Varios, Relatos, Revistas publicadasFebruary 27, 2007 7:23 pm

“Madrid es una ciudad de más de un millón de cadáveres…” decían los versos de Dámaso Alonso. En esta escuela somos menos pero nos pudrimos igualmente.
El proceso es muy sutil, algunos no llegarían a darse cuenta ni aunque viviesen cien vidas. Pero sin embargo nos pudrimos. Nos pudrimos lenta y supínamente. Y poco a poco nuestros huesos blanqueados al sol se agrietan y resquebrajan, convirtiéndose en polvo. Y solo es polvo, el polvo de lo que fuimos, lo que acaba la carrera.
Diréis que toda esta palabrería no son más que licencias poéticas, meras exageraciones enfáticas. Pues bien, yo desafío a cualquiera de vosotros, a decirme, mirándome a los ojos y con la mano en el corazón, que mis palabras no esconden aunque sea una pizca de verdad.

Antes de ir más adelante, quiero dejar algo claro, esta exhortación no va contra la carrera en sí, ni siquiera contra la general pobreza de medios, que en el fondo son lo de menos, si no contra el “método” que se sigue en esta “santa” escuela.
Lo cierto es que me siento día tras día, hora tras hora, a vegetar en nuestras barrocas sillas de brazo (barrocas no tanto por su diseño, como por lo recargado de los graffiti y las runas ancestrales que las adornan). Es como estar en misa las más de las veces, solo que en la iglesia tienen la deferencia de hacerte sentarte y levantarte cada dos por tres para que no te duermas. El profesor salmodia (hay algunos que más bien lo musitan) su sermón que traen bien apuntadito de casa. Suena la campana. Amén. Podéis ir en paz.

La ciencia se basa en la disciplina de trabajo, es cierto, pero también en la creatividad, la experimentación y en la colaboración entre individuos. Pues bien, creo que este “método” educativo ejerce un efecto que podríamos llamar de “pie de trinchera” sobre nuestras mentes. Los soldados de la “Gran Guerra” debían permanecer durante horas de pie, en salobres trincheras, muchas veces encenagadas y a veces incluso inundadas. Si no tenían cuidado, en sus pies empezaba a producirse un dolorosísimo principio de gangrena, que a veces podía acabar incluso en amputación… En efecto, no puedo dejar de imaginarme como se gangrenan lentamente nuestros cerebros, en un ambiente tan salobre para el aprendizaje. ¿Hay muchos de vosotros que puedan afirmar que una gran parte de las asignaturas no se las acaban estudiando a machete, deprisa y corriendo, haciendo trampas al conocimiento y colándome inmundamente por la puerta de atrás del aprendizaje? Sé que los hay, es más, mentiría si dijese que no hay gente que aprende de forma “sincera”, pero ¿Acaso no creéis que esos compañeros nuestros aprenderían de todas formas, fuese cual fuese el sistema?
Algunas veces, pocas no lo dudéis, algún enseñante osa cambiar mínimamente lo establecido. Pocos son, bien es cierto, los profesores que osan y prácticamente ninguno el que además quema las naves tras de sí. Y lo trágico es, sin embargo, que entonces, son los propios alumnos, cadáveres del conformismo, los que se le oponen encarnizadamente. Hay algo patológico, enfermizo en esta escuela, creo yo. Algo que embota la imaginación, como el oxido embota el filo de una espada. Porque, ¿No os parece curioso, que alguien pueda ser a la vez el preso y el carcelero? Pero bueno, ya sabéis, que uno no se da cuenta de que vive encadenado, hasta que intenta caminar.

Tal vez algunos me acusareis de no haber escrito un relato en el puro sentido de la palabra. De haberme aprovechado de este espacio para liberar mi amargura y soltar a mis demonios personales. Pero en el fondo, ¿Qué esperabais que saliera de un marco tan siniestro como la escuela?.
En fin, puede que no os falte razón de todos modos, aunque salvo el mercenario que escribe para comer, todos aquellos que se plantan ante una pagina en blanco lo hacen, directa o indirectamente, para hablar de sí mismos, de lo que han visto, de lo que sienten, de lo que anhelan. Algunos dicen que la escritura es como un exorcismo. Yo no creo que eso sea del todo cierto. Al fin y al cabo, los demonios siguen estando ahí. Pero aunque no se hayan ido, al compartir la carga con otro, su peso se torna más soportable…

