VariosJune 4, 2009 8:14 am

A los lémures y demás insomnes.

Vivo de Madrugada,
Cuando la línea delgada
Entre el sueño y la vigilia se torna difusa,
Y cuando como por ciencia infusa,
Las embrolladas madejas de la mente
Parecen ordenarse de repente.
Es la hora del ferviente
Buscador del soplo de la musa,
En el beso ardiente
De los licores de alma oclusa.

¡Cri-cri! Cantan los grillos
Mientras la ciudad duerme,
¡Cri-cri! Resuenan sus monocordes estribillos
Por las calles de la ciudad inerme.
¡No! La ciudad no descansa de veras
Mientras yo permanezca en vela,
Mientras mantenga abierta la cancela
De mis ojos, sobre los que se acumulan las ojeras.

Sé tú, Luna,
El callado testigo
De mi errática fortuna.
Ensuélveme en ese abrigo
De destellos de plata pura
Que dan un alma a la superficie dura
Del hormigón y el asfalto.
Luna, déjame vivir falto
De descanso, pero no de sueños,
Permite que vean la gloria todos mis empeños.

Y cuando llega Aurora,
Esa de rosados dedos
Que cantaron los antiguos aedos,
Comprendo que ha llegado la hora
De dormir.
Despunta ya el alba,
Inundando el cielo de reflejos malva.
¡Qué hermoso es el día
Tras una noche en blanco!

