Invierno de la mente. Primer puesto (empate) del concurso de relatos
“Madrid es una ciudad de más de un millón de cadáveres…” decían los versos de Dámaso Alonso. En esta escuela somos menos pero nos pudrimos igualmente.
El proceso es muy sutil, algunos no llegarían a darse cuenta ni aunque viviesen cien vidas. Pero sin embargo nos pudrimos. Nos pudrimos lenta y supínamente. Y poco a poco nuestros huesos blanqueados al sol se agrietan y resquebrajan, convirtiéndose en polvo. Y solo es polvo, el polvo de lo que fuimos, lo que acaba la carrera.
Diréis que toda esta palabrería no son más que licencias poéticas, meras exageraciones enfáticas. Pues bien, yo desafío a cualquiera de vosotros, a decirme, mirándome a los ojos y con la mano en el corazón, que mis palabras no esconden aunque sea una pizca de verdad.
Antes de ir más adelante, quiero dejar algo claro, esta exhortación no va contra la carrera en sí, ni siquiera contra la general pobreza de medios, que en el fondo son lo de menos, si no contra el “método” que se sigue en esta “santa” escuela.
Lo cierto es que me siento día tras día, hora tras hora, a vegetar en nuestras barrocas sillas de brazo (barrocas no tanto por su diseño, como por lo recargado de los graffiti y las runas ancestrales que las adornan). Es como estar en misa las más de las veces, solo que en la iglesia tienen la deferencia de hacerte sentarte y levantarte cada dos por tres para que no te duermas. El profesor salmodia (hay algunos que más bien lo musitan) su sermón que traen bien apuntadito de casa. Suena la campana. Amén. Podéis ir en paz.
La ciencia se basa en la disciplina de trabajo, es cierto, pero también en la creatividad, la experimentación y en la colaboración entre individuos. Pues bien, creo que este “método” educativo ejerce un efecto que podríamos llamar de “pie de trinchera” sobre nuestras mentes. Los soldados de la “Gran Guerra” debían permanecer durante horas de pie, en salobres trincheras, muchas veces encenagadas y a veces incluso inundadas. Si no tenían cuidado, en sus pies empezaba a producirse un dolorosísimo principio de gangrena, que a veces podía acabar incluso en amputación… En efecto, no puedo dejar de imaginarme como se gangrenan lentamente nuestros cerebros, en un ambiente tan salobre para el aprendizaje. ¿Hay muchos de vosotros que puedan afirmar que una gran parte de las asignaturas no se las acaban estudiando a machete, deprisa y corriendo, haciendo trampas al conocimiento y colándome inmundamente por la puerta de atrás del aprendizaje? Sé que los hay, es más, mentiría si dijese que no hay gente que aprende de forma “sincera”, pero ¿Acaso no creéis que esos compañeros nuestros aprenderían de todas formas, fuese cual fuese el sistema?
Algunas veces, pocas no lo dudéis, algún enseñante osa cambiar mínimamente lo establecido. Pocos son, bien es cierto, los profesores que osan y prácticamente ninguno el que además quema las naves tras de sí. Y lo trágico es, sin embargo, que entonces, son los propios alumnos, cadáveres del conformismo, los que se le oponen encarnizadamente. Hay algo patológico, enfermizo en esta escuela, creo yo. Algo que embota la imaginación, como el oxido embota el filo de una espada. Porque, ¿No os parece curioso, que alguien pueda ser a la vez el preso y el carcelero? Pero bueno, ya sabéis, que uno no se da cuenta de que vive encadenado, hasta que intenta caminar.
Tal vez algunos me acusareis de no haber escrito un relato en el puro sentido de la palabra. De haberme aprovechado de este espacio para liberar mi amargura y soltar a mis demonios personales. Pero en el fondo, ¿Qué esperabais que saliera de un marco tan siniestro como la escuela?.
En fin, puede que no os falte razón de todos modos, aunque salvo el mercenario que escribe para comer, todos aquellos que se plantan ante una pagina en blanco lo hacen, directa o indirectamente, para hablar de sí mismos, de lo que han visto, de lo que sienten, de lo que anhelan. Algunos dicen que la escritura es como un exorcismo. Yo no creo que eso sea del todo cierto. Al fin y al cabo, los demonios siguen estando ahí. Pero aunque no se hayan ido, al compartir la carga con otro, su peso se torna más soportable…
Ayer miré por la ventana y vi los castaños de indias de la entrada. Tristes y mudos, desahuciados de hojas por el invierno. Así de desahuciado me siento yo. Sin embargo ahora sé que se puede vencer al invierno del alma. Un día cruzaré esas puertas bajo un sol radiante. Contemplaré los castaños y ellos me devolverán la mirada insultantemente cuajados de flores. De la misma forma el alma retoña una vez se derriten los hielos. Ni siquiera el más duro invierno dura eternamente, al final siempre acaba llegando la primavera…
Mars Ultor

Me ha encantado este relato, porque creo que todos luchamos contra ese “algo” patológico que existe en la escuela, unos logran vencerlo y otros no, pero ser capaz de analizarlo como se ha hecho en este relato es el primer paso para vencer ese invierno del alma del que hablas
Al final, antes o después todos saldremos de esta escuela, y sólo depende de nosotros que el sol brille con más o menos fuerza.
madre me ha quedado de un filosófico…
Comment by Pisti — February 27, 2007 @ 11:09 pm
Enhorabuena Mars
Comment by Jose — March 1, 2007 @ 1:47 am
Buena reflexión. Sin embargo, podemos hacer algo fácil: podemos aprender por otros medios y contagiarnos los unos a los otros…
Comment by alsi — November 24, 2007 @ 11:53 pm