Una mañana más te levantas adormilado y taciturno, aún con el dulce recuerdo de aquel difuso sueño que tan vagamente te ha acompañado durante la noche y que no hace más que acentuar el inmenso vacío que sientes diariamente.
Hace ya tiempo que te has dado cuenta de que todas tus acciones son mecánicas; la manera en la que te preparas el desayuno, la tristeza con la que miras el enorme hueco que domina tu cama de matrimonio, la velocidad a la que pasas las páginas, el compás al que respiras…
…Hasta el lacónico ritmo al que late tu corazón.
Si fuese necesario serías capaz de cronometrar todas y cada una de las acciones que rigen tu vida y no tardarías en darte cuenta de que, salvo contadas excepciones, el tiempo que le dedicas a cada una de ellas es prácticamente el mismo; apenas 18 segundos de variación de un día a otro.
Preparar los informes, recoger los trajes de la tintorería, bajar a comer a la cafetería de siempre, saludar tímidamente a la camarera que tan risueñamente te sonríe cada mañana…Todo forma parte de ese frío mecanismo vital al que te has acostumbrado y que parece imposibilitarte a tomar las tiendas de tu vida.
De todo ello lo que más dolor te produce es el verte incapacitado de esta manera, el no saber cómo tirar del hilo para ser capaz de salir de semejante espiral que se está volviendo autodestructiva .
El único momento del día en el que tu verdadero yo parece querer volver a la vida es aquel en el que tus instintos más íntimos y personales recuperan la pureza de sentimientos largamente olvidados y añorados.
Gemidos de placer y suspiros entrecortados se terminan confundiendo con un leve llanto, un profundo y consistente penar que no hace más que recordarte que sigues igual de solo que antes de servirte de fieles recuerdos.
Te limpias con un pañuelo, inspiras profundamente y decides ponerle fin al rígido mecanismo en el que se ha convertido tu vida porque, ¿hace cuanto que no vives de verdad?
Al lado de tu casa hay un parque recogido en el que apenas hay gente a partir de la hora de cenar, a lo sumo un par de parejas enamoradas dando gracias a Dios por haber consentido que sus vidas se cruzasen en el momento oportuno.
Con todas tus esperanzas y ganas por cambiar tu mundo recogidas en un hatillo, te embarcas en la búsqueda de tu nuevo yo.
Llevas largo tiempo tumbado boca arriba. Una leve brisa, tibia, te acaricia y te arropa tímidamente, proporcionándote en parte ese calor humano que tan desesperadamente buscas. El parque apenas tiene iluminación y eso te permite ver las estrellas de manera realmente nítida.
De repente un leve chasquido te informa de que los aspersores comienzan su jornada nocturna. Poco después de levantarte para no mojarte chocas bruscamente contra alguien y caes al suelo.
Ese alguien te ayuda a incorporarte. Ves como una dulce chica de pelo encrespado intenta recuperarse del impacto. Te mira fijamente, y quedas impresionado ante la intensidad y frescura de su mirada, una mirada que te susurra al oído que, antes de que los aspersores comenzaran a funcionar, ella también se preguntaba si habría más gente en el mundo que se hubiese percatado de que la suma de todas las acciones de su vida cotidiana diferían entre sí tan sólo 18 segundos…
La Blasa
