Para Cappelletti y el Exiliado del Mitreo
Soy de aquellos a los que las ideas menos malas se les ocurren de noche, cuando intentan dormir y no pueden hacerlo por estar dándole vueltas a dichas ideas. Tal vez porque me comprometí a escribir este texto y a que toca enviarlo ya, o bien por ser el aniversario de la Constitución española, o bien por la ira que ilumina Grecia, o bien por cualquier otro motivo, aquí ando, a las tres de la mañana y delante de un cuadernito escribiendo todas estas tonterías. Esto tampoco pretende ser un texto político exhaustivo, solo unas pequeñas reflexiones al vuelo; si hay objeciones, que seguro que las habrá, mandádnoslas, per favore. Vamos allá.
Primero, hay que aclarar una cosa: cuando hay en las elecciones y sale por la tele el político de turno diciendo aquello de como cada cuatro años, ha triunfado la fiesta de la democracia, habría que decir que lo que suelen omitir es el hecho de que esta democracia sea indirecta o representativa. Supongo que a nadie le descubro un mundo por puntualizar este hecho.
Obviando que es mucho suponer que se nos haya dado la capacidad intelectual o moral necesaria para elegir a los representantes políticos y que los medios de comunicación actúan como soportes publicitarios de ellos en función de los intereses de sus grupos y, por lo tanto, es difícil que nos hagamos un juicio independiente de los candidatos, la primera trampa de la democracia (indirecta) se presenta en la forma de elegir a nuestros representantes: no se puede votar por personas concretas o individuales, sino por bloques formados por partidos políticos, que representan una ideología dogmática que, por definición, no puede evolucionar, con listas de representantes cerradas o elegidas de forma no democrática (de arriba a abajo) en los comités de dichos partidos (en casos más sangrantes, es el líder saliente el que elige al líder entrante), por lo que, tú no eliges a tu representante, sino a un conjunto de vagas ideas que, intuyes, pueden representarte.
Dicho esto entraríamos en el tema de, ¿cómo podemos decir que el tipo que yo elijo para que me represente lo va a hacer realmente? Cito textualmente las palabras de Cappelletti:
La democracia representativa se enfrenta así a este dilema: o los gobernantes representan real y verdaderamente la voluntad de los electores, y entonces la democracia representativa se transforma en democracia directa, o los gobernantes no representan en sentido propio tal voluntad, y entonces la democracia deja de serlo para convertirse en aristocracia.
Normalmente la cuestión está en que en lugar de buscar emisarios de nuestra voluntad, lo que hacemos es abjurar o desentendernos de nuestra capacidad de decidir durante cuatro años, algo así como que piensen otros por mí, llegando al siguiente punto.
El segundo problema principal es pensar que los tipos a los que elegimos son una especie de semidioses que lo saben todo y, en realidad, no son ni más tontos ni más listos que nosotros: una opinión de X en un tema del que es experto puede tener peso, pero la opinión de X en un tema que sepa lo mismo él que yo, estará a la misma altura que la mía. Por eso es un poco estúpido ver cómo en los debates parlamentarios una misma persona es capaz de hablar de macroeconomía, inmigración, terrorismo, etc. sin saber muy bien de qué leches está hablando en la mayoría de los casos. Lo peor, sin embargo, no es que opine sobre lo que no sabe, sino que votará sobre lo que no tiene ni idea, de acuerdo a la dirección de su partido. Se dirá que ese ignorante de la tribuna puede rodearse de asesores mucho más sabios que él en un tema concreto. Nosotros también, sin necesidad de delegar su/nuestra ignorancia en él.
Y llegaríamos al tercer problema, en mi opinión, a saber: la voluntad de los electores es cambiante con el tiempo. Cuando sale el político de turno a la palestra diciendo que tiene la confianza de los españoles en tal tema porque hace un par de años la gente le votó, es indicativo de para qué quieren nuestros votos. Supongamos que hemos elegido a nuestro representante ideal, aquel que en el momento de echar la papeleta a la urna era un calco de nuestras ideas y puede ser capaz de traducir nuestras opiniones. ¿Cómo saber que lo seguirá haciendo durante cuatro años? ¿Cómo puede hacerlo si yo no tengo por qué pensar lo mismo en un tema concreto si tal vez no sepa lo que opinaré mañana?
¿En qué se traducen estas objeciones? Principalmente y, a mi entender, en dos:
Por un lado, que la libertad política y el derecho a decidir no son posibles sin igualdad económica y cultural.
Por otro lado, que el pueblo cree elegir a sus representantes bajo su propio criterio. Sin embargo, el propio sistema no hace más que presentarnos variantes ligeramente maquilladas de una misma opción aceptable, con la fuerza e impacto de los medios de comunicación en nuestras decisiones: cambiemos los gobernantes para que nunca cambie el Gobierno o, en palabras de Goldman, si votando se pudieran cambiar las cosas ya habrían prohibido el voto. ¿Diferencias actuales entre PP y PSOE?
Es un texto muy resumido y que podría ser mucho más detallado, pero creo que es suficiente como para poder empezar a lanzar algunas críticas a favor o en contra de él a través de los medios que tenéis de contactar con nosotros.
Para los griegos, «democracia» significaba «gobierno del pueblo», y eso quería decir simplemente «gobierno del pueblo», no de sus «representantes»
Ángel Cappelletti, Falacias de la democracia
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