Odio que la convivencia en la ciudad se vuelva un acto imposible, que el día a día en la calle sea desagradable. Odio que en tu propia casa, el a menudo desconocido vecino taladre la pared a deshoras perturbando tus horas de sueño. Detesto empezar mal las mañanas perdiendo un metro, aún más si no he podido alcanzarlo porque la gente no te deja pasar. No soporto que alguien ponga a tope su música en el interior del vagón, impidiendo que me concentre para leer o para escuchar mi discreta música. Odio que la gente intente entrar en el vagón antes de que los demás salgan, para posar sus grasos traseros sobre asientos libres, reservados para ancianos, lisiados y embarazadas, ocupando además el doble de espacio por atiborrarse a comida basura todos los días de su mezquina y sedentaria vida. Detesto que me empujen y pisen sin razón y además no pidan perdón. Me crispa la incomprensión, la intolerancia y la ignorancia, la idea de creerse mejor que algo que no conoces, de no intentar ver las cosas desde todos los puntos de vista posibles. Odio que no dejen hablar o interrumpan mientras alguien habla, pues una frase o un discurso sólo tienen el sentido deseado si se expresan en su totalidad: quien hace más ruido hablando no debería ser el que habla más alto sino el que habla mejor. No soporto las injusticias del que puede hablar más alto, pero no mejor. Odio el insulto infundado, el agravio sin razón y los argumentos ilógicos con propósitos degradantes. Siento asco por lo innoble y todo lo que se basa en un engaño del prójimo, en la mentira o maquillaje de la realidad. Odio la “telebasura” y la publicidad engañosa que embotan la mente e inducen a un consumismo exacerbado. Odio los negocios sucios. Odio que los medios sólo muestren la realidad que ellos desean. Detesto la hipocresía y el cinismo, evitar decir lo que uno piensa sin dejar de ser respetuoso. Odio la insolidaridad y la indiferencia hacia el sufrimiento. Odio la inmoralidad, estando la moralidad basada únicamente en la lógica, la razón y los derechos fundamentales. No soporto que alguien piense que lo que aquí se dice, es falso o pura palabrería. Me odio a mí mismo cuando infrinjo mis principios, cuando hago lo que odio, pero me odio aún más si no intento cambiarlo.
Azîm