El día de hoy era un gran día para el pequeño Gustavo, todos sus compañeros de clase y él se iban de excursión al Museo de Ciencias Naturales de Madrid. Ilusionado con la idea de ver toda clase de animales, Gustavo, sentado en su asiento, miraba por la ventanilla del autobús absorto en sus pensamientos – estado éste de evasión muy común en la vida del soriano –. Algo en el ir y venir de los coches circulantes le hizo detenerse a su observación; se asomaban por aquí y aparecían por allá, delante y detrás, rodeando por momentos el enorme autobús en el que se desplazaban. Le vino a la memoria aquel documental que vio en la televisión en el que un grupo de desagradables animales tenía rodeado, superando en número, a un león malherido. Éstos, emitían desagradables sonidos, enseñaban los dientes, gruñían y, al menor descuido del acorralado león, se le echaban encima atacándole fieramente. Gustavo empezó a temer que las intenciones de aquellos coches que revoloteaban alrededor de esa manera tan estrepitosa, fueran las mismas que las de aquel grupo de animales del documental. Los ojos en tensión del ya horrorizado pequeño, vigilaban los movimientos del entorno esperando la primera acometida. Los coches pitaban sin control, los conductores gritaban al autobús con rabia. Gustavo estaba viviéndolo todo en silencio desde su asiento, sus compañeros en cambio, alborotados y excitados por la excursión, gritaban y reían al margen. El indeseado momento parecía estar llegando. Los conductores enseñaban los dientes, gruñían. Daba la impresión de que al menor descuido del chofer, el conjunto de coches de en derredor se echaría encima. De repente, con una hábil maniobra, el autobús logró evitar el torrente animal y torcer a la derecha. Por suerte, todo había quedado en un susto, habían llegado vivos al museo. Gustavo bullía de satisfacción, todo había pasado y sólo le quedaba disfrutar. El corazón del pequeño volvió a su latido de reposo.

Se encontraban ya todos los niños en parejas, de la mano y formando una larga fila encabezada por dos maestros que, un tanto despreocupados, se contaban sus planes para el fin de semana. Pasaban por delante de una gran entrada con elegantes peldaños en su faldón cuando el pequeño Gustavo pudo ver, lejos en el interior del edificio, una gran mole de hierro con forma de máquina. Quedó perplejo, fascinado por la silueta de aquella cosa, pensó que esa debía ser la parte principal del museo así que decidió romper la fila y entrar por la puerta. Nunca le había gustado la manera que tenían sus profesores de hacer las visitas y pensó que, una vez más, éstos se equivocaban. Esa debía ser la puerta buena y ellos, despistados con sus cuentos, ¡se la estaban dejando atrás! No sintió la necesidad de sugerir nada a sus profesores por lo que se encamino solo dirección la sala de la máquina. El rostro de su compañera de fila, al ver a su compañero adentrarse en aquel lugar desconocido, se enrojeció de angustia para explotar en un llanto interior que nadie apreció. Rápidamente, buscó compañía cogiéndose de la mano de la pareja que tenía delante. El grupo de escolares prosiguió su camino hacia el verdadero Museo de Ciencias Naturales, en cambio, Gustavo se sumergía en el mundo de la Escuela de Ingenieros. Y realmente, se sumergió.

Diecisiete años después, Gustavo salía de aquellas mismas puertas por las que había entrado por primera vez siendo un niño. Aun recordaba aquella historia de su infancia cuando, embrujado por la máquina, entró en la ETSSI. Hubo un tiempo en el que sonreía inconscientemente cuando recordaba las tres horas que había pasado en la Escuela caminando por sus interminables pasillos, por su bulliciosa cafetería y por muchos de los rincones que todavía esconde la desorganizada Escuela de Ingenieros. En su recuerdo, los pasillos no tenían fin y había cientos de clases en su recorrido, la gente que se encontraba por el camino hablaba de cosas extrañas, la cafetería tenía todos los colores que podía imaginar y olía a su comedor del colegio. Recordaba que la gente entraba y salía por las puertas y esquinas sin ningún orden temporal. Todavía se acordaba de aquel grupo de hombres y mujeres – así lo recordaba – pidiendo comida en la cafetería; la estampa le había parecido igual a la que tuvo una vez en el pueblo de su padre, cuando vio unas crías de pájaro comer de la boca de su madre. Todo había sido sorprendente en aquella Escuela, todas las máquinas que vio, todas esas cajas fuertes cerradas con candados en los pasillos, aquellas capsulas con esos hombres de azul en su interior, ¡incluso había visto el infierno! – luego de su vuelta a la ETSII como estudiante, se había dado cuenta de que era la sala de ordenadores –. Era un recuerdo de infancia en el que la Escuela de Ingenieros, aun con todo, salía muy bien parada, la escuela estaba mitificada, era lo más grande. Por ello y entre otras cosas, cuando Gustavo decidió que quería ser ingeniero – lo de ser ingeniero era totalmente vocacional, le perdían los inventos –, hizo todo lo posible por entrar en esa Escuela, hasta que lo consiguió.

Ahora, seis años después de su entrada como estudiante, con el título de Ingeniero en Automática y Electrónica Industrial bajo el brazo, Gustavo salía de la Escuela desencanta con la universidad, con la investigación en España y con el mundo. Odiaba ver qué tipo de estudiante triunfaba, que tipo de personas continuaban y hacían el doctorado, qué desastre eran los departamentos que había conocido y qué triste era ver que su trabajo no había sido reconocido. ¿Por qué no habían sido capaces de motivarle?, ¿por qué le dejaban escapar?, ¿de que se trataba todo esto? Se preguntaba Gustavo. Su cabeza bullía de ideas que la universidad estaba perdiendo para siempre, y si le había pasado a él, ¿a cuantos genios más se había perdido? ¿No se suponía que la universidad debía ser más libre, más renovada, más audaz, más capaz, más creyente, más grupo, más de verdad que cualquier otra institución?

Desilusionado con su paso por la ETSII, lo único que le apetecía a Gustavo era subir a la montaña, ‘a tomar por culo, me hago ermitaño’ se decía. En su lugar, se desplazó al norte, a trabajar. A trabajar en una empresa que ya le conocía, una empresa que sabía de su potencial, una empresa pequeña que había sabido ver dónde estaba el ingenio.

La propia Escuela de Ingenieros se había encargado de demostrar a Gustavo, que aquel pequeño de cinco años se había equivocado.

Jose Manuel