Por: El Exiliado del Mitreo

Varios, Relatos, Revistas publicadasJune 2, 2009 7:55 am


Hacía un frío que pelaba aquella mañana de principios de noviembre. Anatoli Ivanovich estaba un tanto aterido pese a las capas de ropa y al tímido sol, que se colaba por las agujeradas paredes del taller donde había instalado su puesto de francotirador. El invierno se había abatido sobre la estepa tan de repente, como meses antes lo habían hecho los Junkers alemanes con sus entrañas repletas de muerte. Llovió fuego y acero en aquellos días, el nombre de Stalingrado se hizo sinónimo de Infierno.
Antes del alba, Anatoli había tomado el desayuno, un té caliente con una buena rebanada de pan y un trozo de cecina. Era importante desayunar bien, porque posiblemente tendría que aguantar muchas horas con eso.
No había salido aún el sol, cuando encontró el lugar idóneo para colocarse; el segundo piso de un taller de la fabrica “Octubre Rojo”, en tierra de nadie, asomándose a las líneas enemigas.
Sacó el fusil de su funda, era toda una maravilla de la técnica industrial soviética. Mientras lo limpiaba, se cercioró de que todos los mecanismos corrían a la perfección. Ajustó la mira telescópica, extendió la manta doblada de la que servía para aislar un poco su cuerpo de la frialdad del suelo y se dispuso para la larga espera.
Desde su posición, podía intuir, desdibujándose en la penumbra que antecede al alba, al centinela alemán por el puntito brillante del cigarrillo que estaba fumando.
El aumento de la luminosidad se veía acompañado por el creciente bullicio en las líneas fascistas. Al poco tiempo todo el regimiento estaba en marcha.
Entre los escombros, podía entrever a un soldado con los ojos aún pegados por el sueño, rascándose la cabeza mientras freía unas salchichas, otro un poco más allá se afeitaba, con un espejo de mano que había encajado entre el fusil y el casco, y muchos otros aquí y allá, realizaban sus tareas cotidianas y aprestándose para otra dura jornada en la ciudad en ruinas.
Aunque parezca un oficio muy sofisticado, son pocas las pautas a seguir para ser un buen francotirador; el primer principio es encontrar una posición de disparo idónea y camuflarla adecuadamente para resultar indetectable. Resulta de sentido común, el suponer que el segundo principio es no precipitarse, tener una paciencia infinita y esperar tu momento. Todo francotirador sabe que va a poder efectuar un disparo, y con suerte, otro de gracia, antes de que su posición sea descubierta y se desate el infierno. Tolia es bien consciente de la función de su oficio, por eso es fundamental observar y seleccionar con cuidado el objetivo que más pueda mellar la moral de los alemanes.
Esta vez no tuvo que esperar mucho. No serían más de las ocho de la mañana, cuando un oficial se acercó a pasar revista a las tropas. No sabría concretar si se trataba de un mayor o un coronel, pero lo que más te había llamado la atención era la cruz de caballero que llevaba al cuello. Repartía apretones de manos y sonrisas entre los soldados de primera línea, a la vez que aprovechaba para reconocer de cerca el terreno a través del cual tendrían que avanzar sus hombres a media mañana. Anatoli se tomó su tiempo, esperó a que el rubicundo alemán se sintiese cómodo, a que estuviese seguro de que no había nadie observándole. Entonces, respiró hondo, apuntó al águila que decoraba la gorra de pico del oficial y apretó el gatillo. Le vio caer hacia atrás con una grotesca contorsión y la cabeza empapada en sangre. A toda prisa recogió sus cosas y salió corriendo como alma que lleva el diablo. Si el primer principio es buscarse un buen sitio y el segundo ser paciente, sin duda el principio cero es asegurarse de disponer una vía de escape.
Descendió los escalones del primer piso a la carrera y solo se detuvo cuando se consideró lo suficientemente alejado, y esto no fue antes de haber atravesado un par de talleres desiertos, trastabillando a veces con las solitarias herramientas, huérfanas de las encallecidas manos de los obreros. Apoyado contra un muro, se lió parsimoniosamente un cigarrillo bien merecido, mientras con una sonrisa escuchaba los disparos de fusilería que debían de estar azotando la posición que acababa de abandonar. Hubo luego un par de ráfagas de ametralladora y por ultimo, el ruido ronco de una granada de mortero, que hizo vibrar levemente la pared. Sacudiéndose el polvo de los anchos pantalones alemanes que se había puesto sobre los suyos, se deslizó hacia un banco de madera que había por allí cerca. El primer comisario con el que se topase le haría quitárselos, pensó mientras prendía el tabaco reseco, pero de momento estaría un poco más caliente.
Con los ojos entrecerrados observaba como el humo se elevaba y desvanecía en volutas infinitas. Así, su mente se elevó también hasta los oscuros parajes boscosos de la Selva Negra. De Friburg era originario el Mayor Franz Müller, y mira tú en que paraje estepario y desolado había venido a morir. Como añoraba él también los parajes boscosos de los Urales donde se había criado. Que sentiría el pequeño Karl Franz, cuando se internase a cazar en los bosques umbríos, como su padre ausente le había enseñado. Pobre chico, es duro perder a un padre tan joven. Debe tener unos diez años, la edad de su Dmitri. ¡Oh! Mitia como deseaba volver a verlo y también a Katya. Sentir su calor y el aroma de su pelo al amanecer. Estaba convencido de que el mayor y él hubiesen podido entre risas haber compartido cuentos de cazadores durante horas, frente a unas jarras de cerveza turbia o unos vasos de buen Vodka ucraniano.
Estampó el cigarrillo contra el suelo y lo aplastó rápidamente con la bota. ¡Al infierno con él! Es mejor no pensar en ello. Un fascista menos mancillando el sagrado suelo de la madre Rusia. Sacó la bayoneta que colgaba del cinturón. Una muesca más en la culata de mi rifle de francotirador.

Por: El Exiliado del Mitreo

Varios, Relatos, Revistas publicadasMay 31, 2009 7:58 pm

A Gago,

Hace años que se prohibió escribir sobre el amor, la sensualidad, allá en una época en la que sucumbió a la rendición, la más fuerte de todas, cuando la edad te dice basta, tu cuerpo no puede más, tu corazón no aguantará. En vez de servir como analgésico, la pluma le recordaba experiencias pasadas, las avivaba, abría heridas resecas al sol pero purulentas, heridas que nunca cerraron. Eran otros años, en los que se regalaban mechones de pelo y fulares perfumados a cambio de cartas también perfumadas, leídas y releídas veinte veces. Uno podía tener percances con criadas en los establos de las casas o visitar el Olimpo una vez por semana pero el cortejo de los parques con una muchacha asida al brazo era uno de los mayores placeres para el corazón. Era un sentimental, lo sabía y no se avergonzaba de aparecer años después a la puerta de la iglesia para observar a las mozas o, según la edad, a las mujeres solteras y a las viudas. Viejo verde, le decían. Asqueroso. Menos mal que no sabían que había vuelto a escribir poesías pues quedaban guardadas en el escritorio bajo llave y como siempre, discreto en esos temas, solo se enteraba la interesada que recibía cartas, ya no tan perfumadas pues esas cosas pasan de moda. Se sentía joven de nuevo, sentía que había frenado el tiempo gracias a esas palabras, que no marchitan como las flores, solo hace falta que sean sinceras y las suyas siempre lo fueron así también sus miradas, abrazos y besos más castos, a todas las edades, incluso los últimos, cuando le iban avisando cuidado viejo, ten cuidado, pero él prefirió insistir hasta el final dejando a una viuda enviudando por segunda vez mientras él se iba junto con sus palabras secretas, encerradas bajo llave.

