A veces voy en el tren por las mañanas, aun de noche, cuando hace frío y el aliento se vuelve humo y resplandece al salir de la boca. Estoy agotada, no sólo por el descanso interrumpido, sino por el sueño que busca un final al margen de la lógica de la consciencia. Cuando el tren para en la estación iluminado por dentro, como una pecera en donde los peces se apoyan en las ventanillas o leen con los ojos entrecerrados, subo y busco un asiento cómodo, lejos de la gente para no desconcentrarme de mis pensamientos. El calor del tren relaja los músculos facilitando el sueño y el ronroneo y bamboleo se encargan de adormecerme durante el viaje. Poco a poco cierro los ojos, mientras lo que estaba soñando vuelve a mi mente siguiendo caminos imposibles. De repente me siento irracionalmente asustada. Sin darme cuenta he dejado el mundo real, adentrándome en otro que no conozco y me desconcierta. Dentro de mí sé que el tren ya nunca va a detenerse y yo estoy atrapada en él. Además veo que está lleno de peces que no saben que están en una pecera de donde no pueden salir. Con los ojos cerrados miro a todas partes, tratando de imaginar donde estoy, pero no estoy, sólo existe un tren que me lleva a no sé donde y al que no puedo controlar. Pese a que en ese momento estoy aterrorizada, presa de un ataque de histeria que disimulo quedándome totalmente quieta, lo que más me asusta viene tras un segundo de relajación y aceptación, cuando me doy cuenta de que en realidad deseo que eso sea así. Deseo pasarme el resto de la eternidad calentita dentro del tren, durmiendo y soñando, al margen de estudios y despertadores. Y aunque suspiro aliviada cuando oigo los pitiditos de las puertas en la siguiente parada, me duele volver a la realidad, sobretodo cuando me arranco del asiento para bajarme en el último segundo en mi parada. Lo peor es que sé que al día siguiente me pasará lo mismo y al siguiente, y al siguiente, para siempre.

bichitis