Ayer miré por la ventana y vi los castaños de indias de la entrada. Tristes y mudos, desahuciados de hojas por el invierno. Así de desahuciado me siento yo. Sin embargo ahora sé que se puede vencer al invierno del alma. Un día cruzaré esas puertas bajo un sol radiante. Contemplaré los castaños y ellos me devolverán la mirada insultantemente cuajados de flores. De la misma forma el alma retoña una vez se derriten los hielos. Ni siquiera el más duro invierno dura eternamente, al final siempre acaba llegando la primavera…

Mars Ultor

Varios, Relatos, Revistas publicadas 7:22 pm

Tras pasar cinco años en la escuela me he dado cuenta de que la supervivencia en la misma no es muy diferente a una buena partida de mus.

Para que todo el mundo entienda mi teoría comenzaré por ese primer año que a la mayoría nos trajo de cabeza y que no sería más que el comienzo de un largo camino no exento de dificultades.

La primera fase, la elección de la carrera que marcaría nuestro futuro (y posiblemente nuestra estabilidad mental), la podríamos denominar como “¿hay mus?”. Admiro a los que desde siempre tuvieron claro lo que querían estudiar, porque la verdad es que yo tuve que descartarme varias veces hasta que llegué a lo que pensaba que sería mi mejor jugada. Y eso sin contar con que alguien diga que no hay mus antes de que tú hayas conseguido decidir si te quedas con tres sietes o te la juegas y las tiras todas ¿Acaso no es esa la función de las temidas notas de corte? Toda la vida planeando lo que quieres ser de mayor y de repente alguien decide que por una décima no tienes derecho a una nueva mano.

Pero una vez superado ese primer paso la partida ya ha comenzado. Cuando has tomado la decisión de estudiar ingeniería industrial en la Escuela, ya sea por vocación, por seguir la tradición familiar o simplemente por puro masoquismo, te encuentras inmerso en un mundo totalmente desconocido. Es como cuando juegas al mus por primera vez. La gente intenta explicarte en qué consiste eso de la grande y la chica, y tú crees que más o menos has pillado el concepto, pero hasta que no te pones a jugar no te das cuenta de que te quedan miles de cosas por aprender.

En la Escuela pasa algo parecido. La gente te habla de las academias, de los libros, de las colecciones de ejercicios, de las fotocopias de apuntes de otros años…Al final te juntas con una cantidad inmensa de información y a la hora de ponerte a estudiar no sabes por donde empezar. Es en ese momento cuando empiezan las preguntas del tipo: “entonces que es mejor: ¿tres reyes y un caballo o dos caballos y dos reyes?”. Y cada uno te contará su teoría y al final te quedarás como al principio, porque en la Escuela y en el mus cada maestrillo tiene su librillo.

Y eso por no hablar de las señas. No sólo tienes que acordarte de en qué consistía cada jugada, sino que además tienes que asociarla con la seña correspondiente y conseguir que el adversario no te la vea, algo bastante complicado si no eres capaz de controlar con una rapidez sobrenatural cada uno de los músculos de tu cara.

En nuestra carrera eso se traduce en ser capaz de compaginar las clases con las prácticas, con los horarios de las academias y con los acontecimientos sociales que nunca debes dejar de lado. Porque un ingeniero industrial sin vida fuera de la escuela es como un jugador de mus que no sea capaz de tirarse un farol: si no te tocan las cartas que esperabas tienes que buscar un plan de contingencia. Y en la Escuela es bastante improbable que te toque un solomillo de primeras dadas.

Y así, casi sin darte cuenta te plantas en febrero, o lo que es lo mismo, en el final de la primera partida. Algunos consiguen ganar a base de órdagos; otros, los menos, tienen lo que se llama “la suerte del principiante”, y la gran mayoría se da de bruces con la realidad del juego: un buen jugador de mus se hace partida tras partida.

Es en ese momento cuando descubres que no estudiaste como debías, que va a ser verdad que no basta con aprendérselo todo como en el instituto, o que tal vez tu estrategia de juego no fue la correcta. No te queda entonces más remedio que pedir la revancha y esperar a la siguiente partida.

