¿Qué es el ectoplasma? Etimológicamente este término equivalente aproximadamente en “materia plástica que sale”.
Las primeras manifestaciones de este fenómeno se deben a Madame Boisson, y de él se han ocupado sabios como el inglés Crawford y el Doctor Geley. Según las experiencias metódicas hechas por el primero, el médium dejaba escapar de su cuerpo una sustancia que se alagaba hacia el exterior a varios metros de distancia, que levantaba objetos, los empujaba o los atraía. Cuando el objeto es muy pesado, la especie de vástago, la “palanca física”, como la llamaba Crawford, se dobla, se apoya en el suelo y se eleva verticalmente. Estas experiencias las ha continuado el doctor Geley, director del Instituto Metafísico, en su laboratorio, con el médium polaco Kluski y por el ingeniero del mismo país Lebiedziuski.
El proceso es más o menos el siguiente: De los orificios natrales del médium o de las extremidades de su cuerpo se desprende una sustancia gaseosa o vaporosa, líquida o sólida que se condensa, exhalando con frecuencia olor a ozono. Presenta varias veces el aspecto de una pasta maleable en forma de haces de hilos o de una banda ancha y extendida, o bien de un trozo de tela delgada de bordes indefinidos. Algunas veces, el médium queda envuelto en esta sustancia como una capa. El color del ectoplasma varía del blanco al negro pasando por todos los grises intermedios. La visibilidad por otra parte, se modifica sin cesar. Al tocarla se ve que es una sustancia fría y viscosa que se evapora rápidamente entre los dedos y no se puede manejar sino con grandísimas precauciones, pues al tocarla sufre fuertes dolores el médium, con el cual la sustancia continúa en contacto por una especie de cordón; es decir, que “el ectoplasma es el médium mismo, exteriorizado parcialmente”. Al cabo de algún tiempo la sustancia vuelve a entrar en el cuerpo del médium como había salido. Crawford ha notado que durante la exteriorización el peso del médium sufría una diminución de peso, que en ciertos días llegó a ser de 24 kg.
Estos experimentos no siempre se han hecho en la oscuridad, sino a una media luz, después de haber tomado todas las precauciones para evitar el fraude. Después de éstas pruebas, el médium quedaba durante largo tiempo postrado y acabado sin poder repetir el fenómeno durante varios días.
Lo más extraodinario del ectoplasma es que con frecuencia toma la apariencia de una formación orgánica: una mano, un pie con los dedos y las uñas admirablemente marcados; una cara reproduciendo las facciones de una persona fallecida; un cráneo vivo “que yo mismo toqué los huesos bajo una espesa cabellera”, afirma el doctor Geley, y seres raros de deforme y velluda cabeza que despedían olor a perro mojado o bestia salvaje, que el mismo doctor bautizó con el nombre de “pitecántropo”. Con ayuda del magnesio se han obtenido varias fotografías.
En algunas ocasiones, y a ruegos de los experimentadores, el médium a consentido meter el ectoplasma en una cuba llena de parafina templada, formándose así una especie de guante en el que echando escayola se obtuvieron varios moldes. El ingeniero Lebiedzinski extrajo del molde un poco de la sustancia del ectoplasma, que había quedado en los repliegues y que parecía clara de huevo batida. Había alrededor de 0,1 g, que analizados se vio que eran de materia albuminosa acompañada de sustancias grasas y de células de organismo humano.
Si el ectoplasma es una realidad, con él se pueden explicar los fenómenos de la metafísica objetiva inexplicables. El movimiento de los objetos sin contacto no existe en ese caso, pues el ectoplasma actúa como intermediario.
Los fantasmas, como aquel del hijo que perdió Conan Doyle y que fue fotografiado junto con su padre en una de sus apariciones, resultarían ser formaciones ectoplásmicas; pero queda por explicar cómo estas manifestaciones pueden tomar el aspecto de órganos, de caras y cuerpos humanos. Lo que parece probable es que el pensamiento del médium modela la sustancia que de él se desprende. Es la ideoplastia de los metafísicos.
