¡Qué pequeños resultan nuestras aspiraciones de pequeños graduados al ser introducidos en el nuevo mundo universitario! ¡Qué ilusas nuestras esperanzas e ideas!
Recordemos todos juntos esos primeros días en los que, con una sonrisa dibujada en el rostro, creíamos que al atravesar las puestas de la facultad – no, escuela, que suena más serio – se nos trataría como verdaderos adultos, se nos escucharía con interés y se tendrían en cuenta nuestras inquietudes y así escaparíamos por fin de ese infierno colegial en el que una mujer adusta te señalaba con un dedo acusador mientras clamaba que llamaría a tus padres para comunicarles tus ultrajes contra el sistema educativo. Recordemos ahora la depresión en la que nos sumimos al descubrir que se nos había engañado y se nos había enviado a un mundo en el que, viciados por su poder, hombres y mujeres tomaban las riendas de nuestro futuro sin proporcionarnos ayuda y regodeándose en nuestro fracaso.
Pero dejemos atrás las palabras bonitas y las desilusiones y hablemos de injusticias específicas, de inventos y de dibujo técnico (o, si lo preferís, expresión gráfica). Evitaremos, por supuesto, nombres, hablando así de una persona anónima que, aspirando aprobar dicha asignatura, se enteró algo tarde de este nuevo sistema implantado basado en exposiciones, tests, exámenes y trabajo, mucho trabajo. Siendo así, se acercó con miedo al departamento, intentando conseguir un lugar en los grupos asignados, recibiendo tan sólo un rápido y brusco “es muy tarde”. Dicha persona, habiéndose enterado de que habían admitido a alguien la semana siguiente, decidió acercarse de nuevo, recibiendo, otra vez, negativas, malos tonos y miradas tachándola de irresponsable. La historia continúa, acabando con un último intento frustrado de acceder al sistema, siendo rechazado con un rotundo no. Nuestro querido protagonista decidió resignarse, incluso admitir su responsabilidad hasta que, semanas después, a mitad de noviembre, recibió de fuentes fidedignas la noticia de que alguien había sido incluido en los codiciados grupos en dichas fechas.
¿Qué hacer?, se preguntarán. ¿Acusar al profesorado para no recibir nada a cambio y arriesgarse a poner su nombre en la lista negra de una asignatura tan subjetiva o sencillamente resignarse a esperar aprobar en febrero su examen? Queda de más decir que, por supuesto, la segunda.
¡Qué inocentes éramos y qué rápido dejamos de serlo! Y luego esperan que tengamos fe en el sistema…

Colaboración enviada por “AI”