A estas alturas de tu proceso de aprendizaje alguien te dice eso de: “jugador de chica, perdedor de mus”, y entonces te decides a soltar todos los pitos y presentarte sólo a cuatro en junio para ver si así al menos consigues un poco más de tiempo para llevarlas perfectamente preparadas. Unas veces funciona y otras no, porque al fin y al cabo nunca sabes las cartas que te van a tocar, y casi siempre ponen los exámenes más fáciles en las asignaturas que decidiste dejarte para septiembre (o tal vez eso es lo que nos gusta pensar cuando descubrimos que la nueva estrategia tampoco ha dado resultado).

No quiero olvidarme de mencionar la importancia de saber escoger la pareja de juego correcta. Uno no es nadie en esta escuela si no sabe rodearse de la gente adecuada, que siga tu misma estrategia y consiga captarte las señas con apenas un pestañeo. No se trata sólo de conseguir los mejores apuntes o ser capaz de ver las respuestas del de al lado en los exámenes, sino de encontrar a alguien que te motive en el día a día y con quien sepas que puedes compartir tanto los triunfos como las derrotas.

Tu forma de juego se va depurando en cada partida. Poco a poco vas conociendo a tus contrincantes y eres capaz de adelantarte a sus jugadas preparándote a conciencia los exámenes de otros años o simplemente pasándote horas y horas delante de soporíferos apuntes. Unas veces ganarás por goleada y otras posiblemente lo pierdas todo por culpa de un órdago mal visto, pero lo importante es conseguir mantener la mente fría y recordar que en la vida como en el mus, da igual las batallas que pierdas si al final consigues ganar la guerra. No olvidemos que hasta que no canta la gorda no se acaba la ópera.

Pisti

Varios, Relatos, Revistas publicadas 7:21 pm

El día de hoy era un gran día para el pequeño Gustavo, todos sus compañeros de clase y él se iban de excursión al Museo de Ciencias Naturales de Madrid. Ilusionado con la idea de ver toda clase de animales, Gustavo, sentado en su asiento, miraba por la ventanilla del autobús absorto en sus pensamientos – estado éste de evasión muy común en la vida del soriano –. Algo en el ir y venir de los coches circulantes le hizo detenerse a su observación; se asomaban por aquí y aparecían por allá, delante y detrás, rodeando por momentos el enorme autobús en el que se desplazaban. Le vino a la memoria aquel documental que vio en la televisión en el que un grupo de desagradables animales tenía rodeado, superando en número, a un león malherido. Éstos, emitían desagradables sonidos, enseñaban los dientes, gruñían y, al menor descuido del acorralado león, se le echaban encima atacándole fieramente. Gustavo empezó a temer que las intenciones de aquellos coches que revoloteaban alrededor de esa manera tan estrepitosa, fueran las mismas que las de aquel grupo de animales del documental. Los ojos en tensión del ya horrorizado pequeño, vigilaban los movimientos del entorno esperando la primera acometida. Los coches pitaban sin control, los conductores gritaban al autobús con rabia. Gustavo estaba viviéndolo todo en silencio desde su asiento, sus compañeros en cambio, alborotados y excitados por la excursión, gritaban y reían al margen. El indeseado momento parecía estar llegando. Los conductores enseñaban los dientes, gruñían. Daba la impresión de que al menor descuido del chofer, el conjunto de coches de en derredor se echaría encima. De repente, con una hábil maniobra, el autobús logró evitar el torrente animal y torcer a la derecha. Por suerte, todo había quedado en un susto, habían llegado vivos al museo. Gustavo bullía de satisfacción, todo había pasado y sólo le quedaba disfrutar. El corazón del pequeño volvió a su latido de reposo.

Se encontraban ya todos los niños en parejas, de la mano y formando una larga fila encabezada por dos maestros que, un tanto despreocupados, se contaban sus planes para el fin de semana. Pasaban por delante de una gran entrada con elegantes peldaños en su faldón cuando el pequeño Gustavo pudo ver, lejos en el interior del edificio, una gran mole de hierro con forma de máquina. Quedó perplejo, fascinado por la silueta de aquella cosa, pensó que esa debía ser la parte principal del museo así que decidió romper la fila y entrar por la puerta. Nunca le había gustado la manera que tenían sus profesores de hacer las visitas y pensó que, una vez más, éstos se equivocaban. Esa debía ser la puerta buena y ellos, despistados con sus cuentos, ¡se la estaban dejando atrás! No sintió la necesidad de sugerir nada a sus profesores por lo que se encamino solo dirección la sala de la máquina. El rostro de su compañera de fila, al ver a su compañero adentrarse en aquel lugar desconocido, se enrojeció de angustia para explotar en un llanto interior que nadie apreció. Rápidamente, buscó compañía cogiéndose de la mano de la pareja que tenía delante. El grupo de escolares prosiguió su camino hacia el verdadero Museo de Ciencias Naturales, en cambio, Gustavo se sumergía en el mundo de la Escuela de Ingenieros. Y realmente, se sumergió.