FlorentinoAriza

VariosApril 28, 2009 8:16 am

Este es el nombre de la mejor película de dibujos animados que he visto en mucho tiempo. Según afirman en la página web estará en DVD a partir de este marzo.

En ella se hace una versión del Ramayana, un uno de los libros más influyentes en la cultura de la India y exportado a toda la cultura del sudeste asiático. Su autor fue Valmiki y se piensa que data del siglo III a.C.. En sus 24.000 versos se nos cuenta una epopeya que en nuestra película correrá paralela a un drama moderno.

Así es, a ritmo del blues de los años 20 se nos cuenta la historia de Sita, la devota esposa del rey-dios Rama, que es raptada por el demonio Ravana, que en nuestra película es el rey de Sri Lanka. La otra historia la protagonizan Nina y de Dave, una pareja que vive felizmente en Nueva York hasta que a Dave le ofrecen un trabajo de seis meses en la India. Los encargados de explicarnos la historia serán las alegres siluetas de tres marionetas indonesias.

En la película se conjugan perfectamente varias formas de hacer dibujos animados: el antiquísimo método de hacer sombras de títeres que se mueven sobre un fondo, el siempre sorprendente método de hacer recortes de cartulina ¡o fotografías! y moverlas a ellas o a la cámara logrando distintos efectos, los dibujos animados tradicionales y también el ordenador. Se nos obsequia además con algunas escenas que más parecen un magnífico videoclip psicodélico con ritmos de la India.

En cuanto a los personajes vamos a destacar a la protagonista, Siva, una encantadora y sexy diosa, que al más puro estilo de Betty Boop cantará sus canciones. ¡Y qué canciones! Puro blues americano de los años 20: mismo ritmo alegre y suave, que habla de amor incondicional.

De la responsable de esta obra de arte que ha ganado ya varios premios en todo el mundo, la estadounidense Nina Paley, sabemos que hacía tiras cómicas para distintos periódicos y que ya ganó algún premio con “The Stork”, un corto de animación. Lo que también sabemos es que ha dejado “Sita Sings The Blues” en copyleft debido al copyright de algunas canciones que salen en la película. Por eso nos anima a todos a verla en la página web:

http://www.sitasingstheblues.com

Podréis oír a una diosa cantando a Annette Hanshaw, ver una guerra entre un dios azul y un ejército de monos contra otro de demonios y ojos voladores, bailar con el sol y volar por las estrellas. Desborda imaginación y sin embargo resulta muy familiar si conocemos el imaginario de la mitología asiática o el fantástico saber hacer de los dibujos animados de principios del siglo XX. No os la perdáis, ¡vale la pena!

bichitis

Varios, Publicaciones, Revistas publicadas, ReflexionesApril 16, 2009 2:31 pm

George Orwell se equivocó… de fecha. Pensó que en 1984 viviríamos en un mundo privado de libertades en el que los individuos dejarían de ser individuos, pues ni siquiera se les permitiría pensar, pasando a ser piezas de la maquinaria de un estado totalitario. El Gran Hermano lo vería todo, hasta la intimidad de sus sueños.

El temor a un futuro en el que la libertad no sea más que una palabra en desuso ha sido un tema recurrente a lo largo de las últimas décadas. La idea de que ese futuro puede no andar muy lejos va cobrando peso con el paso de los años. Ya no existe una URSS que, con grandes medios tecnológicos, se dedique sin excusa a vigilar a sus habitantes. Hoy día los países más poderosos son “democracias” y sus ciudadanos viven tranquilos pensando en que las medidas que toman sus gobernantes (“elegidos”) son por su propio bien.

