Xotlan no sabría decir en aquel momento si las piernas le temblaban por la emoción o por lo fría que estaba la roca labrada que tenía a su espalda. Pero, de lo que no cabía duda alguna, es de que él había sido el ganador indiscutible aquella mañana. De entre todos los jóvenes de la ciudad, él había sido el primero en capturar un ave sagrada, un quetzal. Su mente bullía como un caldero de chocolatl hirviendo, con las imágenes de aquel glorioso día.
Con destreza se había ceñido su maxtlat y había anudado las correas de las sandalias, para que su carrera fuera veloz como el aleteo de un frenético pochtli. Al clarear, cuando el sacerdote y sus acólitos dieron la salida, él corrió como los demás a adentrarse en la selva.
Había brincado por entre las lianas y los troncos caídos, esquivando las ramas bajas y las criaturas venenosas, poniendo en fuga a tapires y a jaguares con su alborozo.
Entonces, oyó la llamada, y majestuoso lo vio pasar, por entre las copas de los árboles, engalanado con sus plumas esmeralda y rubí, tapando tan solo un instante el sol que se infiltraba por entre el follaje.
Con toda su habilidad había trepado al árbol y con mucho sigilo y paciencia infinita había capturado al animal, poniendo especial cuidado en no dañar su delicado plumaje.
Como le temblaban las manos cuando el sacerdote le concedió el honor de arrancar él mismo las largas plumas de la cola del Quetzal, para adornar con ellas la corona del soberano.
Como le había llenado de orgullo, de júbilo, de éxtasis, la bebida sagrada. Un mundo divino se había derramado en su cabeza a la par que vaciaba la el cuenco de jade que el tlamatini, el sacerdote, le había tendido. Xotlan no dejaba de pensar en lo grande que había sido este día y en su cabeza no dejaba de rememorar todas las escenas de la cacería sagrada. Las imágenes se dilataban y deformaban cada vez más, los dioses se le aparecían y se integraban en su ensueño, y él estaba encantado de que los dioses se hubiesen fijado en él y le hubiesen otorgado su favor.
Un acólito le ayudó a tumbarse sobre la gran mesa de piedra labrada. Se había estremecido por el contacto de su piel desnuda la roca fría. Con los ojillos entrecerrados y riéndose por el efecto del peyolt, había observado, curioso y divertido, como el sacerdote sacrificador había hendido su pecho con un cuchillo de obsidiana. Aún se reía cuando el sacerdote extrajo de su pecho el corazón palpitante para levantarlo hacia el cielo. Tenía una amplia sonrisa dibujada en su rostro cuando los sacerdotes destripadores de Xipe Topec, el dios del renacimiento, vaciaron su cuerpo para que el soberano pudiera envolverse con él.
Moctezuma II, emperador de los mexicas, con la piel aún caliente del sacrificado, con la sangre que corría a ríos por su cuerpo, aún estaba inquieto. Los sueños horribles, sueños que no cesaban de repetírsele noche tras noche, y que prácticamente ya no le dejaban dormir. Sueños sobre el advenimiento de Quetzalcoatl y sobre la destrucción de su pueblo. Sin duda muchas cosas iban a cambiar en Tenochtitlan.
Por: El Exiliado del Mitreo

Pobre pájaro, pobres chico, pobre gente… ¡está muy bien escrito, porque lo he encontrado horrible!
Comment by bichitis — February 28, 2009 @ 6:52 pm