Era un mundo fascinante. En él ella se sentía con poder, nada podía hacerla daño y era posible que la vida la sonriera.
No era capaz de recordar cuando descubrió ese mundo, sólo sabía que era el lugar en el que le gustaría estar siempre.
Sin lágrimas, sin heridas que no cicatrizan, sin manchas que no se van. Con películas con final feliz, con historias amables, con sueños convertidos en realidad, con sonrisas.
Parecía perfecto, sólo tenía una pequeña pega, pero a ella no le importaba.
Al principio sólo entraba en él en ocasiones especiales, el resto del tiempo intentaba sobrevivir como lo hacemos los demás.
Pero la situación fue evolucionando y se convirtió en su refugio, en el único que tenía.
Tras cada portazo, tras cada grito, tras cada golpe, tras cada lágrima, se metía en él y se prometía a si misma no salir nunca. Pero la sacaban nuevas heridas y nuevas lágrimas.
Su mundo… Hubo un día en que decidió que nadie sería capaz de sacarla de él.
Se metió en el baño e hizo lo que había visto en películas con final triste. Cerró los ojos y soñó que su final sería distinto.
Tuvo suerte, no como tantas otras, fue rescatada y llevada a otro mundo. No tan maravilloso como lo era el suyo pero no tan duro como era su casa.
Tardó en adaptarse, tardó en recuperarse, tardó en sonreír… Dejó de importarle el final de las películas, porque sólo son películas.
Con el tiempo encontró otro mundo, gracias a gente como tú que le enseñó que las heridas cicatrizan aunque tarden mucho y que la vida puede sonreír también en este mundo.
Descubrió que éste si es de verdad y que puede no haber lágrimas.
Incertidumbre
