Relatos, Publicaciones, Revistas publicadasMarch 9, 2009 10:05 pm

Se encontraba sentado en el despacho, contemplando el ir y venir de las bolas de acero colgadas. El ruido del choque siempre le había resultado placentero pero ahora no. Sin embargo, no podía detenerlas pues tenía la impresión de que el tiempo se pararía en ese momento de desasosiego. Una extraña palpitación se apoderó de su interior. No podía dejar de pensar: en todo y en nada, como si hubiese un muro en su cerebro que detuviese el procesamiento de los pensamientos recién creados. Sus ojos no paraban de mirar a ninguna parte.

Descuelga el teléfono, marca número y espera tono. Responde una voz; no es él. Cuelga. Le dijo que a las doce le llamaría y no lo ha hecho. Ya es la una; algo ha debido de salir mal. Ahora le rastrearán, darán con él y todo se irá a la mierda. ¿Y si la anterior voz era la suya? Ahora que lo piensa, tampoco ha tardado mucho en colgar. ¿Entonces por qué no le ha llamado? A lo mejor no ha completado la misión y no le ha dado tiempo a volver. Vuelve a descolgar y a llamar al mismo teléfono. Una voz más familiar le responde “calle Buenavista 8, 3ºC, dentro de media hora” sin darle tiempo a replicar.

Dejó el teléfono descolgado para evitar que sonase en su ausencia y se fue a pie del piso franco para evitar los controles del tranvía o del autobús. Escondió el revólver en el pantalón y la pastilla de cianuro en el bolsillo de la chaqueta, como siempre. El camino se le hacía infernal y no paraba de sudar a la vez que le daba la impresión de que no avanzaba y de que no llegaría nunca. Estuvo barajando la posibilidad de que fuese una emboscada pero tenía que saber si su compañero estaba vivo, muerto o capturado.

Sube las escaleras poco a poco intentando captar cualquier sonido. 3ºC: la puerta está entreabierta, la empuja y lo ve en el suelo, boca abajo. Mira a todas partes. No hay nadie más. El cuerpo yace sin sangre alrededor y empuña un revólver, con el cañón abierto, sin balas. Pálido, se acerca a él, se arrodilla, coge aire y solo se atreve a introducir la mano en el bolsillo, vacío, de su chaqueta. Encima de la mesa, un teléfono descolgado, unas bolas de acero.

farero

Relatos, Publicaciones, Revistas publicadas 10:04 pm

Una playa larga, como una alfombra, a la derecha el mar que rompe suavemente, las dunas a la izquierda y a diez metros de la orilla, un piano de cola que suena sin necesidad de pianista: es lo que Lucía recuerda de aquel momento. La melodía del piano es tan agradable que estremece las cuerdas de su corazón y provoca en su cabeza un tintineo de ensueño.

Ahora siente la arena húmeda bajo sus pies y la brisa en sus cabellos. Sonríe y corre debido a un impulso inexplicable. Está desnuda. Un punto negro en el horizonte va tomando forma de piano de cola. En cuanto llega a él, se tropieza con algo en el suelo. Es el pianista pues lleva pajarita, pero solamente una pajarita. No tengas miedo Lucía, el piano toca solo, mientras, yo descanso. En efecto, sonaba aquella melodía que surgía del piano en forma de bellos pájaros, hacia el cielo, hacia las nubes. Descansa, Lucía.

Lucía despierta entre sábanas y arena con el canto de las aves. Mientras, el pianista esconde la pajarita en sus calzoncillos. Despierta, Lucía, despierta.

farero