<No había forma de convencer a mis padres de que en Abril cambiaban la hora para adaptarse al horario de verano. De la misma forma, mis padres nunca habían logrado convencer a mis abuelos de que el mundo ya no se regía por el horario solar. Guiados por la rutina a nadie le importaba la hora en que estábamos, pero eso estuvo a punto de cambiar cuando desapareció la tía Alejandra. Ella era una viuda rica de unos 60 años, siempre envuelta en largos collares de perlas y acompañada por su gato. Perdida en su memoria solía olvidarse de quiénes éramos, y con ojos alegres nos invitaba a visitarla en la casa de su esposo.
>Para la policía la tía Alejandra se había caído por un acantilado, pero nosotros de algún modo sabíamos que había que seguir buscando. Por eso contratamos un detective privado, típico inglés, con sombrero de hongo y barba puntiaguda, de una paciencia y puntualidad admirables, aunque poco se diera cuenta mi familia de esto. Era frecuente verle consultar su reloj de bolsillo contando los minutos que llevaba esperando a alguien, generalmente previamente citado a una hora determinada. Pronto se enteró de que un primo mío había visto a la tía dando un paseo a las cinco de la tarde, de que mi madre la había visto salir de casa a las cinco y media y de que se había despedido de mi abuelo en la terraza poco antes a las siete. Lógicamente, pasó a pensar que alguno de nosotros la debía haber asesinado. Al fin y al cabo, mi prima Teresa era ahora una rica heredera, y el día de la desaparición, a las cinco de la tarde había estado según mi padre hablando con él, según mi abuela podando el seto y según tanto mi hermana como ella habían estado cosiendo juntas.
<Demasiado tarde empezábamos a darnos cuenta de las consecuencias de nuestra falta de consenso en materia de horarios. Mi abuelo compró relojes de pulsera para todos, y aunque eran las ocho, insistía en que todos nos los pusiéramos a las doce en punto para que empezaran a funcionar todos juntos desde el principio. Justo entonces llegó el detective para anunciarnos que había liberado a “Tresita” de toda sospecha. Todo el pueblo la había visto pasar junto a la tía Alejandra en el nuevo auto del nuevo veterinario. Con los hurras me di cuenta de que nuestro hogareño sistema horario estaba salvado, pero ¿Dónde estaba la tía Alejandra?
>El detective, un poco porque se vio incapaz de aclarar más el misterio, un poco porque se acostumbró a que tres generaciones de mujeres de la casa le invitaran tres veces al día a te con pastas, dejó de investigar pero no se fue de la casa. Paseaba por el pueblo haciendo amistades, y se enamoró de una mujer que vivía en las afueras. Intrigada por la identidad de esta señora, le pedí la dirección y decidí ir a visitarla con Mambo, uno de nuestros perros. Me adentré en el bosque de detrás de la colina hasta llegar a una especie de muro de piedras casi completamente oculto por la maleza. Al encaramarme, ví que tras varios metros de un olvidado jardín, se ocultaba una vieja casa con la puerta abierta que yo nunca había visto antes. Contemplando estaba cuando mi perro entró ladrando en la casa detrás de un gato. “¡Quieto, Mambo!”, se oyó gritar desde dentro. Era la voz de tía Alejandra.
bichitis

Qué chulo!! Me encantan tus relatos.
Comment by Incertidumbre — August 22, 2006 @ 6:23 pm
jajaja Gracias. A mí también me gustan los tuyos… ¿eso te sugiere algo? ¡A ver cuando puedo ponerte yo un comentario!!
Comment by Bichitis — August 24, 2006 @ 9:19 am