Una fría tormenta de nieve asolaba el último reducto de hombres valientes.

Solos, aislados, cansados, cogelados. Muchos de ellos heridos por largas luchas a espada, golpes o flechas, y otros tantos a los que les faltaba solo la última estocada en su debilitada alma para sucumbir ante lo que tenían delante, para minarla definitavemente.

Ríos de lágrimas cubrían el suelo de la cabaña de “los valientes”. Poco más de veinte hombres que cada día luchaban para evitar tener que arrodillarse ante el poder del terrible ejército que asolaba su pueblo.

Cada noche, los fieros y temibles soldados soltaban su furia y su dolor en pequeñas gotas cristalinas que provenían de las almas más puras que jamás había visto, y digo visto porque podía verla a través de sus ojos, tenían ese brillo, el brillo…

Cada vez que la luna asomaba, entre la oscuridad más absoluta, volvían a su terrible refugio donde lloraban a los perdidos, y a la extraviada libertad, lloraban a sus sueños rotos y a sus ansias de escapar, a su miedo a cambiar el rumbo y a su miedo a no querer cambiarlo, porque en el fondo, querían estar allí. Miradas inquietas paseaban entre mantas a la espera de los rayos de Sol, que traían de nuevo la guerra a su pueblo.

La suerte estaba echada, lucharían hasta perecer, hasta el último aliento. Porque era lo que habían elegido o al menos era lo que les había tocado. Muchos se arrepentían ahora de querer seguir luchando, pero no se rendirían por sí mismos, no, eso sí que no…

Y quizá parezca cobarde, pero enfrentarse a la más dura prueba, a los guerreros más despiadados hasta vencer o morir luchando, no debe parecerlo. Simplemente dejaban que otros eligieran por ellos, porque su sueño no lo truncarían por sí mismos, alguién debería hacerlo por ellos, si no se levatarían una vez tras otra hasta que la caída fuese definitiva.

Guerra y llantos, triste rutina de valientes guerreros.

La esperanza brillante en el horizonte era lo único que quedaba.

Simarro