¿Es pues el ectoplama una realidad o una superchería? La fotografía demuestra que no es una alucinación, y si hay una superchería el doctor Geley sería su primera víctima. El mismo sabio citado dice: “Esperemos; tengamos paciencia, y tratemos de encontrar la manera de que estos experimentos, estos fenómenos, mejor dicho, sean matemáticamente indiscutibles.”
El número de médiums verdaderos para hacer éstos experimentos es muy limitado. Según el profesor Richet afirma, desde que el mundo se ocupa de los fenómenos espiritistas, el número de los grandes médiums, libres de superchería, susceptibles de producir los fenómenos de que nos hemos ocupado no pasa, contando los ya fallecidos, de doce, y que en la actualidad es probable que en el mundo entero no pasen de tres o cuatro los médiums verdaderos. Según los sabios citados el espiritismo será debidamente explicado dentro de poco tiempo, y lo que hay para todos es un misterio será tan claro como una operación aritmética.
Desde que Allan Kardec, a mediados del siglo XIX, constituyó en doctrina el espiritismo, numerosas personas han sido o han creído ser testigos, ya involuntariamente, ya por haberlas suscitado, de fenómenos que parecen contrariar las bases de la ciencia. En presencia de estos fenómenos podemos tomar varios partidos. El menos científico es el de negar “a priori” su realidad y atribuirles a la autosugestión y a la superchería, y el más simple es el de ver, no otra explicación, la manifestación de las fuerzas ocultas de los espíritus.
Algunas personalidades, como las ya citadas, cuyos títulos de hombres de ciencia y sus estudios anteriores les han dado seriedad, se inclinan hoy en día a aceptar como posibles estos fenómenos del espiritismo. Es verdad que son pocos los sabios, en la verdadera aceptación de la palabra, que hasta ahora hayan juzgado oportuno dedicar su atención al espiritismo, reserva que ya de por sí no deja de ser significativa, pero no debemos tampoco prescindir de los esfuerzos y experimentos hechos por personas serias y de buena fe como las que hemos nombrado en éste artículo.
Por si alguno de nuestros lectores desconoce las bases del espiritismo diremos que Allan Kardec, el fundador de dicha doctrina espiritista, afirma que los espíritus que se comunican con los seres vivos son las propias almas de los que han existido en la Tierra, que, libres de su envoltura corporal, destruida por la muerte, pueblan y recorren el espacio. La hipótesis o conjetura, a pesar de lo gratuito de las afirmaciones con que pretende justificarse, ha revestido, al menos en el intento, un cierto formalismo científico. Tres elementos esenciales distingue Allan Kardec en el hombre. Primero el alma o espíritu, principio inteligente donde residen el pensamiento, la voluntad y la conciencia. Segundo el cuerpo, envoltura material que pone en relación al espíritu con el mundo exterior en la vida presente. Y tercero el “periespíritu”, envoltura fluídica, ligera, que sirve de intermediario entre el espíritu y el cuerpo.
El cuerpo es lo único en el hombre, según el espiritismo, y al morir el espíritu deshecha el cuerpo como fruta que luego de sazonado arroja la cáscara dentro de la cual maduró. Conserva el espíritu, después de la muerte del cuerpo y de su separación de él, el periespíritu, especie de cuerpo etéreo imponderable, que pierde de lo físico todas las propiedades que son inherentes y conserva otras que son contradictorias de lo que la experiencia muestra como constitutivo corporal. En condiciones normales es invisible el periespíritu, pero el espíritu imprime en él determinadas condiciones para hacerle perceptible a la vista, apareciendo y obrando sobre la materia inerte y mostrándose en los fenómenos del ruido, movimiento que imprimen a determinados objetos, escritura, etc…
Las operaciones de espíritus han sido frecuentemente consignadas como hechos tenidos por positivos en todos los tiempos. El espiritismo, que considera tales fenómenos como precedentes, nace en 1848 en los Estados Unidos como explicación de los fenómenos que no tienen causa conocida. Estos fenómenos se hacen perceptibles en determinadas personas, que se llaman “médiums”. Ésta doctrina comienza por señalar como la primera de sus condiciones la fe. A pesar de la contradicción que la tal implica, se extendió rápidamente por los Estados Unidos, Francia, Inglaterra y España.