Varios, RelatosAugust 30, 2006 9:27 pm

Traidor, pensó la muchacha bajando del coche. En su casa se cambió los zapatos por unas babuchas con hilos de oro, y se abrió el pecho para limpiar su corazón. Lo hizo suavemente, con un paño humedecido, sacando una por una todas las finas agujas de plata que lo oprimían. Luego colocó otra vez todo en su sitio. Era una operación rutinaria que repetía unas dos veces al día. Le llamó por teléfono. Tú no tienes la culpa, Oscar, le dijo, pero él tampoco se disculpó. Al colgar sonrió un momentito, mirando a la ventana, donde detrás de su reflejo se veían lejanas las estrellas. No, él no tenía la culpa, pero él corazón a ella nunca se lo hubiera permitido. Volviéndolo a sacar lo estuvo observando un rato entre sus manos de artista. Le gustaba su corazón, y siempre le hacía caso. Latía cada vez más fuerte entre sus dedos empapados. Le gustaba, por sus paredes duras y sus generalmente acompasados latidos. Volvió a pensar en Oscar, y otra vez le disculpó, pero pensando: traidor, y su corazón volvía a cubrirse de arenilla y raspones. Esta vez lo metió debajo del grifo y miró como el agua tibia llegaba a cubrirlo. Ahora eres un pez, le dijo y se durmió profundamente. Al despertar fue a buscarlo. El pez nadaba en círculos tranquilamente por la pila, bajo el agua cristalina que reflejaba la luz de la mañana. La muchacha silbó entre dientes: ¿dónde estás? Él pez siguió su baile diciendo traidor, mientras ella lo miraba hipnóticamente. Trató de capturarlo sin mucho empeño con la mano. Al no conseguirlo le ordenó: ¡Corazón! Pero nadaba. Entonces, con un gesto rápido y los dientes apretados quitó el tapón del fregadero vaciándolo, y lo dejó agonizar. Con mano experta sacó las tripas y se comió a bocados el resto, ignorando las últimas contorsiones, y el dolor que le causaban las espinas al romperse en el paladar. Luego bajó al coche, iría a casa de Oscar. Sus ojos castaños le devolvieron la mirada en el retrovisor. Parecía un fino gato negro, con su tez morena y su pelo siempre liso al que no hacía falta peinar. Dibujó una sonrisa y clavó las uñas en el volante, mirando con determinación. Ya llegaba. Traidor. Entonces lanzó un grito que le sorprendió a ella misma. No pudo seguir conduciendo. Las espinas, sin corazón en el que clavarse se le hundían en la carne y él dolor que causaban le recorría todo el cuerpo. Contorsionándose y gritando en el asiento delantero, sintió como la sangre le llegaba a la boca y le enturbiaba la mirada mientras pensaba cada vez con más fuerza: traidor. Su último esfuerzo le sirvió para pisar con fuerza el acelerador.

bichitis

VariosAugust 28, 2006 8:49 am

… es el mango. Sin ninguna duda. Siempre. De todas todas. Puedes intentar resistirte, revelarte, ponerlo difícil, pero el mango es fuerte. Lo demás son puros accesorios a un mango pegados. Y el que domine el mango… dominará la sartén.

No importa que creas que tienes todos los ingredientes necesarios para un plato perfecto, que tengas todo listo y preparado, que sepas que nada puede estropearte ya ese manjar… lo primero que has de hacer es mirar quien agarra la sarten (por el mango, si la agarra por otro sitio no te preocupes, es un pardillo). Pues sin la colaboración del dueño y señor de la sartén, no tendrás nada. Y tendrás que volver a empezar, volver a intentarlo, hasta que él y sólo él decida que tu guiso merece ser cocinado.

Por suerte no todo en la vida se basa en la sartén, porque si no la visión podría ser algo desesperante.

Bien, decidieron cogerme la sartén al revés, quemar lo que había preparado. Tan descarado fue, que incluso intenté oponerme, quería, por una vez, cambiar la suerte sin la necesidad del elemento clave. Pero no es así. Un último giro de muñeca del mango me hizo volver a mi lugar. Mi sitio, al menos por un tiempo.

Veremos la próxima vez…

Zapito

Varios, RelatosAugust 20, 2006 11:45 pm

<No había forma de convencer a mis padres de que en Abril cambiaban la hora para adaptarse al horario de verano. De la misma forma, mis padres nunca habían logrado convencer a mis abuelos de que el mundo ya no se regía por el horario solar. Guiados por la rutina a nadie le importaba la hora en que estábamos, pero eso estuvo a punto de cambiar cuando desapareció la tía Alejandra. Ella era una viuda rica de unos 60 años, siempre envuelta en largos collares de perlas y acompañada por su gato. Perdida en su memoria solía olvidarse de quiénes éramos, y con ojos alegres nos invitaba a visitarla en la casa de su esposo.
>Para la policía la tía Alejandra se había caído por un acantilado, pero nosotros de algún modo sabíamos que había que seguir buscando. Por eso contratamos un detective privado, típico inglés, con sombrero de hongo y barba puntiaguda, de una paciencia y puntualidad admirables, aunque poco se diera cuenta mi familia de esto. Era frecuente verle consultar su reloj de bolsillo contando los minutos que llevaba esperando a alguien, generalmente previamente citado a una hora determinada. Pronto se enteró de que un primo mío había visto a la tía dando un paseo a las cinco de la tarde, de que mi madre la había visto salir de casa a las cinco y media y de que se había despedido de mi abuelo en la terraza poco antes a las siete. Lógicamente, pasó a pensar que alguno de nosotros la debía haber asesinado. Al fin y al cabo, mi prima Teresa era ahora una rica heredera, y el día de la desaparición, a las cinco de la tarde había estado según mi padre hablando con él, según mi abuela podando el seto y según tanto mi hermana como ella habían estado cosiendo juntas.
<Demasiado tarde empezábamos a darnos cuenta de las consecuencias de nuestra falta de consenso en materia de horarios. Mi abuelo compró relojes de pulsera para todos, y aunque eran las ocho, insistía en que todos nos los pusiéramos a las doce en punto para que empezaran a funcionar todos juntos desde el principio. Justo entonces llegó el detective para anunciarnos que había liberado a “Tresita” de toda sospecha. Todo el pueblo la había visto pasar junto a la tía Alejandra en el nuevo auto del nuevo veterinario. Con los hurras me di cuenta de que nuestro hogareño sistema horario estaba salvado, pero ¿Dónde estaba la tía Alejandra?
>El detective, un poco porque se vio incapaz de aclarar más el misterio, un poco porque se acostumbró a que tres generaciones de mujeres de la casa le invitaran tres veces al día a te con pastas, dejó de investigar pero no se fue de la casa. Paseaba por el pueblo haciendo amistades, y se enamoró de una mujer que vivía en las afueras. Intrigada por la identidad de esta señora, le pedí la dirección y decidí ir a visitarla con Mambo, uno de nuestros perros. Me adentré en el bosque de detrás de la colina hasta llegar a una especie de muro de piedras casi completamente oculto por la maleza. Al encaramarme, ví que tras varios metros de un olvidado jardín, se ocultaba una vieja casa con la puerta abierta que yo nunca había visto antes. Contemplando estaba cuando mi perro entró ladrando en la casa detrás de un gato. “¡Quieto, Mambo!”, se oyó gritar desde dentro. Era la voz de tía Alejandra.

bichitis