Pasaban cinco minutos de las siete de la tarde cuando apenas se dibujó en su cara la última de las sonrisas, la definitiva mueca de tranquilidad.

Unas manos sudorosas, recias pero sensibles, turbadas por el inexorable, y fatal, destino, acababan de desenchufarlo de la vida, de rescatarlo del sombrío túnel de la ciencia, allí donde aparatos y cables, sustentos de artificialidad y últimos eslabones del combate contra la muerte, son incapaces de dominar al espanto y a la desolación.

No pudo evitar pensar en todos los momentos que pasaron juntos, padre e hijo, conviviendo y compartiendo una vida que se había visto truncada tan sólo unas horas antes, pero que a él ya le parecía una eternidad. Un sentimiento extraño, mezcla de rabia y culpa le inundó en ese instante mientras le observaba, maldiciendo en silencio la fragilidad de la existencia.

El padre enjugó sus lágrimas, abrió la puerta de aquella sala y respiró hondo; mientras, el pasillo se iba llenando de nuevas máquinas, de nuevos cables y de batas de todos los colores, en vertiginosa procesión por todas las direcciones.

Certificada, finalmente, la inutilidad de las alarmas, sus manos recias, aún sudorosas, firmaban al pie de un texto que ni siquiera leyó.

Horas después la sonrisa del hijo, arrancada violentamente en aquella carretera infernal, y la mueca de una renovada tranquilidad, comenzaban a aflorar en el rostro de aquella muchacha de ojos verdes de la habitación 203, que era, de nuevo, todo corazón.

John Dorian

Concurso de relato corto.Awa.07/08