Durante muchos años simplemente se nos dejó vivir, a veces obligados a trabajar para alguien y otras con mayor libertad. En algún periodo esto ni siquiera fue posible para algunos, que fueron exterminados por ser A o B. No obstante, pese a lo sangrienta que es la Historia, hace no mucho que se dio un respiro a sí misma y conseguimos un paquete de libertades a las que nos hemos estado aferrando desde entonces. Una de ellas, precisamente la del voto libre, ha estado sirviendo últimamente para que las demás se vean mermadas. Nosotros les elegimos y ellos eligen por nosotros; nos “protegen”.

Nos tenemos que identificar, nos cachean, no nos dejan llevar o consumir ciertas sustancias peligrosas para nuestra salud, leen nuestros mails, nos vigilan con cámaras, nos observan, nos observan, nos observan… Sé que esto puede parecer paranoico pero es una realidad y la vivimos a diario.

Creo que no podemos dejar que nos controlen tanto.
En primer lugar por una cuestión de dignidad: no debemos tolerar que se sospeche continuamente de nosotros. ¿No sería desagradable que un amigo (como se considera al Estado) te pidiese todos los días mirar en tus bolsillos para ver si le has robado algo? No podemos dejar que se nos trate de este modo y que se nos intente proteger de un mal omnipresente, que no dejará de existir por muchos medios disuasorios que se inventen, siempre ignorados por aquellos que realmente deseen cometer crímenes. La causa de la mayoría de éstos no se encuentra en la falta de seguridad sino en una falta de educación y la ausencia de preocupación por aquellos individuos más proclives a cometerlos.
En segundo lugar, no es descabellado pensar en que los medios que le cedemos al poder para vigilarnos y controlarnos se pueden volver contra todos nosotros. Estamos hablando de armas de doble filo con las que personas honestas pueden actuar honradamente y con las que seres sin escrúpulos son capaces de intentar dominarnos aún más y conservar su poder.

¿Merece la pena renunciar a nuestras libertades para que nos protejan? ¿Merece la pena arriesgarnos a que un individuo nos haga daño o a que se nos haga daño a todos? Yo no quiero armar a aquellos que les concedemos el poder, por buenos propósitos que tengan, pues se pueden volver opresores y la protección transformarse en agresión. Hoy día lo estamos experimentando con trabas a nuestra libertad pero ¿cuál será el siguiente paso? Yo prefiero no saberlo, prefiero que la literatura siga siendo literatura y que no pase del papel a la realidad.

farero

Varios, Agenda, ReflexionesMarch 22, 2009 7:23 pm

En 1993, la Asamblea General de las Naciones Unidas declaró Día Mundial del Agua el 22 de marzo. Nos quieren recordar que entre todos debemos conservar y desarrollar nuestros recursos hídricos, ya que en muchos lugares del mundo hay escasez de agua potable o la que hay está contaminada debido a la actividad humana y beberla acarrea multitud de enfermedades y muertes.
Pero aún podemos ahondar más en el tema: ya son dos mil millones de personas las que sufren escasez de agua, y se puede razonar que este número irá en crescendo ya que mientras durante el siglo XX se triplicó la población mundial, el consumo humano de agua se multiplicó por siete mientras las reservas de agua dulce y potable no paran de disminuir. Es el momento de recordar que el agua no es algo de lo que los seres humanos podamos apropiarnos, ya que miles de ecosistemas se nutren de ella, luego una buena gestión del agua no se limita a plantar desalinizadoras y venderla en botellas multiplicando el consumo energético, los residuos generados y el precio de algo que debería encontrarse libremente en la naturaleza.
Se recoja o no en los Objetivos del Milenio, el agua es uno de los derechos fundamentales que tenemos todos los seres vivos. Nada ni nadie puede vivir sin ella, y la dificultad a su acceso disminuye enormemente la calidad de vida y retrasa el desarrollo de las comunidades que tienen que afrontarlo. Esta dificultad puede venir derivada de la ausencia natural de agua en la zona o de la apropiación indebida del agua. Cuando hablo de apropiación indebida no me refiero sólo a quien la utiliza para regar cultivos, o fabricar cosas, que en el mejor de los casos la está comprando a un gobierno, sino también a quien está haciendo un uso de ella que imposibilita su utilización por los demás, contaminándola, por ejemplo, y transfiriendo así el problema de su limpieza a la esfera pública.
Económicamente el agua es una materia prima muy importante. Si la industria del agua obtiene ganancias del 244% en Estados Unidos y actualmente hay 35 conflictos desatados en torno a este recurso natural, podría parecer que hablamos de petróleo, en lugar de de este modesto elemento. Se debe a que aunque la energía del agua no se obtenga quemándola, es necesaria para fabricar cualquier producto que tenemos. Sólo para hacer una taza de café, por ejemplo, se han consumido 140 litros de agua, y para hacer una hamburguesa 6.800. Lo curioso es, sin embargo, que pese a las fuertes sumas de dinero que debemos invertir para distribuirla y limpiarla, estamos moralmente obligados a mantener un precio bajo, accesible para todas las personas y gratis para las cosas que no son personas pero como nosotros viven de ella.
Lo que deberíamos recordar, es que como ingenieros tenemos la posibilidad de acercar el agua a la gente y a depurar el agua contaminada debido al uso, ambas actividades que consumen dinero pero que nunca debe trascender sobre el precio del agua, cuyo valor para la vida en la tierra es tan grande que debería estar por encima de estas nimiedades. Es por eso, creo yo, que nos piden que aunque aquí caiga del cielo, la consumamos con responsabilidad.

