Todo el mundo los tiene, no los ves llegar, pero de repente te encuentras en medio de la nada, sin saber qué quieres hacer, sin saber cómo has llegado a estar así, quizás ni siquiera sabes por qué, pero, por el momento, no hay marcha atrás.

Vagas por el mundo que tienes ante ti porque no tienes más remedio que hacerlo, porque no tienes dónde desaparecer. Te gustaría simplemente que todo se detuviera hasta que volvieras a ser tú, el que solías ser. Pero no tienes ese poder. No te queda otra opción, caminar, seguir, confiar en que de la misma forma que has llegado hasta ahí podrás salir.

Los lentos segundos se hacen minutos y éstos a su vez horas. ¿Cuánto más va a tardar? ¡Vamos! ¿Qué necesito? El silencio es la única respuesta que obtienes, la oscuridad se cierne sobre ti y aumenta la sensación de que ese día ya no tiene salvación.

¿O sí?

Sabes a quién puedes acudir. Sabes que no te cerrará la puerta. Pero… ¿te apetece presentarte así? Simplemente a relatar algo que no sabes muy bien ni qué es…

Decides que sí, que debes quemar esa posibilidad, rezando por el camino en que todo esto pueda mejorar. Te abre la puerta, ves sus ojos, y misteriosamente todo empieza a cambiar. Se enciende una luz, se abre un camino. Lo agradeces. Una y otra vez. Nunca podrá comprender lo que ha significado ese cambio para ti. Esa mano. Esa cuerda salvadora. Esa lámpara que te buscó cuando creíste que nadie lo haría.

Ahora te invade otra sensación, inunda tu cuerpo, ahoga la tristeza, vence a los miedos y te hace mejorar. Es saber que eres afortunado. Lo eres. Mucho. Por el hecho de tener a alguien así.

Zapito