Sí señores, hablamos de dinero. No se trata de que me haga ilusión o no sostener un billete, ni la ilusión por las cosas que con él puedo comprar. Se trata de un fenómeno social, la ilusión colectiva de que ese trozo de papel marcado puede intercambiarse por bienes o servicios.
La fe mueve montañas, construye imperios. Si alguien se negase a aceptar dinero le llamaría loco, si lo quemase hereje. “¡Dáselo a los pobres huerfanitos!” Nos encontramos ante una religión compartida por todo el mundo. ¿No es como un sueño? Y sin embargo a penas se percibe como un sistema de contabilidad. Una abstracción para facilitar el intercambio. No nos engañemos, todas las creencias funcionan muy bien cuando toda una sociedad las comparte, y esta es tan fuerte que no podemos sino rendirnos a ella.
Nuestra educación no es laica. Nos introduce en los diversos ritos y tradiciones propios de la sociedad del consumo. Tiene cosas buenas: ayudados por políticas sociales hemos generalizado el estado del bienestar, podemos adquirir todo tipo de productos buenos, bonitos y baratos en cualquier momento. Lo mejor es que cuantas más cosas compramos, más integrados nos sentimos en nuestro entorno, aspiramos a tener una vida mejor. Sin embargo me gustaría no imitar tanto a los maquillados actores de los anuncios, sino a la gente que es feliz de verdad.
La fe en el dinero implica ciertos dogmas. Es muy simple: el dinero es bueno. Basta acumular dinero para tener recursos y librarse de todo mal. De forma que exportamos el modelo consumista a otros países. Al fin y al cabo el consumo hasta que se consuma generará más dinero, y el dinero más consumo. ¡Visto así no parece algo insostenible! Quizás el hecho de que el dinero llama al dinero nos deslumbra tanto que somos incapaces de ver cómo crecen las desigualdades sociales a nivel global.
Hay muchas cosas más simples gracias al dinero. La diferencia entre lo que es bueno y lo que es malo. “He ahorrado tanto”. ¿Cómo? ¿A qué precio? Es curioso que las empresas sean más conscientes de lo que significa este precio que los consumidores de a pie. No os confundáis, cuando aquí he dicho precio esta vez no hablaba de dinero. Demasiadas cosas se esconden detrás de cada euro, mucho es trabajo.
Sin embargo hay cosas que el dinero no puede comprar. Lo intenta, eso sí. La vida no tiene un precio, y si lo tiene, malo. Como otras religiones, el sistema capitalista intenta potenciar ciertas actitudes frente a otras. Hay sentimientos, fantasías, cosas intangibles que se quedan fuera. ¡No son rentables, no seas iluso, so vago! Pero son fuertes, y se resisten a desaparecer. Eso sí, hay una sensación que el dinero sí que puede comprar, una que hace que todo valga la pena: La tranquilidad. Religiosa tranquilidad.

bichitis