bichitis

Relatos, Publicaciones, Revistas publicadasMarch 9, 2009 10:05 pm

Se encontraba sentado en el despacho, contemplando el ir y venir de las bolas de acero colgadas. El ruido del choque siempre le había resultado placentero pero ahora no. Sin embargo, no podía detenerlas pues tenía la impresión de que el tiempo se pararía en ese momento de desasosiego. Una extraña palpitación se apoderó de su interior. No podía dejar de pensar: en todo y en nada, como si hubiese un muro en su cerebro que detuviese el procesamiento de los pensamientos recién creados. Sus ojos no paraban de mirar a ninguna parte.

Descuelga el teléfono, marca número y espera tono. Responde una voz; no es él. Cuelga. Le dijo que a las doce le llamaría y no lo ha hecho. Ya es la una; algo ha debido de salir mal. Ahora le rastrearán, darán con él y todo se irá a la mierda. ¿Y si la anterior voz era la suya? Ahora que lo piensa, tampoco ha tardado mucho en colgar. ¿Entonces por qué no le ha llamado? A lo mejor no ha completado la misión y no le ha dado tiempo a volver. Vuelve a descolgar y a llamar al mismo teléfono. Una voz más familiar le responde “calle Buenavista 8, 3ºC, dentro de media hora” sin darle tiempo a replicar.

Dejó el teléfono descolgado para evitar que sonase en su ausencia y se fue a pie del piso franco para evitar los controles del tranvía o del autobús. Escondió el revólver en el pantalón y la pastilla de cianuro en el bolsillo de la chaqueta, como siempre. El camino se le hacía infernal y no paraba de sudar a la vez que le daba la impresión de que no avanzaba y de que no llegaría nunca. Estuvo barajando la posibilidad de que fuese una emboscada pero tenía que saber si su compañero estaba vivo, muerto o capturado.

Sube las escaleras poco a poco intentando captar cualquier sonido. 3ºC: la puerta está entreabierta, la empuja y lo ve en el suelo, boca abajo. Mira a todas partes. No hay nadie más. El cuerpo yace sin sangre alrededor y empuña un revólver, con el cañón abierto, sin balas. Pálido, se acerca a él, se arrodilla, coge aire y solo se atreve a introducir la mano en el bolsillo, vacío, de su chaqueta. Encima de la mesa, un teléfono descolgado, unas bolas de acero.

farero

Relatos, Publicaciones, Revistas publicadas 10:04 pm

Una playa larga, como una alfombra, a la derecha el mar que rompe suavemente, las dunas a la izquierda y a diez metros de la orilla, un piano de cola que suena sin necesidad de pianista: es lo que Lucía recuerda de aquel momento. La melodía del piano es tan agradable que estremece las cuerdas de su corazón y provoca en su cabeza un tintineo de ensueño.

