El día no se presentaba demasiado lúcido ni tampoco demasiado oscuro. Era el color gris triste el que predominaba en el cielo, como un reflejo de su alma, el más insulso de los colores, el rechazado por todos, el intermedio, ni blanco ni negro, así empezaba su día, sin buenos augurios.
El frío recorría su cuerpo mientras iba camino de un lugar perdido y alejado del sitio dónde él realmente quería estar. Las gotas de lluvia que habían atravesado su ropa helaban su pecho, sus manos estaban congeladas y sus ojos tristes. Su hablar era cansino, resignado ya, se dejaba llevar por el flujo del tiempo, solo hasta que un nuevo amanecer le trajese nuevas sensaciones y arrastrase los colores tristes.
El negro noche se llevó consigo el gris nublado dejando como únicas luces del camino las farolas de la carretera con dirección a cualquier lugar. Miraba por la ventana y veía las gotas caer, y las farolas pasar, una tras de otra. Entonces la miró, y una chispa saltó en su aturdida mente al verla actuar. Y fue en ese instante, en ese preciso instante cuando se dió cuenta de todo lo que tenía delante, cuando cientos de emociones que parecía que se habían atascado entraron y recorrieron su cuerpo entero, y entonces decidió guardarlas, para poder plasmarlas en papel:
“Mientras la escudriñaba podía intuir lo que ocurría en su interior, podía saber que mentía. Aunque en su cara aparecía una sonrisa, no era más que un mal logrado disfraz de su vacío interior, podía sentirlo, podía notarlo en cada gesto, en cada sonrisa rota que no podía transmitir, que no podía ni intentar imitar lo que un día llegó a ser. Ya no tenía esa alegría pura, etérea, brotando por los cuatro costados, sus ojos mostraban una gran ilusión venida a menos, dopada, insulsa, perdida…
Una tristeza encarcelada y condenada a nunca mostrarse, un sentir que no hacía más que confirmar mis sospechas de que su llama se apagaba. Y lo peor de todo es que no era culpa suya, sino de ese mundo de mentiras que la rodeaba, de toda la falsedad, de la alegría sintética creada a su alrededor, de la falta de un cariño de verdad que nadie le ofrecía…
Aveces me recordaba a uno de esos puntos brillantes del cielo, de esos cuerpos en llamas que transmiten su fuerza y su luz a millones de kilometros de distancia, que nos regalan su calor a sabiendas de que un día, sin ningun remedio posible, estallarán en medio de la nada, del vacío, y solo dejarán un hueco, un agujero que aboserverá todo lo que le den, un agujero de tristeza, de soledad…
Hubo un tiempo, que alejado queda ya, en el que creí que yo había sido llamado para ser el primer hombre en conquistar una estrella, que mi alegría mis ganas y mi cariño la curarían, que mis manos y sus manos encajarían a la perfección como un puzzle de veinte piezas. Creí que sería el héroe que apagaría su corazón en llamas y le devolvería la sonrisa, la risa, la luz a sus ojos, las ganas, la fuerza…”
Ahora ya no creo, quizá el tiempo me ha enseñado a no hacerlo o quizá me ha engañado y vivo inmerso en su mentira.
Quizá entonces quise creer demasiado y ahora me doy cuenta de que nada era lo que parecía.
O a lo mejor es que los años pasan y los sueños de niño al fin y al cabo se quedan solo en eso, en sueños…
Simarro
