Dios se me ha revelado. No a través de mis sueños, ni en una aparición mística, sino en el edificio de nuestra escuela. Ese día había yo ido allí para asistir a una revisión de ecuaciones diferenciales y estaba repasando algunas de éstas. De repente, mientras hacía tender a infinito una ecuación que describía los acontecimientos de mi vida en el tiempo en función de mis actitudes, simplificando mis actos, el folio del cuaderno se volvió más blanco, y mi bolígrafo, generalmente inánime, pareció adquirir voluntad propia, mientras repentinamente se intensificaba el aire acondicionado. Fue entonces cuando vi la solución escrita con divina caligrafía en el cuaderno. Como era de esperar, mi vida explota en un periodo de tiempo t y no pude ver más alla, pero pude ver claramente la forma de las orbitas, mi trayectoria vital, mis puntos de equilibrio estables y hasta el periodo de mis ciclos límite desde que nací. Eso me hizo comprender que Dios no está en el cielo, sino que existe dentro de las ecuaciones diferenciales, omnipotentes herramientas para conocer el comportamiento de las cosas naturales o creadas por el hombre en su inspiración divina. Hasta predicen el futuro y el pasado llevando los límites a infinito. Sorprendida y con esta nueva luz en mi mente, me levante y a la luz del halógeno pregunté con el puño en alto: “Dios, y ¿cómo nos juzgarás una vez nuestra vida explota? ¿Cómo un profesor en revisiones?”