Ahora siente la arena húmeda bajo sus pies y la brisa en sus cabellos. Sonríe y corre debido a un impulso inexplicable. Está desnuda. Un punto negro en el horizonte va tomando forma de piano de cola. En cuanto llega a él, se tropieza con algo en el suelo. Es el pianista pues lleva pajarita, pero solamente una pajarita. No tengas miedo Lucía, el piano toca solo, mientras, yo descanso. En efecto, sonaba aquella melodía que surgía del piano en forma de bellos pájaros, hacia el cielo, hacia las nubes. Descansa, Lucía.

Lucía despierta entre sábanas y arena con el canto de las aves. Mientras, el pianista esconde la pajarita en sus calzoncillos. Despierta, Lucía, despierta.

farero

Varios, Relatos, Revistas publicadasMarch 6, 2009 10:06 am

Una fría tormenta de nieve asolaba el último reducto de hombres valientes.

Solos, aislados, cansados, cogelados. Muchos de ellos heridos por largas luchas a espada, golpes o flechas, y otros tantos a los que les faltaba solo la última estocada en su debilitada alma para sucumbir ante lo que tenían delante, para minarla definitavemente.

Ríos de lágrimas cubrían el suelo de la cabaña de “los valientes”. Poco más de veinte hombres que cada día luchaban para evitar tener que arrodillarse ante el poder del terrible ejército que asolaba su pueblo.

Cada noche, los fieros y temibles soldados soltaban su furia y su dolor en pequeñas gotas cristalinas que provenían de las almas más puras que jamás había visto, y digo visto porque podía verla a través de sus ojos, tenían ese brillo, el brillo…

Cada vez que la luna asomaba, entre la oscuridad más absoluta, volvían a su terrible refugio donde lloraban a los perdidos, y a la extraviada libertad, lloraban a sus sueños rotos y a sus ansias de escapar, a su miedo a cambiar el rumbo y a su miedo a no querer cambiarlo, porque en el fondo, querían estar allí. Miradas inquietas paseaban entre mantas a la espera de los rayos de Sol, que traían de nuevo la guerra a su pueblo.

La suerte estaba echada, lucharían hasta perecer, hasta el último aliento. Porque era lo que habían elegido o al menos era lo que les había tocado. Muchos se arrepentían ahora de querer seguir luchando, pero no se rendirían por sí mismos, no, eso sí que no…

Y quizá parezca cobarde, pero enfrentarse a la más dura prueba, a los guerreros más despiadados hasta vencer o morir luchando, no debe parecerlo. Simplemente dejaban que otros eligieran por ellos, porque su sueño no lo truncarían por sí mismos, alguién debería hacerlo por ellos, si no se levatarían una vez tras otra hasta que la caída fuese definitiva.

Guerra y llantos, triste rutina de valientes guerreros.

La esperanza brillante en el horizonte era lo único que quedaba.

Simarro

Varios, Apuntes filosóficos, Revistas publicadasMarch 3, 2009 9:02 am

Cansado un día, el Artesano supremo, de la absoluta soledad de su eterna existencia, marchó disipando las brumas del tiempo hasta su mesa, donde el barro rosado esperaba el tacto de sus divinas manos.
Con la absoluta parsimonia de quien dispone de eones para hacer su trabajo, se puso a modelar la arcilla primigenia a su imagen y semejanza.
Transcurridas mil vidas en un suspiro, el divino Creador quedó satisfecho de su obra. Entonces, con delicadeza, tomó en sus manos las estatuillas modeladas con premura, dispuesto a insuflarles el soplo de la vida.
Pero cuando ya había llenado sus pulmones de aire para ello, el Señor, en su infinita sapiencia, pensó que debía meditar con más calma las implicaciones de sus actos. Dejó las figuras sobre su escritorio y se puso a caminar meditabundo por los salones del espacio infinito.
Distraídamente, frotó sus manos para quitarse la arcilla reseca que tenía adherida en ellas. Inmerso por completo en sus meditaciones, no se dio cuenta siquiera de que después había esparcido las virutas de sus manos con un soplido, y estas habían vivido.
Así nació la humanidad. El Señor siguió su camino sin reparar en ello.

Por: El Exiliado del Mitreo