Al cumplir los dieciocho años Roberto Rivera no se planteaba la idea de conducir un coche. Su vida era simple, estaba realmente, por infinitas razones, vacío por dentro y se encontraba inmerso en ese maravilloso proceso en el que uno empieza a dejar de estarlo. No iba a ningún sitio porque no tenía donde ir. Todos los acontecimientos que ocurrían en su vida estaban localizados en su casa, en su barrio o en su pueblo. Aunque la mayoría de los acontecimientos que le ocurrían estaban dentro de él, y estaban dentro de él aunque estuviese en su casa, en su barrio o en su pueblo.

Era un chico muy solitario. La mayoría del tiempo lo pasaba solo. Ello se debía fundamentalmente a que era, a veces, desagradable con las personas de su alrededor. No me refiero a que fuese desagradable con todo el mundo o de forma descontrolada. Tenía una forma de tratar a la gente que era distinta a lo que la gente le suele gustar, nunca adoptó ningún formalismo de ningún tipo, nunca fue cortés según ningún canon, además iba pregonando sus ideas de anarquía y ateismo de forma descontrolada a diestro y siniestro y sin ton ni son. En cuanto a alguien se le ocurría defender alguna postura distinta a la suya, entraba en una especie de trance de defensa de sus ideales y ponía todos los medios verbales que tenía en su mano para destruir a su oponente en el recién creado debate.

Se excluía a si mismo de todas las actividades, supongo que por lo cercana le que quedaba la edad del pavo, su aspecto físico le resultaba una auténtica barrera infranqueable que le impedía tratar con la gente de una manera normal. Era gordo, siempre ha sido gordo, ahora no le importa. Si a alguien no le gusta, que se fastidie ese alguien, piensa. No se va a fastidiar él porque no le guste a otra persona. Pero aunque ahora no le moleste, en aquel momento si lo hacía. Le molestaba porque pensaba que el resto de los seres humanos eran como él era entonces, intransigentes, y de la misma manera que él no era capaz de aceptar los defectos de los demás, pensaba que nadie seria capaz de aceptarle realmente como una persona normal.

Tenía una tendencia exagerada a perderse dentro de sí. Esa era su desgracia o su virtud, supongo que lo uno es cierto en unos casos y lo otro en otros. Era su desgracia, y lo es, porque inhibiéndose uno está solo y solo uno no puede estar toda su vida y era su virtud, y lo es, porque gracias a ello ha podido estar años y años observándolo todo, todo lo que le ha ido rodeando en los lugares en que he estado, y porque gracias a ello, esos años, ha podido estar pensando en todo lo que ha estado observando y ha podido descubrir lo que hay de cierto y lo que hay de falso en muchos aspectos de lo cotidiano de los seres humanos. Supongo que el decir que alguien sabe algo sobre los seres humanos es una afirmación un tanto ostentosa, pero bueno, es lo que creo de él y no hago daño a nadie escribiéndolo aquí.

El tiempo fue pasando, hizo amistades muy importantes, amistades que literalmente le cambian a uno su forma de existir. Su amiga Carmen, a la que conoció el verano de los dieciocho cuando empezó en un trabajo de verano, le enseñó que no había ningún problema en estar inmerso en uno mismo siempre y cuando ello no implique autodestruirse. Su amigo José, al que conoció dos años después, a los veinte, cundo empezó en la Universidad, le enseñó a hacer caso omiso de sus defectos porque todo el mundo tiene defectos y, realmente, a nadie le importa. Su amigo Manuel, al que conoció a los veintitrés, en Madrid, cuando estudiaba la segunda parte de su carrera, le enseñó la verdad sobre la existencia, que todo el mundo es capaz de todo y que nadie es mejor ni peor que nadie. Quien sabe, quizás siguiendo solamente inmerso en si mismo, podría haber descubierto todas estas cosas o quizás no. El caso es que sus amigos han estado en el momento oportuno haciendo posible que, para el, la vida esté llena de vida, precisamente.

A los veinticinco años, siguiendo en Madrid y a punto de terminar los estudios, se sacó el carné de conducir. Unas semanas después estaba en su pueblo con un puesto de trabajo perfecto en muchos aspectos, en la misma empresa de aquel primer trabajo de verano y de los sucesivos que tuvo durante siete años. Con el poder de que le otorga a uno una nómina de un contrato indefinido pidió un crédito personal en su caja de ahorros y se compró un coche.

Ahora dos meses después de este último hecho. Conduce todos los días. Su amiga Carmen sigue en su pueblo, su amigo José está en Madrid y su amigo Manuel está en Mexico DF. Todo es igual que antes, pero conduce todos los días.

Pousa