1914, el juego de las alianzas precipita a toda Europa hacia una guerra a una escala que rebasaría con creces las más truculentas pesadillas concebidas por la errática imaginación de un demente (aunque tranquilos, el espíritu de superación de la humanidad no conoce límites, como bien quedaría demostrado a penas treinta y tantos años después).

Los pueblos del continente emprendieron el camino al campo de batalla con el júbilo propio de un día de fiesta, alegres de poder vengar con sangre las supuestas ofensas perpetradas por sus vecinos, por ejemplo, desde la época de las guerras napoleónicas, o desde los romanos, porqué no, ya puestos… Y es que al fin y al cabo, para algo se habían estado llenando, desde la escuela, los sesos de los ciudadanos con soflamas patrióticas, como el que ceba el cañón de un arcabuz. En Francia, sin ir más lejos, se educaba a los niños en la idea de que Alsacia y Lorena eran territorios arrancados al corazón de la madre patria, esclavizados y vejados por los traicioneros salvajes teutones, y que, cuando fueran grandes, deberían de estar dispuestos, llegado el momento, a tomar las armas y hasta dar su vida si fuera necesario por recuperarlos.

Sin embargo, la euforia, el nacionalismo demagógico y santurrón, pronto se fue tornando en pesimismo y aflicción, a medida que las campiñas se iban quedando desiertas de jóvenes y en todas las familias empezaba a faltar algún miembro. El futurismo, la confianza sin límites en el poder ilimitado de la ciencia como motor para mejorar el mundo, enseguida demostró ser un ideal tan hueco y vacío como cualquier otro creado por la humanidad hasta entonces.

Los desastres se iban acumulando uno tras otro. Miles de vidas eran empleadas, dilapidadas, incineradas, para conquistar cincuenta metros de barrizal infecto. Seres humanos viviendo en el lodo o en trincheras inundadas hasta las rodillas durante semanas, sin las más mínimas medidas higiénicas o de aseo personal, acurrucados en cráteres ante la proximidad de la cortina de acero y metralla extendida por la artillería de barrera. Hombres, rebuscando en los bolsillos de sus compañeros en putrefacción algo de pan enmohecido que echarse a la boca. A medida que pasaban los días, los meses, los años, se multiplicaban los muertos y desaparecidos. Se contaban por millares los mutilados que languidecían en hospitales de retaguardia. Será un vano consuelo, pero al menos ellos habían tenido la fortuna de ser arrastrados fuera de la tierra de nadie, aunque algunos de ellos sin duda hubiesen preferido perecer bajo el fuego de ametralladora, pues el destino les había deparado un destino peor que la muerte. Eran los llamados “Gueules cassées”, jóvenes de entre veinte y treinta y cinco años, con mutilaciones faciales tan horribles, que hasta a sus propias madres les resultaba difícil mirarles a la cara. Pues eso es lo que significa, “gueules cassées”, caras rotas, y es que había veces que las explosiones arrancaban literalmente la cara, la mandíbula, los ojos, del rostro. ¿Y luego qué? Después de la tensión nerviosa constante provocada por el silbido de las granadas de mortero, por el tener que vivir con francotiradores al acecho, por tener que morar en la inmundicia, mientras retiran los cadáveres destrozados de tus camaradas, después de todo esto, cuando un hombre ha visto más de lo que puede soportar, algo se te acaba rompiendo por dentro y te sumerges sin remedio en las oscuras aguas de la demencia y de la autodestrucción.

Cuatro años tardaron, cuatro años en empezar a amotinarse los soldados (en Rusia un poco antes). Así se cosechó el haber sembrado nacionalismo durante cien años, pero aún habría más, el tratado de Versalles sería la simiente para la siguiente temporada. En fin, parece que al final los europeos hemos acabado por aprender la lección (lástima que no se pueda decir lo mismo de otros)

Esta exposición habla de todo esto, y puede que de alguna cosilla más, a través de los inspirados pinceles y plumillas de los artistas de “L’Avant Garde”. Las obras se han repartido entre dos sedes: el museo Thyssen Bornemisza, donde se ubican las obras de inspiradas por los momentos iniciales de la contienda y la fundación Caja Madrid (frente al convento museo de las descalzas reales), donde se concentran las obras oscuras, tenebrosas, torturadas, correspondientes a los momentos finales de la guerra y de la inmediata posguerra (la parte para mí más interesante y además gratuita). Invito a todos a daros una vuelta estas navidades por allí, porque da que pensar.

Por: El Exiliado del Mitreo

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