Llevo tiempo pensando en el amor. No sé que significa amar y no sé si lo llegaré a saber alguna vez. Hace tiempo creí estar enamorado. Se llamaba María, era de Soria. La conocí cuando acompañaba a mi hermano Roberto en uno de sus viajes de trabajo. Tenía los ojos marrones y enormes y el pelo muy oscuro y muy largo. Tenía la mirada más conmovedora que había visto nunca. Para mí, en aquel momento, era el ser humano más perfecto del mundo. No era capaz de ver nada más, ninguna de las maravillas de existir lucía como ella. Por el hecho de que ella fuese ella y de que yo fuese yo, nos gustamos de forma repentina y a la vez. Todo fue rápido y muy fácil. Nos hicimos novios.

Era complicado tener una relación a distancia. Yo en Huesca, ella en Soria. Ambos faltos de todo. De dinero, de casa, de coche, de trabajo, de facilidades. Aun así, no dejaba de desear quererla, y sabía que ella me quería. Hablábamos mucho por teléfono y nos escribíamos. Cuando hablaba con ella su voz me parecía el aliento de la vida, el alimento de mi alma; cuando leía sus cartas me imaginaba a su corazón ordenando a su mano escribir aquellas palabras. Soñaba con ella cuando dormía y acabé soñando con ella también cuando estaba despierto. Soñaba en clase; soñaba cuando caminaba por el campo, de camino a casa; soñaba cuando veía una piedra con la forma de la belleza de toda la naturaleza; soñaba cuando me quedaba mirando al avellano del que había cogido avellanas los veranos de toda mi vida. Cada vez que me paraba a hablar con alguna chica del pueblo soñaba con María.

Era lo mejor que me había pasado nunca, de repente todas las cosas tenían validez y sentido. Ahora sabía que el mundo, que la naturaleza, que la evolución de las especies, que la eternidad que había transcurrido desde que empezó todo, no eran cosas vacías, simples casualidades, sino que eran los hechos que habían conducido a nuestras almas a estar juntas. Era todo perfecto salvo por que solamente nos veíamos una vez al mes.

De pronto, sin esperarlo, estando inmerso en lo más maravilloso que me había pasado nunca, un día, todo cambió, cuando me llamó por teléfono su voz no me gustó, la noté vacía, vaciada por su propia desgracia, por la desgracia de haber renunciado a mí. No dije nada, pero lo sabía, sabía que había dejado de quererme. Trató de conversar como otros días. De forma desenfadada y cariñosa, contándome las cosas de su vida cotidiana como siempre hacía, pero no era posible, no podía aguantar más sin decirme la verdad. Y me la dijo.

Me dijo que ya no podía quererme. Que siempre estaría en su corazón. Que un trozo de su alma sería siempre para mí. Pero yo sabía que no era verdad. Me dijo que ya no podía quererme porque había conocido a Alberto. Alberto, el Soriano, el chico capaz de complacerla. El chico que podía estar allí, a su lado. El chico de buena familia, el chico simpático y conocido en su cuidad, el chico con dinero y con coche, el chico que resultaba fácil de querer.

Después de aquella conversación no la volví a llamar ni escribí ninguna carta más para ella. Ella tampoco lo hizo. Mi vida se convirtió en el retrete del infierno. Ahora nada tenía sentido. No la quería llamar porque sabía que al notarla distinta iba a sufrir, iba a sentir, todavía con más intensidad, el indescriptiblemente doloroso sentimiento del desengaño.

Han transcurrido dos años desde aquello. Desde entonces pienso que el amor es una farsa más. Uno más de los negocios de la existencia para darle al ser humano ganas de vivir. No se lo que significa amar porque no he amado nunca, la vez que creí amar acabé odiando, odiando a todo el mundo porque me odiaba a mí mismo. No sé si volveré a tener ganas de entregar mi alma, de dar rienda suelta a mi corazón para que otra persona lo haga también. No sé si alguna vez volveré a tener fuerzas para dejar mi felicidad en manos de otro ser humano.

Pousa