Diecisiete años después, Gustavo salía de aquellas mismas puertas por las que había entrado por primera vez siendo un niño. Aun recordaba aquella historia de su infancia cuando, embrujado por la máquina, entró en la ETSSI. Hubo un tiempo en el que sonreía inconscientemente cuando recordaba las tres horas que había pasado en la Escuela caminando por sus interminables pasillos, por su bulliciosa cafetería y por muchos de los rincones que todavía esconde la desorganizada Escuela de Ingenieros. En su recuerdo, los pasillos no tenían fin y había cientos de clases en su recorrido, la gente que se encontraba por el camino hablaba de cosas extrañas, la cafetería tenía todos los colores que podía imaginar y olía a su comedor del colegio. Recordaba que la gente entraba y salía por las puertas y esquinas sin ningún orden temporal. Todavía se acordaba de aquel grupo de hombres y mujeres – así lo recordaba – pidiendo comida en la cafetería; la estampa le había parecido igual a la que tuvo una vez en el pueblo de su padre, cuando vio unas crías de pájaro comer de la boca de su madre. Todo había sido sorprendente en aquella Escuela, todas las máquinas que vio, todas esas cajas fuertes cerradas con candados en los pasillos, aquellas capsulas con esos hombres de azul en su interior, ¡incluso había visto el infierno! – luego de su vuelta a la ETSII como estudiante, se había dado cuenta de que era la sala de ordenadores –. Era un recuerdo de infancia en el que la Escuela de Ingenieros, aun con todo, salía muy bien parada, la escuela estaba mitificada, era lo más grande. Por ello y entre otras cosas, cuando Gustavo decidió que quería ser ingeniero – lo de ser ingeniero era totalmente vocacional, le perdían los inventos –, hizo todo lo posible por entrar en esa Escuela, hasta que lo consiguió.

Ahora, seis años después de su entrada como estudiante, con el título de Ingeniero en Automática y Electrónica Industrial bajo el brazo, Gustavo salía de la Escuela desencanta con la universidad, con la investigación en España y con el mundo. Odiaba ver qué tipo de estudiante triunfaba, que tipo de personas continuaban y hacían el doctorado, qué desastre eran los departamentos que había conocido y qué triste era ver que su trabajo no había sido reconocido. ¿Por qué no habían sido capaces de motivarle?, ¿por qué le dejaban escapar?, ¿de que se trataba todo esto? Se preguntaba Gustavo. Su cabeza bullía de ideas que la universidad estaba perdiendo para siempre, y si le había pasado a él, ¿a cuantos genios más se había perdido? ¿No se suponía que la universidad debía ser más libre, más renovada, más audaz, más capaz, más creyente, más grupo, más de verdad que cualquier otra institución?

Desilusionado con su paso por la ETSII, lo único que le apetecía a Gustavo era subir a la montaña, ‘a tomar por culo, me hago ermitaño’ se decía. En su lugar, se desplazó al norte, a trabajar. A trabajar en una empresa que ya le conocía, una empresa que sabía de su potencial, una empresa pequeña que había sabido ver dónde estaba el ingenio.

La propia Escuela de Ingenieros se había encargado de demostrar a Gustavo, que aquel pequeño de cinco años se había equivocado.

Jose Manuel

Revistas publicadas 7:15 pm

En el número 28 de AWA se dan los ganadores del concurso de relatos cortos, y al publicar los relatos, aparecen Órdago a Grande y Desencanto, pero no Invierno de la Mente. Ha sido un fallo de maquetación y pedimos perdón a Mars Ultor. Su relato será publicado en AWA 29.

Aprovecho estas líneas para agradecer su participación.

Un saludo!!