Bajo por las escaleras, paso los tornos y bajo de nuevo más escaleras. Me sitúo al final del andén, como siempre. De repente escucho un ruidito, un pitido como el que hace un discman cuando se le da al play, pero muchísimo más alto. Miro a mi alrededor y sólo hay una muchachita, moderna, que me mira de arriba a abajo mientras se ajusta unos auriculares descomunales. Le devuelvo la mirada. Vuelve a sonar el ruidito. Le miro de nuevo y otra vez el dichoso sonidito. ¿A qué leches estará jugando esta cría? Llega el tren y vuelvo a casa.
Al día siguiente, bajo las escaleras, paso los tornos y bajo de nuevo los restantes escalones. Me sitúo al fondo del andén, como siempre. El ruido reaparece. Espero. Vuelve a sonar. Le pregunto a un hombre que está a mi lado si él también lo oye. Con una mueca mitad sorpresa, mitad desprecio, me dice que me vaya a molestar a otro con preguntas estúpidas. Llega el tren y vuelvo a casa.
Al día siguiente, bajo las escaleras, salto los tornos y bajo de nuevo más escaleras. Me sitúo al final del andén, como de costumbre, y me siento en un banco. El pitido infernal suena de nuevo. Dejo escapar el tren y espero a quedarme sólo. El ruidito otra vez. Dejo que otro tren se marche. El pitido se hace más fuerte. En un momento dado me fijo en el andén de enfrente. De una de esas diminutas puertecitas que suele haber al lado de los carteles publicitarios se escapan unas risitas. Me fijo y cesan de repente. Subo las escaleras corriendo, cruzo las vías y llego a la puerta. La abro de una patada.
Me encuentro a tres enanos en una sala llena de monitores grabando mis pasos desde distintos ángulos. Mi asombro es grande, pero el suyo lo es aún más. Sin tiempo para reaccionar no se me ocurre otra cosa que cerrar la puerta y, aún aturdido, tomar el tren de regreso a casa.
Al día siguiente me cruzo con uno de los hombrecillos del día anterior. Me saluda dándose una palmadita en el sombro. Llego al final del andén y me siento. No hay pitido, por fin. Aparece mi tren y, al ir a subir, se me acerca el hombre del segundo día y me pregunta si yo también oigo ese ruido de mil demonios. Le digo que no, le miro desconcertado y él, más desconcertado aún, deja escapar el tren y se sienta en el banco.

Jajaja ¡Me ha encantado!
Comment by Bichitis — December 1, 2006 @ 2:43 pm