sólo podríamos dejar el asunto cuando éste estuviese resuelto y aún estamos muy lejos de conseguirlo. La responsabilidad a la que me refiero no es sólo la que incumbe a cada ciudadano, sino aquella que especialmente nos afecta a nosotros, posibles futuros ingenieros del sector de la industria. Es cierto que el papel de cada uno de nosotros parece insignificante en la construcción de una industria futura, pero si pensamos como colectivo, no es nada despreciable.
Respeto y austeridad.
El respeto se basa en no anteponer nuestros intereses económicos ante los intereses ecológicos de todos, porque nos estaríamos hipotecando a largo plazo y estaríamos afectando a algún vecino, que poco o nada tiene que ver con nuestras actividades, que destrozan la tierra a la que él también tiene derecho. Pagar por contaminar no tiene sentido, no exime de la culpa: seguro que a nadie le gusta que alguien defeque en el felpudo de su portal aunque pague por ello (además éste no deja de ser un guarro un tanto excéntrico).
La austeridad va de la mano del desarrollo. Está claro que no deseamos volver a las cavernas ni detener nuestro desarrollo pues el humano es un ser que siempre desea ir a más. Sin embargo, más allá de las reflexiones filosóficas sobre lo que es estrictamente necesario, tenemos que pensar que lo mejor no es siempre lo más impresionante, lo más potente o lo que permite a primera vista ir más lejos en nuestro desarrollo. Lo más desafiante debería ser un desarrollo duradero en sí mismo. Es posible vivir feliz y cómodamente con menos de lo que podemos alcanzar. Si a la voluntad inmediata de “poseer” anteponemos la voluntad general y a largo plazo de “sobrevivir”, entenderíamos mejor el término de austeridad. Hemos de pensar de qué podemos prescindir si queremos que tanto los humanos de ahora como las generaciones futuras puedan disponer del desarrollo que el primer mundo ha alcanzado y de una Tierra sana.
La ambición humana de crear sin límites ha de acoplarse a nuestro entorno y a la realidad de un planeta que puede decir “basta”, a la realidad de una especie que debería optar a lo mismo en todas partes y en todos los tiempos. Subordinando nuestro desarrollo a estos principios, junto con el de solidaridad con el presente y el futuro, podríamos dejar de hablar del cambio climático sin sentirnos culpables.
¡farero!

