El pasado 29 de abril, falleció Albert Hofmann, el científico suizo conocido por ser el descubridor del LSD. La dietilamida del ácido lisérgico se convirtió rápidamente en una de las drogas más importantes del movimiento psicodélico. Albert Hofmann tuvo que enfrentarse a los problemas que supuso su descubrimiento, arma satánica según unos, forma de abrir la mente para otros.
El propio Hofmann la ingirió por error: “De pronto, me encontré en otra realidad, (…) los colores habían cambiado, la habitación había cambiado, mí humor había cambiado, (…) empecé a tener bellísimas fantasías…”. Tras esta experiencia, decidió tomar 0,25 mg: las sensaciones fueron horribles y le dio la impresión de estar muerto. Había ingerido cinco veces la dosis normal. Cuando pasaron los efectos se percató de lo bello que era el mundo real: “Todas esas cosas que uno no valora en estado normal me parecían bellísimas (…) y estaba realmente feliz.” Tras años de uso descontrolado en especial por muchos hippies –“tomaban el LSD en cualquier lugar, en una discoteca, sin estar preparados en absoluto”– el LSD fue prohibido y las aspiraciones de convertirlo en compuesto terapéutico se vieron truncadas.
Nunca sabremos si Hofmann será recordado como el culpable de la drogadicción de muchas personas o el artífice del despertar de la inspiración de otras tantas.

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