Traidor, pensó la muchacha bajando del coche. En su casa se cambió los zapatos por unas babuchas con hilos de oro, y se abrió el pecho para limpiar su corazón. Lo hizo suavemente, con un paño humedecido, sacando una por una todas las finas agujas de plata que lo oprimían. Luego colocó otra vez todo en su sitio. Era una operación rutinaria que repetía unas dos veces al día. Le llamó por teléfono. Tú no tienes la culpa, Oscar, le dijo, pero él tampoco se disculpó. Al colgar sonrió un momentito, mirando a la ventana, donde detrás de su reflejo se veían lejanas las estrellas. No, él no tenía la culpa, pero él corazón a ella nunca se lo hubiera permitido. Volviéndolo a sacar lo estuvo observando un rato entre sus manos de artista. Le gustaba su corazón, y siempre le hacía caso. Latía cada vez más fuerte entre sus dedos empapados. Le gustaba, por sus paredes duras y sus generalmente acompasados latidos. Volvió a pensar en Oscar, y otra vez le disculpó, pero pensando: traidor, y su corazón volvía a cubrirse de arenilla y raspones. Esta vez lo metió debajo del grifo y miró como el agua tibia llegaba a cubrirlo. Ahora eres un pez, le dijo y se durmió profundamente. Al despertar fue a buscarlo. El pez nadaba en círculos tranquilamente por la pila, bajo el agua cristalina que reflejaba la luz de la mañana. La muchacha silbó entre dientes: ¿dónde estás? Él pez siguió su baile diciendo traidor, mientras ella lo miraba hipnóticamente. Trató de capturarlo sin mucho empeño con la mano. Al no conseguirlo le ordenó: ¡Corazón! Pero nadaba. Entonces, con un gesto rápido y los dientes apretados quitó el tapón del fregadero vaciándolo, y lo dejó agonizar. Con mano experta sacó las tripas y se comió a bocados el resto, ignorando las últimas contorsiones, y el dolor que le causaban las espinas al romperse en el paladar. Luego bajó al coche, iría a casa de Oscar. Sus ojos castaños le devolvieron la mirada en el retrovisor. Parecía un fino gato negro, con su tez morena y su pelo siempre liso al que no hacía falta peinar. Dibujó una sonrisa y clavó las uñas en el volante, mirando con determinación. Ya llegaba. Traidor. Entonces lanzó un grito que le sorprendió a ella misma. No pudo seguir conduciendo. Las espinas, sin corazón en el que clavarse se le hundían en la carne y él dolor que causaban le recorría todo el cuerpo. Contorsionándose y gritando en el asiento delantero, sintió como la sangre le llegaba a la boca y le enturbiaba la mirada mientras pensaba cada vez con más fuerza: traidor. Su último esfuerzo le sirvió para pisar con fuerza el acelerador.
bichitis

Uf, contundente. Qué final! Me encanta cómo concluyes los relatos, siempre me sorprendes. Bichitis, 12 points!!
Comment by laweni — September 2, 2006 @ 9:30 pm