A Gago,
Hace años que se prohibió escribir sobre el amor, la sensualidad, allá en una época en la que sucumbió a la rendición, la más fuerte de todas, cuando la edad te dice basta, tu cuerpo no puede más, tu corazón no aguantará. En vez de servir como analgésico, la pluma le recordaba experiencias pasadas, las avivaba, abría heridas resecas al sol pero purulentas, heridas que nunca cerraron. Eran otros años, en los que se regalaban mechones de pelo y fulares perfumados a cambio de cartas también perfumadas, leídas y releídas veinte veces. Uno podía tener percances con criadas en los establos de las casas o visitar el Olimpo una vez por semana pero el cortejo de los parques con una muchacha asida al brazo era uno de los mayores placeres para el corazón. Era un sentimental, lo sabía y no se avergonzaba de aparecer años después a la puerta de la iglesia para observar a las mozas o, según la edad, a las mujeres solteras y a las viudas. Viejo verde, le decían. Asqueroso. Menos mal que no sabían que había vuelto a escribir poesías pues quedaban guardadas en el escritorio bajo llave y como siempre, discreto en esos temas, solo se enteraba la interesada que recibía cartas, ya no tan perfumadas pues esas cosas pasan de moda. Se sentía joven de nuevo, sentía que había frenado el tiempo gracias a esas palabras, que no marchitan como las flores, solo hace falta que sean sinceras y las suyas siempre lo fueron así también sus miradas, abrazos y besos más castos, a todas las edades, incluso los últimos, cuando le iban avisando cuidado viejo, ten cuidado, pero él prefirió insistir hasta el final dejando a una viuda enviudando por segunda vez mientras él se iba junto con sus palabras secretas, encerradas bajo llave.
FlorentinoAriza
