Cansado un día, el Artesano supremo, de la absoluta soledad de su eterna existencia, marchó disipando las brumas del tiempo hasta su mesa, donde el barro rosado esperaba el tacto de sus divinas manos.
Con la absoluta parsimonia de quien dispone de eones para hacer su trabajo, se puso a modelar la arcilla primigenia a su imagen y semejanza.
Transcurridas mil vidas en un suspiro, el divino Creador quedó satisfecho de su obra. Entonces, con delicadeza, tomó en sus manos las estatuillas modeladas con premura, dispuesto a insuflarles el soplo de la vida.
Pero cuando ya había llenado sus pulmones de aire para ello, el Señor, en su infinita sapiencia, pensó que debía meditar con más calma las implicaciones de sus actos. Dejó las figuras sobre su escritorio y se puso a caminar meditabundo por los salones del espacio infinito.
Distraídamente, frotó sus manos para quitarse la arcilla reseca que tenía adherida en ellas. Inmerso por completo en sus meditaciones, no se dio cuenta siquiera de que después había esparcido las virutas de sus manos con un soplido, y estas habían vivido.
Así nació la humanidad. El Señor siguió su camino sin reparar en ello.

Por: El Exiliado del Mitreo