Fragmentada realidad del mundo no concebido
Lucía está inquieta. Incapaz de controlar el frenético ritmo que domina su cuerpo y devora sus nervios, la rubia y atlética artista enciende un cigarrillo, lo sujeta firmemente entre los labios e intenta buscar una calma que, desde hace días, se le resiste.
Con el ceño fruncido, Lucía inclina la cabeza y observa su nueva creación. No hay duda, la obra es triste pero realmente bella, llena de un realismo patético que hiere. Lentamente la pintora ilumina ligeramente el lienzo, en donde diferentes matices y relieves se hallan tan distantes de sí mismos que resulta extravagante. De las esquinas del lienzo nacen finas líneas que se entrelazan radialmente, fusionándose con intensas rosetas que parecen latir desacompasadamente, como un corazón hecho pedazos. Ha conseguido el efecto que buscaba, transmitir desazón y confusión.
Ya son las dos de la madrugada. Esa misma mañana se presenta la obra y Lucía no consigue su objetivo; poner nombre a la amarga historia que encierra la tela. Para ella no es un cuadro más sino que va mucho más allá; es la culminación de una etapa, el punto y final de su sufrimiento.
Cansada y derrotada, la mujer se asoma por la ventana intentando encontrar en tan breve receso un resquicio de esperanza para su inspiración…
…Y desde aquel apagado ventanal es testigo del momento más íntimo que ha presenciado en meses, un eterno instante que, para su desgracia, no le pertenece. La Gran Vía madrileña acoge en su seno a una dulce pareja, ajena al aciago mundo que la rodea y abrazados con una intensidad que sobrecoge. Ambos permanecen con los ojos cerrados y los rostros pegados, temerosos de perder aquella intimidad tan virginal. Así es como debería ser la vida de Lucia, no la existencia vacía y yerma en la que se cobija y que sólo recobra el sentido cuando es capaz de plasmar su dolor sobre un lienzo, el único ser ajeno ante el que es ella misma.
Tras retirarse de la ventana Lucía llora amargamente. Llora porque es consciente de que los sentimientos que más duelen son los que se desean vivir y no se han vivido; el ansia de lo que pudo ser y no ha sido, el cruel abismo entre lo deseado y lo obtenido, el amargo arrepentimiento de las oportunidades perdidas… Y es que ha vivido con tantas promesas forjadas a fuego lento que, cuando se las han arrancado del corazón a golpe de estaca y martillo se ha roto en pedazos, y tiene miedo.
De repente fija la mirada en su creación. Poco a poco su cara cambia iluminándose y recobrando un brillo que creía extinto. Mientras una abrasadora lágrima recorre su mejilla, una sincera sonrisa acompaña el vaivén de su pluma, escribiendo el punto y final no sólo al nombre de su nuevo retoño, sino también a la peor etapa de su vida.
LA BLASA
Concurso de relato corto.Awa.07/08
