Puede ser verdad y puede ser mentira, pero esta es la historia de un hombre que sobrevivió 3 días en el estómago de una ballena.

cachalote

En 1981 el ballenero americano Star of the East surcaba las aguas del Pacífico ecuatorial en busca de cachalotes. Pese a la calma del mar, la vida a bordo era un infierno de interminables guardias bajo un sol abrasador, una férrea disciplina que castigaba cualquier desliz con extrema dureza y una dieta restringida a carne seca y alcohol. Nerviosos, los marineros especulaban con ballenas asesinas capaces de hundir el barco y reducirles a depredadores caníbales, con crueles piratas dispuestos a abordar el barco o con enfermedades y malos vientos atraídos por todo tipo de supersticiones marinas.

Cuando por fin vieron un cachalote, decenas de hombres desesperados salieron en botes dispuestos a dejarse la piel dando caza al monstruo. Entre gritos de júbilo, numerosos arpones atravesaron la dura piel de la ballena dejando el mar rojo con su sangre. Tirones en las cuerdas desgarraban la carne escocida por la sal mientras el animal rugía de dolor. Tras horas de duelo, el cachalote acorralado se decidió a embestir contra los pequeños botes. Fue así como James Bartley, timonel en uno de ellos, perdió el equilibrio y ante los aterrorizados ojos de sus compañeros se precipitó con un grito dentro de la oscura boca de la bestia, que se sumergió inmediatamente en las profundidades del océano.

Al día siguiente encontraron flotando el cuerpo sin vida de un enorme cachalote de casi 100 toneladas. Al punto lo subieron a cubierta y empezaron a mutilarlo y despellejarlo, mientras otros marineros hervían la grasa y la almacenaban como aceite en la bodega. Dos días más tarde ya sólo quedaban la carne y los huesos, que fueron echados por la borda como alimento para los odiados tiburones que rondaban ya al Star of the East.

Se alejaba el cadáver flotando en el mar cuando a un marinero se le ocurrió que quizás ese había sido el cachalote que se había tragado a Bartley. Pese a la reticencia de algunos despellejadores, el capitán dio la orden de ir a recoger los restos para abrirse paso hasta el estómago y vaciar su contenido. Tras llenar la cubierta de enormes y húmedos intestinos por fin llegaron a él y la enorme bolsa vomitó, entre una ingente cantidad de una sustancia negra viscosa de peces a medio digerir, un bulto empapado con forma casi humana.

El cuerpo ensangrentado del timonel James Bartley, con el rostro violáceo y contorsionado por el terror, reapareció en cubierta. Más horrorizados todavía, los marineros descubrieron que aun vivía, pero tardaron más de 5 horas reanimarlo. Cuando por fin lo consiguieron, el marinero gritaba hablando de un fuego que le consumía y se agitaba de tal modo que por la seguridad de todos tuvieron que atarle en su catre.

Efectivamente, el calor que hay en el interior de una ballena es superior al del interior del ser humano. Mucho más tarde, Bartley llegó a contar que antes de perder el conocimiento sentía que sus ojos se convirtieron en “ascuas candentes” en su cabeza, y no podía moverse debido a la presión. Aseguró haber estado perfectamente lúcido hasta ese momento, respirando con dificultad y con la absoluta certeza de morir asfixiado en el silencio de las tripas del cachalote.

Una vez en tierra, y mientras la vida le duró, el desdichado marinero ya no pudo soportar quedarse sólo, negándose rotundamente a mirar al mar.

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