“Hola niños y niñas, estoy aquí para presentaros la siguiente función, ¡una de las mejores que hayáis visto nunca! ¡Espléndida! ¡Sublime! Preparaos, que llega: ¡Politini el magnífico!”

Tras esto, Arlequín salió del escenario sin borrar de su boca la cínica sonrisa pintada. Se retiró el telón suplantándolo una cortina de humo. Acompañado de una música inquietante, surgió un individuo de la nada, con chistera y chaleco rojo. Dio un bote y desapareció. Dos segundos después, estaba sentado en una butaca en la que había antes un niño. Se subió al escenario, se sacó la chistera y de ella saltó el chico, que no salía de su asombro. Uno tras otro, se sucedieron los milagros, a cada cual mejor.

A la salida, Aurelia y Venancio comentaban contentos lo bien que habían invertido sus pagas, reservadas para la ocasión, cuando un hombre, que venía de la puerta trasera del teatro, se les acercó diciéndoles:
- Parece que os ha gustado.
- Sí, mucho –dijo Aurelia. ¿Arlequín? ¿Eres tú?
- No, soy un simple pinche –dijo escondiendo un cascabel en el bolsillo. Me preguntaba si querríais entrar en el teatro para ver lo que esconde.
- ¡Síiii! –dijeron casi al unísono.

Arlequín les dio un paseo por los camerinos donde pudieron ver a Politini y a sus ayudantes, pero aquel les saludó don indiferencia y susurró a Arlequín un te dije que no volvieras a traer a los niños aquí, todavía tengo los hilos de la camisa sin quitar. Venancio lo escuchó, pero no dijo nada. Arlequín siguió con la visita guiada y les enseñó los artilugios que servían para hacer levitar al mago, para fabricar el humo que parecía que surgía de sus manos, las cajas con doble fondo y las jaulas plegables de las que desaparecían los pollitos: estaban manchadas de sangre. Los niños tenían ya desdibujada de su cara la sonrisa con la que habían salido del teatro y le pidieron al hombre que les enseñase la salida.

Volvieron andando a casa sin abrir la boca para hablar y se despidieron sin mediar palabra. Al llegar a casa, Aurelia se encontró con su padre y le contó lo ocurrido. Éste, tras esbozar una sonrisa casi inapreciable, le dijo:
- No te preocupes hija, te irás acostumbrando a ello a medida que vayas creciendo. Te darás cuenta de que en la vida hay muchas obras de teatro o funciones de magia que no son reales, son ilusiones que creamos las personas, unas veces para reírnos o soñar, otras veces para engañar. Éstas últimas son las más peligrosas y son de las que has de tener mucho cuidado. Sin ir más lejos, el 9 de marzo va a empezar una que se repite cada cuatro años y dura otros cuatro. En ella, como hoy tú has comprado la entrada, la gente no tiene más que depositar un papelito en una cajita con el que se elije a los actores de la función. Cada mes tiene que pagar por esa función, porque los actores tienen que comer y realizar la representación por los demás, que no quieren o no son capaces de hacerlo. Lo que ocurre es que si les gusta, pueden verla hasta el final, pero si no les gusta, no pueden cambiar nada en ella, no pueden detener la función y lo único que parece estar a su alcance es no mirar. Finalmente, hay unos pocos como tú que llegan a ver el vientre del teatro y se dan cuenta de lo falsa que es la función. Entonces, cultivan esperanzas para que la siguiente función sea mejor, pero resulta ser casi la misma.
- ¿Y no se puede hacer nada para cambiarlo?
- Sí, pero es difícil porque hay mucha gente que va a ver la función porque el resto de sus vecinos van a verla o porque tienen miedo de que deje de haber funciones para elegir y que estén “obligados” a ver una. Sin embargo, algunas personas se atreven a exigir a los comediantes que dejen de actuar, protestan en la entrada del teatro o no acuden a él. Otras, pretenden hacer una función en la que todos sean actores y espectadores a la vez, pero les llaman idealistas y utópicos, así que cejan en su empeño.

Aurelia acabó de escuchar a su padre y se quedó mirando al vacío. Esa noche no cenó, no durmió. Al día siguiente, se encontró a Venancio en el colegio.
- Voy a montar una obra en la que todos actuemos. ¿Te apuntas? Hay que decírselo a…

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