¿Me arriesgo?
Dicen que la mayoría de los encuentros amorosos son casuales. Así me pasó a mí cuando la vi por primera vez en la biblioteca. Nos cruzamos un par de miradas y me pareció un buen descubrimiento: una chica con carácter, original y diferente. Hay que ver lo que dan de sí un par de miradas.
Desde entonces, me dio la impresión de que los encuentros se hicieron más frecuentes pero menos casuales: cada vez me fijaba más para ver si se acercaba, la buscaba con la mirada, incluso me asomaba a las puertas de la clase en la que creía que se encontraba. Nos seguíamos mirando cuando nos cruzábamos pero al principio pensaba que se dirigía a la persona que había detrás de mí o que se fijaba en el panel de mi derecha.
Las siguientes veces estaba completamente seguro de que me observaba, de que ella también quería conocerme y de que sentía ese mismo “nosequé” por mí.
Llegué a verla a todas horas, cuando estaba y cuando no, llegué a verla con su pelo moreno liso y sus ojos oscuros, su aspecto exótico e interesante; llegué a verla a la vuelta de cada esquina, en mi cama estando yo en ella, ella en mí, llegué a verla en sueños y llegué a verla en mi futuro, sí, en mi futuro.
De repente, éramos mayores, menos atléticos y menos apuestos. Cada vez la veía menos y había niños por todas partes, pero ella se iba desvaneciendo. Entonces me intentaba concentrar para no dejar de percibirla pero se esfumaba poco a poco, se enfriaba.
Sin embargo no llegué a preocuparme hasta que la vi el día de mi muerte: no velaba mi ataúd…
Ahora sólo deseo un encuentro verdaderamente casual, los dos solos dentro de un ascensor, mirándonos fijamente, sonriendo, y preguntarle: “¿Cómo te llamas?”
Pepita Gómez
