¡Joder, han vuelto a cortar la calle! Todo está preparado: las luces, las vallas protectoras, las cámaras, la alfombra (claro) y los infatigables fans. Es una fiesta de purpurina y brillantina en el local de moda de la ciudad. Una inundación de lo “fashion” que obliga a renovar el armario que rebosaba ya de prendas nuevas.
Van llegando los coches impresionantes, los descapotables, las limusinas en las que rebotan los miles de “flashes”. Los adeptos a la ceremonia gritan al unísono con un chillido que sólo agrada a las estrellas.
Bajan de sus carros, embellecidos por capas de química y petróleo. El oro negro de sus caras les da un brillo especial y sus dientes parecen conchas pulidas por el mismo mar que, junto con la mala vida, cuarteó sus pieles antes de ser arregladas por Mr. Bottox. Estatuas vivientes, imágenes de culto, belleza embotada que aplaca las frustraciones de los fieles que acuden al espectáculo con sus estúpidos ritos. Su medicina diaria son las sonrisas y reverencias, las sesiones de fotografías y los litros de tinta desechada en inútiles estampitas recordatorias.

Es sin embargo una iglesia que se mantiene por sus fieles, como debería ocurrir en todas partes. Ellos se ocupan de que sus santas tengan más tetas y menos arrugas y sus santos más músculo y menos canas. Ellos se ocupan de que vivan en palacios de oro y de mantener sus ridículos despilfarros. Sin embargo, cuando creen que alguno de sus antiguos semidioses está algo fuera de lugar, le hunden en la miseria y le hacen desaparecer de su iglesia. Tanto aclaman a alguien como lo destripan. Realmente, es lo más justo de esta religión, que eliges a los que adoras.

Me pregunto si de verdad merece la pena construir todo esto para luego destruirlo: amar algo tan efímero y superficial que no tiene poder para mantenerse en pie por sí mismo. Si sirve de algo dedicar tanto tiempo y esfuerzo a ídolos tan vacíos por dentro.
Creo que en el fondo sucede como con una piñata, que contemplas boquiabierto y que necesitas romper en mil pedazos para conseguir todas las esperanzas que habías depositado en ella. La desmitificas y sonríes: has ganado la partida, eres más fuerte que ella. Catarsis.

Es posible que lo único bello de este artificio sea la lluvia de estrellas, más bien la caída de éstas, la decrepitud de unos seres que se han aprovechado de las mentes acomplejadas de los otros o bien han sido demasiado inocentes como para pensar que sus adoradores les aguantarían toda la vida en un firmamento de cuento.

farero