María estaba leyendo un libro cuando empezó a nevar. Intentó abrocharse la cremallera del abrigo. Luego guardó el libro, se quitó los guantes y durante un rato estuvo mirando como se fundían los copos de nieve en sus manos. Era agradable, pacífico, una forma como cualquier otra de perder el tiempo. Navidades. Era raro que nevase en esa época del año. Se puso a andar por el parque sin rumbo fijo. Estaba un poco cansada y en ese momento no le apetecía ir a ninguna de las fiestas de parientes y amigos a las que le habían invitado. Eso también era raro. Tras estar tanto tiempo en paro sería lógico que diese cualquier cosa por ver gente, organizar fiestas, hacer algo distinto… Pero no, se había acomodado. En eso pensaba cuando vio como se acercaba Elena. Rápidamente se sentó en un banco tapándose la cara con el libro. Para María no había nada más embarazoso que una conversación no prevista. Todas empezaban: “Hola, María, ¿Qué tal estás?”, “Bien, gracias, ¿y tú?”, “También. ¿Has encontrado trabajo”, “No” y un silencio embarazoso. En Navidad más que nunca y con Elena sobre todo. Era una prima suya, de su edad, amigas desde la infancia. A Elena todo le iba bien últimamente y seguro que querría ayudarla en algo. Como si eso hubiera dado resultado alguna vez.
Elena se paró junto a un banco en el parque. El tiempo que esperaba a Daniel se le hizo corto, divertida con la música que ponían en la radio.
- ¡Daniel!¡Aquí! – dijo saludando con el brazo.
- Hola Elena. ¿Ya has comprado los regalos?
- Sí, sí, no te preocupes.
- ¿Y qué le has comprado a María?
- Un reloj de pulsera, ¿crees que le gustará? Es de su estilo.
Había estado dudando: un abrigo, una picadora… Pero al final se dijo que un regalo tan útil heriría la sensibilidad de María. Últimamente le costaba hablar con ella. En seguida se quedaba mirando al vacío, no contestaba a las preguntas, ni parecía interesarse por nada que ella pudiera decir. A veces volvía insistentemente a un tema de conversación, generalmente centrado en la vida de Elena. Era evidente que María la envidiaba y por eso Elena no quería hablar de sí misma con ella. La consecuencia era que en los últimos meses su relación se había enfriado mucho, pero tenía confianza en la fiesta de nochebuena. Iba a venir a alguna gente del trabajo que probablemente podrían recomendar a María, o incluso contratarla directamente para algún trabajo. Había puesto mucho cuidado en la gente que invitaba a la cena y le decepcionaba no haber tenido aun noticias de si ella iría o no. Le desagradaba profundamente el egoismo María, que no se dejaba ayudar, y empezaba a odiarla por eso. Detestaba su pose despectiva, sus temas de conversación y su mirada de autosuficiencia. ¡Dios, ojalá ella no se enterara nunca!
- Sí, seguro, no te preocupes. Ahora vámonos, que me muero de frío.
“Así que un reloj de pulsera”, pensó María, “que bien”. Ella le había comprado un colgante a juego con un vestido que una vez le vio puesto. No podía permitírselo pero le había dado igual. Comparándolo con el que ella iba a recibir ahora no se arrepentía. De todos modos no iría a la fiesta. Sus padres se habían empeñado en que fuese a casa ese día y con enfrentarse a ellos y compañía en la comida ya tendría más que suficiente. Al fin y al cabo, ya se había acomodado. Seguro que esa noche alguno de sus vecinos del edificio tampoco haría nada.

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