Déjame pensar. Todo comenzó hace unos cuantos años. Estaba enfrente mío. Nuestros ojos coincidieron y ella me sonrió; le devolví el gesto y soltó una risita inocente. Quise saber su nombre, pero sus padres le habían dicho que no era bueno hablar con desconocidos. Me presenté. Encantada, dijo, e hizo una cómica reverencia. Noté que sus piernecitas bailaban en el asiento distraídamente siguiendo el traqueteo del autobús. Sus manos sujetaban una mochila. Le pregunté si quería que le ayudase a llevarla. Pesa mucho, me advirtió, y volvió a sonreir. Le acompañé hasta su casa. Se despidió con un gracioso movimiento de manos. Entró en el portal. Yo también. Ahogué su grito en un instante; luego permaneció inerte. Me despedí.

Déjame pensar. ¿Que por qué te cuento todo esto? No lo sé, tal vez para que sepas que no soy un monstruo.

Tranquila, no llores. Recuerda que siempre serás mi favorita.

Saturnista ħ